

Bueno, en realidad son los primeros trece minutos y quince segundos exactamente. No, no vamos a poner ningún clip de ninguna película de super-héroes sobre la que ofrezcamos una exclusiva en Extracine, ni cosas por el estilo tan normales en los blogs de cine. Vamos a hablar de arte.
La legendaria película dirigida en 1956 por el gran John Ford ha suscitado una voluminosa literatura en torno a su mito y a su condición de una de las obras maestras más importantes de la historia del cine. En el momento de su estreno, sin embargo, fue despachada como una película más de indios y pistoleros. En los años 70, con las nuevas olas cinematográficas estadounidenses que la citaban sin descanso, comenzó su imparable ascenso hacia lo más alto del prestigio.
Vamos a comentar su comienzo nada más, pues analizar la película entera llevaría o bien un post de longitudes insoportables o muchísimos posts, demasiados, para fragmentarlo.
Comenzamos por los mismos títulos de crédito, convencionales en cierto modo, sobre los que suena una romántica balada de Stan Jones, What Makes a Man to Wander?, que ya anticipa el tema de la película:
What makes a man to wander? What makes a man to roam? What makes a man leave bed and board And turn his back on home? Ride away, ride away, ride away.
Antes de la primera imagen un cartel nos avisa del lugar y la fecha: TEXAS, 1868. Esta forma de fijar con exactitud los hechos es muy importante, nada casual. Y enseguida se verá por qué. Se abre el fundido en negro, pero con una puerta que nos adentra en la primera imagen del filme, a pesar de trasladarse de un interior a un exterior. Recortada contra el fondo aparece la figura de la mujer que ha abierto la puerta. La mujer sale al exterior, seguida por un suave travelling que la deja en primer término mientras al fondo observamos el horizonte, parece que ella ha visto algo acercarse a la casa. En efecto, antes del primer corte del filme podemos observar no muy lejos que un oscuro jinete se acerca al hogar. Se oyen bellos violines nostálgicos.
Corte al rostro de la mujer en un plano medio, de este modo la cámara pasa de estar detrás de ella, a estar de frente. Parece hipnotizada, también parece no creer lo que está viendo. Se cubre los ojos para ver mejor. Corte levemente más cercano al jinete que se acerca lánguidamente. Sin lugar a dudas este es un subjetivo de ella. Volvemos a ella, pero un plano que en lugar de tener el aire a la izquierda de cuadro, lo tiene a derecha. Esto es porque aparece el marido de la mujer en ese espacio, por detrás de ella, tan sorprendido como ella de la llegada del visitante. Si nos fijamos bien, ella parece contrariada porque le hayan invadido ese momento de intimidad personal (qué gran interpretación de Dorothy Jordan como Martha Edwards es admirable en todo momento). Él dice: “¿Ethan?”.
De pronto toda la familia parece acudir al porche a recibir al recién llegado: dos hijas, un hijo y un perro. Curiosamente el perro le ladra al jinete, que no es otro que Ethan Edwards (John Wayne), hermano del padre de familia, Aaron. Los hijos se asombran de volver a verle después de lo que se supone un largo tiempo. Tras darle la mano a Aaron, que se adelanta para recibirle, John Ford pasa con gran habilidad al contracampo, con el que retrata a toda la familia en un plano soberbio: la pequeña con el perro a un lado, los dos hijos mayores a otro. En el centro Martha Edwards, Aaron Edwards (Walter Coy) y Ethan Edwards. Ella viste un radiante delantal blanco que la destaca sobre los demás de forma notable como el punto de mayor luz, otorgándole un aura casi divina. Ethan se acerca a ella y Ford pasa entonces a un plano mucho más corto, cediéndoles un momento clarificador: ella le mira en el límite del amor parental, pero a punto de rebasarlo, a él le pasa igual; sin dar lugar a un corte ella le ofrece pasar a la casa, yendo primero al interior pero sin darle la espalda en ningún momento.
Una posible relación secreta romántica entre cuñados está presente desde esta primera secuencia. Pero no cesan las evidencias. Ya en el interior la secuencia comienza de forma también algo extraña (¡hay muchas cosas extrañas e inquietantes en estos primeros 13 minutos y 15 segundos, como estamos viendo! y son las que convierten a este filme en algo único), en un movimiento algo teatral que refuerza el gesto, Ethan coge a Deborah (la hija menor) y la levanta sobre su cabeza sin esfuerzo. Este plano tiene una importancia capital, pues se repetirá diez años más tarde y en circunstancias muy distintas cuyos motivos arrancarán en cuanto terminen estos 13 minutos y pico.
