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No voy a negar que me encanta comerme el coco. Siempre me ha gustado cuestionarme el porqué de las cosas, por carencia o defecto, eso da igual. Dudar es de sabios. Pues bien, ¿os habéis cuestionado alguna vez lo dependientes que nos hemos vuelto del séptimo arte?. Me explico.

El cine es la forma artística más completa que existe, aunque básicamente es imagen y sonido. El juego que dan estos dos elementos es tal, que lo resultante está realmente cercano a la vida misma. El cine es la forma expresiva, que de manera más genuina, habla del mundo y de las batallitas de la gente que lo habita.

La vida es en sí misma un juego de espejos, nos vemos reflejados unos con otros, y a todo ello, el celuloide es el espejo que todo lo refleja. Cualquier vida, cualquier situación, cualquier experiencia. Todos hemos sido protagonistas en la gran pantalla alguna vez. El cine tiene la cualidad de reflejar nuestros temores, anhelos, esperanzas, inquietudes, etc.

En el fondo es algo tremendamente subjetivo, pues muchas veces, la historia que nos están contando, de alguna manera, se sale de nuestro campo de acción habitual. El mensaje que captamos -la mayoría de las veces de un modo completamente inconsciente- siempre se encuentra entre líneas, entre escena y escena, tras la pantalla. Pocas veces podemos expresar claramente el porqué de nuestro entusiasmo con una determinada obra. Al menos esa es la manera en que yo lo vivo, a través de la intuición.

Aspectos técnicos o más formales sobran. Donde haya una buena historia -acompañada de una buena intención- que nos haga vibrar, que se quite todo lo demás.