dejameentrar

Aún estáis a tiempo de disfrutar en los cines españoles de la magistralidad de “Déjame entrar”. Por un motivo u otro (básicamente, me quedaba sin entradas cada vez que intentaba verla), he tardado en enfrentarme a ella, pero, hace unos días, al fin pude confirmar por mí mismo las maravillas que había escuchado y leído sobre este filme sueco que ha causado estragos por el mundo. De hecho, los americanos ya están tomando buena nota para hacer su remake, que dicen que está en manos de Matt Reeves, artífice de la interesante “Monstruoso (Cloverfield)”. Veremos si no la estropean en exceso, sería una lástima.

“Déjame entrar”, dirigida por Tomas Alfredson a partir de la novela de John Ajvide Lindqvist, es una historia sencillísima pero contada de un modo arrebatador que fascina incluso cuando desconcierta y en el que lo fantástico se entremezcla con lo cotidiano como pocas veces. Y hacía tiempo que no veía una película tan marcada por su puesta en escena, cuidadísima e ingeniosa en cada plano (aún alucino recordando el modo en que Alfredson ha resuelto esa secuencia final en la piscina), y por su ritmo, que es como ver nieve caer pero se encarga de meterte poco a poco en el cuerpo un regusto de lo más descorazonador.

El trabajo interpretativo de los niños, Kåre Hedebrant como Oskar y Lina Leandersson dando vida a la vampira Eli, también estremece de principio a fin. “Déjame entrar” no es una simple película de vampiros: es una tremenda y dolorosa historia de amor infantil puro, complicado e imprevisible. Aparentemente fría pero calidísima en su fondo. Corred a verla si no lo habéis hecho ya.