A Serious Man

La última película de Ethan y Joel Coen rehuye al sentido, le esquiva el bulto a un púgil que siempre acaba por noquearte. Porque esta es una de las pocas premisas válidas en el arte y hay que aceptarla como se acepta odiar a un mosquito creado para zumbar a tu alrededor: el sinsentido no existe, es sólo otra cifra del deseo que lleva a la escritura. En "A Serious Man" los Coen logran amagarlo un buen rato, aceitados en lo que saben hacer: la narración.

Y es que el sentido es un contendiente de récord perfecto. Por más cintura que demostremos, siempre pega. En el film se narra la historia de Larry Gopnik —interpretado por un muy convincente Michael Stuhlbarg—, un profesor judío al que la mujer lo deja por otro. Resulta que este otro también es judío, en una película donde todo lo es, aunque desfasado en la sutil distancia dada por un tono "ligeramente" paródico —peso pluma tal vez.

Así, la mujer de Gopnik querrá su divorcio según el ritual, su hermano le traerá algunos problemas relacionados con la ley, sus hijos lo tratarán como a un mueble más de la casa que puede estar o no —pero del que preguntarán dónde quedó cuando éste falte— y el padre de uno de sus alumnos —un oriental becado vaya a saber uno por qué— lo pondrá en medio de una paradoja moral sobre el soborno y cómo se lo entiende. Y Gopnik no entenderá nada porque nadie le explica.

Es así que acude a los rabinos que estructuran el film: un primer rabino —uno junior interpretado por el graciosísimo Simon Helberg, Wolowitz en "The Big Bang Theory"—, un segundo rabino y Marshak, el más viejo y sabio de los tres —ni siquiera lo atiende—. Entre historias de estacionamientos y relatos de dientes impresos por marcas del destino, Gopnik seguirá sin comprender y nosotros veremos, a través de su desconcierto, un ejercicio de relato puro perfecto donde nada se explica.

Los Coen, desde una escena inicial que parece independiente pero se deja adivinar medular en la búsqueda del relato puro —el sinsentido—, logran en "A Serious Man" casi lo imposible. Cómodos en su ensalada, nos regalan una película que no dice nada pero que es enunciada —de manera casi rabínica— por dos hermanos que saben muy bien lo que hacen. Por lo menos hasta que llega el final y detrás, como tromba y sin cuartel, todas las interpretaciones.

Foto: Aceshowbiz