El pasado domingo observé como Mateo Gil se llevaba el Goya al Mejor Cortometraje por su obra “Dime que yo”. Para los que no lo sepáis, Gil es el guionista de cabecera de Amenábar. A nadie se le escapa que gran parte del éxito del director se debe a la excelente pluma de Gil. Además, Mateo Gil fue el director de la, en su día, exitosa “Nadie conoce a nadie”. Si a esto sumamos que participó en la serie “Películas para no dormir”, serie en la que participaban directores de la talla de Álex de la Iglesia o Jaume Balagueró, podemos considerar a Gil como un profesional consagrado dentro del cine español.

Así que el pasado domingo me volví a realizar la misma pregunta que me he realizado tantas veces. ¿Es lógico que un director consagrado compita con gente que está empezando dentro del cine?. Seguid leyendo y os explico mi parecer.

Daniel Sánchez-Arévalo presentó Traumalogía (una auténtica obra de arte) al año siguiente de realizar su debut en el largo “Azuloscurocasinegro”. Ganó varios festivales y tuvo un largo recorrido y reconocimiento. Tras debutar con “Los cronocrímenes”, Nacho Vigalondo hizo el corto “Marisa” para el Notodofilmfest, en el cual iba de invitado. Pero luego compitió con él en varios certámenes.

Todo esto me lleva a plantearme dos cosas: Entiendo que si, como cineasta, creas una historia que respira como un cortometraje, es inutil intentar alargarla para hacer un largo. Tu deber como artista es que la historia sea lo primero por lo que si tiene que ser un cortometraje, que así sea. Otro asunto ya es el de los festivales. No creo que sea justo que directores consagrados compitan con gente que está invirtiendo su esfuerzo, su trabajo y en la mayoría de los casos parte de su capital, para llevar su historia a la pantalla. No estoy ni mucho menos menospreciando el trabajo de éstos directores consagrados. Pero hay que reconocer que a la hora de, por ejemplo, buscar capital, subvenciones o actores de renombre, ellos lo tienen bastante más facil que la gran mayoría de los que realizamos cortos. Pero por otra parte también veo injusto que el trabajo realizado por un director se quede en el más absoluto ostracismo. Y hay que reconocer que actualmente un cortometraje que no participa en festivales está condenado al anonimato.

Por eso soy incapaz de pronunciarme en este asunto. Mientras los cortometrajes siguan destinados única y exclusivamente a su proyección en festivales, seguiremos encontrándonos con casos en los que un modesto corto compita con uno de un director consagrado. No vería lógico que por el hecho de haber realizado con más o menos éxito algún que otro largo, un director tenga que dejar de expresarse libremente. Pero tampoco veo lógico que se le cierre la puerta a nuevos directores de esa manera. En definitiva, es difícil buscar una solución a este conflicto. ¿Se os ocurre alguna a vosotros?