
Estamos cerca del final ya. Después del post del jueves, en el que analizábamos el intento de asesinato de Debbie por parte de Ethan (nunca me cansaré de admirar lo bien que está John Wayne), lo dejamos en el momento en que por fin Scar y Ethan se ven las caras. En la tienda del primero descubren que se encuentra Debbie, convertida ahora en Squaw (amante/esposa) del jefe comanche. A duras penas salen del trance, pues Scar se esfuerza en provocarles bien. Hay algo en ese desconocido actor (Henry Brandon, que para entonces contaba con 44 años) hierático y misterioso que le va muy bien al personaje oscuro e inteligente que es Scar.
El contacto mexicano que les ayudó a dar con ellos ahora sabe que no han querido conocer a Scar para hacer negocios, precisamente, y se niega a seguir ayudándoles, por lo que les devuelve el dinero. La atmósfera de ese desierto tiene un no sé qué de lírico y sombrío, a pesar de ser pleno día. Nunca un pleno día, soleado y de cielo azulísimo, resultó tan melancólico.
Es interesantísimo el modo en que Ford, siempre en esta película, divide los espacios. Al espacio en que el mexicano deja tirado a Ethan se opone el espacio, muy diferente, en el que martin se acerca al fuego del campamento, pero son el mismo espacio. Como ya hemos señalado varias veces, esta forma de distribuir en planos el espacio (que podría solucionarse con una simple panorámica añade una fuerza muy personal a la puesta en escena. Y si nos fijamos arriba del todo de la loma de arena, hay un punto ahí sospechoso: Debbie está observando escondida a la pareja. La sospecha se ve confirmada cuando segundos después sale del escondrijo y baja la cornisa, siendo vista cuando llega hasta ellos. Qué hermoso.
Tiene lugar una secuencia bellísima, tristísima y lírica. Debbie sabe quienes son, aunque al principio Martin cree que les ha olvidado. En realidad recuerda más a Martin (lógico) que a Ethan, que nunca estaba en casa. ¡La tienen ahí mismo después de buscarla casi una década! Pero no quiere irse con ellos, quiere que se vayan para que no les hagan daño. Por supuesto, Ethan tampoco tenía intención de llevársela. Desenfunda. Le pide a Martin que se aleje. Martin alucina, pero no dejará que le haga daño. También desenfunda. Todo hubiera acabado en una tragedia, con los tres probablemente muertos, pero un comanche a caballo en el que no han reparado le lanza una flecha envenenada (¿como su alma?) a Ethan. Comienza el ataque. No hay tiempo para llevarse a la pequeña. Salen en desbandada. Pero es Martin el que, sin titubear, abate al comanche que disparó a Ethan. Ya no es un chiquillo que se emociona cuando ve morir a un hombre. Ahora es peligroso y resolutivo.
Ford narra el ataque comanche, una vez más, con un extraño montaje. Enemigos que bajan de la colina, más enemigos que aparecen a izquierda de cuadro. El montaje parece cortado a hachazos, qué violencia de expresividad. Tenían ahí a Debbie, a mano, y la dejaron escapar. Tienen que salvar la vida. Excepcional plano (con una profundidad de campo que ya querría Orson Welles) desde el interior de una cueva que va a servir al dúo para no caer en manos de los comanches, mientras repelen su ataque. Ethan, aunque malherido, puede defenderse todavía. Al final, consiguen salvar la vida, aunque escondiéndose en las entrañas de una montaña.
Mientras un director torpe hubiera colocado el plano en movimiento de panorámica (uno de los escasos) en primer lugar, Ford, para no hacer evidente lo que ese plano expresa, lo coloca después de ver a Martin bebiendo agua de una corriente natural que cae de la roca. La panorámica posterior, con varias paredes de roca separadas por cornisas estrechísimas, bien podría expresar el estado interior de Ethan, su locura o sus llagas emocionales. A parte de resultar asfixiante, también provoca reflexión. De las cornisas sale, como no, Martin, que cómo no, vuelve a salvarle la vida a Ethan sacándole el veneno del hombro herido. Pero Ethan lo que quiere es que lea un testamento que acaba de elaborar, en el que le lega todos sus bienes ya que no le quedan parientes consanguíneos. Martin estalla de ira (qué buen actor fordiano es Jeffrey Hunter), como no podía ser de otra forma, y hasta le lanza contra la cara su testamento. “Ella es una comanche ahora”. Cuánto odio tiene Ethan, y Martin parece capaz de odiarle a él ahora.
Sin embargo en lugar de matar a Ethan, como amenaza con el cuchillo, termina calmándose. Martin es de otra pasta.
Ford rompe la tensión, por con continuidad y suavemente, con la fiesta que se prepara en casa de los Jorgensen. Después de tanto odio, y tanta emoción, y tanto dolor…lo mejor es una fiesta, para que el espectador coja fuerzas antes del final. Y es una fiesta de folklórica de esas que tanto gustan a Ford, con orquesta y con mujeres y hombres dando vueltas y gritando mucho. El montaje es espléndido, con alternación de diferentes espacios sin perder jamás el ritmo, y con una vida y un jolgorio maravillosos. Por supuesto, entra Clayton como un huracán. Es la viva personificación de la vitalidad. Trae con él al novio, Charlie McCorrey, por lo que suponemos que se va a casar con Laurie Jorgensen. Clayton se pone a bailar, y Charlie a tocar. Viva la vida. Hay vida más allá del odio, de las guerras y la muerte. Hay música, y quizás amor.
El bar está cerrado, por supuesto, como en todas las secuencias cómicas de Ford. Este elemento jocoso es también una especie de signo: cuando el bar se abra será porque hay problemas. Y vienen con Ethan y Martin. La boda comienza, pero en ese mismo momento la pareja protagonista regresa a casa. No tienen idea de que se esté casando Laurie. Esta casualidad es un Arte dominado por muy pocos, y que en cine encuentra a su maestro con el insigne John Ford. Él convierte, nadie sabe muy bien cómo, la casualidad en Destino. Claro que quizá ayude la total coherencia narrativa a varios niveles, como una sinfonía, que ha demostrado a lo largo de toda la película. El destino de Martin, el héroe emergente que sucederá a Ethan como el gran guerrero blanco, era reencontrarse con Laurie en el día de su boda, y fastidiársela. Ni más ni menos.
Terminamos con el próximo artículo.









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