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Entre mis películas fetiche, una de las que destaca por encima de las demás es Donnie Darko (mencionada en un anterior post). Tengo que admitir que algo pasó dentro de mí el día que la conocí. Algo se movió o removió. No sabía que estaba ante un ya consagrado objeto de culto -la vi en DVD años más tarde de su estreno-. Pobre de mí, pobre ignorante. Siempre he pensado que hay dos modos de ser feliz: 1) mediante el conocimiento o sabiduría, 2) a través de la ignorancia. Al topar con la presente obra me di cuenta que prefería “conocer” que “ignorar”.

Siempre me han gustado este tipo de pelis, a mi modo de ver, visionarias. Lo cierto es que Donnie Darko plantea un montón de interrogantes e hipótesis de corte existencialista. Y es allí donde voy. No voy a meterme en aspectos técnicos. Es un filme que te transporta, te transporta a un lugar donde todo es posible y nada es cierto. Una fábula difícil e indescriptible.

Donnie es un personaje con el que se puede identificar toda aquella persona que sea o haya sido joven (de espíritu). Y lo digo por su capacidad inspiradora o ensoñadora, el héroe que llevamos dentro. Conceptos tales como: sacrificio, destino, fin del mundo, propósito, paradoja, misión, cambio, muerte y un sinfín de relacionados resuenan constantemente en el coco al ver tan brillante película. Pero es retorcida como el mismo personaje protagonista, aunque todo cobra su sentido al final. Así y todo, es de esas obras que, o te encantan, o las detestas profundamente. No deja indiferente y además da posibilidad a varias interpretaciones, a cada cual, más grotesca, pero no carente de sentido.

Una historia sobre el movimiento del universo y el devenir de los acontecimientos si me permitís, aunque desde el prisma de la inocencia y las ganas de descubrir. Recomiendo encarecidamente su visionado -mejor ver que mirar-.