De muy pequeño descubrí la existencia del señor Bond a través de un reportaje en televisión. No me pregunten cómo, pero servidor no entendió de retrospectivas y pensó que todo aquel glamour y acción pertenecían a una única película.

Cuando se estrenó en mi pueblo Moonraker pataleé hasta convencer a mis padres de que me llevaran a verla. Me sentí tan fascinado durante la proyección que, aunque llevaba más de hora y media, me repetía a mí mismo que aquello no podía terminar y que todavía tenían que aparecer escenas en montañas nevadas y otros lugares exóticos que había visto en el reportaje. Por supuesto, a los pocos minutos la película terminó y yo me quedé con la cara a cuadros y sin saber muy bien qué había pasado.

No tardé en enterarme de que 007 había tenido otros rostros además del de Roger Moore y una larga carrera anterior a Moonraker. Descubrí los míticos títulos interpretados por Sean Connery, del que me quedé con Goldfinger por encima de todos, y la escueta pero crucial aparición de George Lazenby en On Her Majesty's Secret Service, en la que el intrépido agente perdía a su esposa. Por supuesto, devoré con fruición el resto de películas protagonizadas por el acartonado Roger Moore, entre las que sobresalía (con permiso de la carismática The Man with the Golden Gun) una trilogía no declarada formada por las estupendas The Spy Who Loved Me, For Your Eyes Only y la mencionada Moonraker.

Ya subido al carro del MI6 disfruté en su momento del duelo en la cumbre que supuso el estreno simultáneo de Octopussy y Never Say Never Again, interpretadas respectivamente por Moore y (un exageradamente maquillado) Connery.

El relevo a cargo de Timothy Dalton comenzó una decadencia que continuó con el en principio prometedor Pierce Brosnan (su participación en The Fourth Protocol había hecho presagiar lo mejor) y unos últimos títulos en verdad decepcionantes, aunque a Goldeneye hay que agradecerle el servir de base para uno de los más grandes videojuegos de toda la historia.

A sabiendas de que el personaje se encontraba en crisis y después de toda una serie de rumores que incluían la realización de películas de la serie a cargo de autores de prestigio llegamos a la elección del actor Daniel Craig como nuevo Bond , decisión que resultó un espanto para todos los fans. Aquel tipo con cara de boxeador de tercera se alejaba radicalmente del aspecto señorial de anteriores caballeros británicos. Además, el título para su estreno recurría a una película ya rodada, la excesiva Casino Royale, que en los 60 había reunido a David Niven, Peter Sellers, Woody Allen, Orson Welles y a la primera chica bond, Ursula Andress, en una locura que se salvaba únicamente por la canción de Burt Bacharach The Look of Love, susurrada magistralmente al oído por la estupenda Dusty Springfield (por qué no decirlo, una de mis canciones favoritas de todos los tiempos).

No hace falta comentar a estas alturas que el Bond de Craig supuso la reactivación de la serie. Casino Royale volvía a los orígenes del personaje consciente de su carácter iniciático para una nueva era. Violenta y animal, la película se apoyaba en un excelente guión (algo confuso al final del metraje) y en un Craig que lograba hacer suyo el personaje desde el primer momento (durísimo sí, pero a la vez más humano y cercano que nunca).

Con la llegada de Quantum of Solace se mantiene el pulso, creando por primera vez una continuación directa de la entrega anterior. Cruzaré los dedos para que el actual nivel siga ahí. Por cierto y volviendo al principio de esta historia personal, unos días después de ver Moonraker me encontré en el escaparate de un comercio junto al cine algo muy extraño y que sin saberlo entonces cambiaría para siempre mi relación con el séptimo arte, el póster de dicha película en un formato como de libro de plástico que tenía en su lomo unas extrañas siglas: VHS.