
Sin dudas que una de las películas que genera más expectativas en este Sundance —y un clarísimo hype a mi modo de ver— es la película “Obselidia”, opera prima de Diane Bell, quien no sólo la ha escrito sino que también la ha dirigido —y de la que el mes pasado M. Alcalde les acercó el tráiler y su sinopsis.
Nomás leer las apreciaciones de la guionista y directora en su página oficial me producen un revoltijo de estómago insoportable —sobre todo el relato de la génesis de la historia, artificioso y con una prosa que no produce nada, soporífera como la que más y en una tercera persona que nos recuerda lo peor del discurso maradoniano y una falsa sensación de leer a un reseñista que no es más que una mera ilusión.
Pero no tengo intención aquí de hablar de este hype indie con una premisa que de tan manoseada podemos compararla con la más vieja del burdel, sino que hablaré de algo del proyecto que sí me ha interesado: su soundtrack.
El soundtrack se asocia perfectamente a la idea detrás del film: Liam Howe, su compositor, lo produjo con instrumentos que para muchos ya resultan o bien obsoletos o bien simples curiosidades de valor antropológico.
Es así que contaremos en la composición de Howe con un santoor, campanas de mano del Tíbet, una ocarina y hasta una máquina de escribir, entre un total de veinte instrumentos plausibles de ser catalogados por el protagonista de “Obselidia” en su “curiosa” enciclopedia.
Este gesto ensayado por el compositor me produce un interés particular y me motiva a darle una oportunidad a la cinta, inflada como piñata y que —quién sabe— tal vez explote en mi cara después de haberla golpeado hasta el cansancio. Aunque no lo creo: el tráiler me deja adivinar solamente una piñata vacía y llena de melancolismo, una de las peores paradojas posibles para describir un film.
Vía: The Salt Lake Tribune | Foto: /Film










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