americanplayboy

Después de reposar unos días el visionado de “American Playboy” tengo la sensación de haber visto dos películas en una sola proyección. Una que parecía una porno y otra, una comedia romanticona boba hasta más no poder. Y todo dentro del mismo metraje, que, por suerte, sólo duraba hora y media. No sé si decir que el resultado tiene mérito (por el dos en uno) o que es un despropósito. Me explico. Durante la primera parte de “American Playboy”, Aston Kutcher se pasa prácticamente todo el tiempo encamado con alguien. La mayoría de las veces es con una estirada Anne Heche. Y cuando no es con ella, es en la casa de ella, pero con alguna chica que se ha colado en la fiesta en ausencia de la dueña de la exclusiva vivienda.

Y es que el personaje al que interpreta Kutcher, Nikki, es un prostituto (aunque a él le moleste que se lo digan a la cara). Su único oficio en la vida es el ligar con maduritas ricachonas a las que ofrece sexo a cambio de un techo de lujo bajo el que vivir y comida que llevarse a la boca. Así se pasa los tres primeros cuartos de hora el marido de Demi Moore. El resto, no es que renuncie al sexo, sino que su vida cambia de objetivo y se pasa lo que queda de película persiguiendo a una camarera (Margarita Levieva) que es su réplica pero en versión femenina. Nikki dice que se ha enamorado y está dispuesto incluso a ponerse a trabajar. Pero, ¿pensará ella igual que él? ¿Estará dispuesta a renunciar a una vida de lujos por un chico sin oficio ni beneficio? En fin, preguntas y más preguntas. Todas con respuesta, pero sin ningún interés. Dos películas en una y a cada cual peor. Sobre todo la moraleja final que intentan vender y que, al menos yo, no compro.

Foto: The movie rambler