Donde viven los monstruos

Algún día tengo que hacer el experimento de llevar a un niño a ver “Donde viven los monstruos”. Probablemente puedan pasar dos cosas: Que salga maravillado por haberse sumergido en todo un mundo de fantasía o que se ponga de pie en la butaca y empiece a gritarme cual Matias Prats encolerizado: ¿¡Pero esto que es!?

Porque la principal virtud de “Donde viven los monstruos” es su posible mayor defecto: No queda claro si es o no es una historia para niños. Porque la historia que vive Max y sus monstruosos amigos es una aventura más interior que exterior. Todo lo que le pasa le pasa por dentro, toda la evolución del personaje no le lleva a conseguir un objetivo físico, si no más bien a cambiar como persona, a darse cuenta de la importancia de conceptos como la solidaridad, la familia o el amor. Mensajes que estamos hartos de ver en películas infantiles, pero que nunca habían estado mostrados de un modo tan original a la vez que críptico.

Spike Jonze monta una fábula para adultos a través del viaje de Max a un mundo imaginario habitado por monstruos llenos de valor simbólico. Es todo el simbolismo que rodea la estancia de Max en la isla el principal valor de un film que funciona como remake indi de clásicos infantiles de los 80. Coja un poco de “La historia interminable” otro poco de “Dentro del Laberinto” y páselo por una batidora adulta con dos buenos tragos de Ginebra. El resultado es un hermosísimo cocktail visual llamado “Donde viven los monstruos”.


Las extrañas relaciones simbólicas que pueblan el film tal vez no lleguen a los más pequeños: el iglú o el fuerte como espacios en los que ser tu mismo; los monstruos como símbolos de las relaciones de Max con su familia (el que lo destroza todo cuando se enfada, el que siempre quiere llamar la atención, al que nunca le hacen caso…) o el hecho tan ansiado por cualquier niño de ser “el rey de la casa”. Relaciones sin embargo que enriquecen la breve historia (realmente ocurre poco). Porque aunque no sea ésta una película de acción, en cada plano, en cada gesto, o en cada diálogo el espectador puede encontrar mil lecturas, nada claras, nada evidentes. La película está formada por una serie de sensaciones más que de mensajes. Una sucesión de momentos “mágicos” que o te maravillan o te aburren: La batalla de bolas de tierra, la siesta de todos en una piña con sus “Buenas noches” al amanecer, la maqueta de la isla de los monstruos, la estancia en la boca de uno de ellos… Momentos todos que si bien no son ni imprescindibles para hacer avanzar la historia ni para ayudar a entenderla, están todos ellos llenos de “algo” que a mi personalmente me hizo no poder retirar la vista de la pantalla. No es solo una plasticidad desbordante. No es solo esa imaginación infantil que sólo tienen los niños. No es una fotografía inteligente que mezcla tenebrismo y luminosidad de una forma rara a la vez que excitante. No es solo una banda sonora que no le va nada a la historia y a la misma vez le va como un guante.

Es, definitivamente, la mano de un director, un autor que al igual que el niño protagonista es excéntrico, marciano, egocéntrico y un poco cascarrabias; pero que también al igual que él está lleno de ternura y la expresa a través de una imaginación desbordante. Max y Spike son la misma persona. Eso está claro. ¿Quiénes son los monstruos?

Foto: Cine que viene