
Es la película del otoño, o del año casi. Su presencia mediática esta semana en España es abrumadora. Se grita a los cuatro vientos que ha costado cincuenta millones de euros y que, por tanto, es la producción española más cara jamás rodada. Y hoy mismo están Rachel Weisz, Max Minghella y Oscar Isaac en Madrid, acompañando a Alejandro Amenábar en la omnipresente campaña de promoción… Pude ver “Agora” hace ya unos días, y supongo que sí que hay para tanto, aunque no puedo quitarme de encima la sensación de que este nuevo y grandilocuente trabajo de Amenábar no me ha aportado gran cosa como espectador.
Vale que formalmente “Ágora” es impecable. Lucen de sobra los millones que se han destinado a la recreación de la Alejandría del siglo IV d.C., y hay muchos extras, mucho plano aéreo y mucho de todo. Pero otra cosa es que la historia que se cuenta resulte tan interesante como Amenábar espera. La odisea de Hypatia tiene elementos atractivos y completa vigencia actual, eso está claro. Su lucha por sus estudios científicos y sus firmes ideales está muy bien reflejada en el guión, y el personaje está encarnado por una Rachel Weisz muy entregada a la causa. ¿Qué falló entonces para mí?
Creo que a “Ágora” le falta dimensión emocional, justo aquello que sobraba en “Mar adentro”, por ejemplo. En mi caso, “Ágora” no consiguió traspasar la pantalla, no al menos de una forma poderosa ni suficiente para mantenerme embelesado a lo largo de las dos horas que dura (el montaje que se proyectó en el Festival de Cannes duraba quince minutos más). Durante el visionado, noté el paso de los minutos, que es lo mismo que decir que me aburrió en muchos momentos, y me costó mantener la atención, algo que creo que ocurrirá a más de uno. Y cuando llegó el final, que en teoría está concebido para resultar estremecedor, me quedé frío, muy frío. No sé, ya me contaréis vosotros.
Foto: Fox










no podias haberlo expresado mejor