Pero Ethan se equivoca de hija, porque han pasado muchos años y han crecido. A continuación el hijo de los Edwards le pregunta a tío Ethan qué va a hacer con su sable, a lo que él responde que pensaba regalárselo, y el sobrino se pone bien contento con ello. Aaron, por su parte, le pregunta qué tal le ha ido en California, a lo que Ethan responde que nunca ha estado ahí, a pesar de que eso les dijo a ellos Moss Harper (un personaje fundamental, el loco/sabio de esta historia, interpretado con gran convicción por Hank Worden). Es interesantísimo este plano en contrapicado en el que se recoge esta conversación. Si el lector está viendo la película mientras lee estas líneas, puede fijarse que dos vigas del techo se cruzan justo sobre la cabeza de Ethan. Esto bajo ningún concepto puede ser casual, y espero que el espectador no sea tan ingenuo de creerlo así. Esa x sobre su cabeza le señala como culpable de algún acto criminal cometido en California, y el hecho de que Ethan lo niegue y cambie de tema no hace sino acrecentar las sospechas, como veremos más adelante.
Llevamos justo 4 minutos, no está mal. Seguimos. Martha le coge el abrigo a Ethan para limpiárselo, y Aaron le da la mano por segunda vez y le dice: “bienvenido a casa”. Hasta aquí, con algún detalle raro e inquietante, nos han descrito una pequeña familia de rancheros en un ambiente bastante agradable y sin demasiados problemas. Pero durará poco. Fundido a una imagen de otra puerta, de otro mundo, pero de la misma casa: el joven Martin Pawley (el siempre apuesto Jeffrey Hunter en un momento espléndido, lástima de muerte prematura…), un miembro no sanguíneo de la familia. Llega radiante y feliz en un caballo sin silla, a la manera india, y con un vestuario muy similar al de un indio, sumado a su tez muy morena. Están todos ya cenando y le sorprende ver a Ethan con ellos, el cual le observa con una mirada de desprecio que le hace sentir muy incómodo. Martha tiene que recordarle a Ethan quién es, y Martin parece amedrentado. Su llegada a la cena una vez comenzada esta indica también su no pertenencia natural a esa familia. Ethan afirma que casi le confunde por un mestizo, con una mirada de desdén brutal. Él se defiende asegurando que “sólo” tiene (como si eso le bastara a Ethan) una octava parte de sangre Cherokee, lo que es como decir que un bisabuelo suyo no era blanco.
Es Aaron (que parece ajeno siempre a la tensión de la mesa) el que explica que fue Ethan quien encontró a Martin llorando detrás de un arbusto después de que mataran a sus padres (presumiblemente los comanches), aunque el propio Ethan asume que fue una casualidad sin importancia que le encontrase, añadiendo más tensión a la conversación y empezando a dejar claro su carácter racista. De ahí pasamos a un fundido a un plano con Martin en el exterior de la casa, lo que viene a indicar (a pesar de que con probabilidad simplemente ha terminado la cena y Martin ha salido un rato a tomar el aire) que de momento Martin no es un miembro legítimo de la familia. Va a tener que ganárselo. Todas las secuencias son importantes y sin ellas no funcionaría esta historia, como la que sigue: Martin regresa al interior y da las buenas noches, acompañado del hijo de los Edwards, que hace una pregunta muy incómoda a Ethan: “¿si la guerra acabó hace tres años cómo es que no volviste a casa hasta ahora?
Pero es acallado por todos. Sin embargo la pequeña Debbie tiene más atención por parte de Ethan, pidiéndole un colgante como el que le regaló a Lucy hace años. Ethan intenta complacerla, pero sólo tiene una medalla de la guerra. Ford se molesta en hacer un plano detalle de la medalla, y en su cine un plano detalle no es como en otros, es de una importancia capital. A poco que sepamos algo de historia, se ve con claridad que esa medalla es francesa. La guerra de secesión americana (que Ethan perdió, pues es confederado) tuvo lugar de 1861 a 1865, mientras que las guerra mexicana para su liberación del imperio francés fue de 1864 a 1867, justo un año antes de los hechos que comienzan con esta película (de ahí la importancia del cartel que la abre). Muchos confederados, arruinados y vencidos, se alistaron en las tropas de Maximiliano con la esperanza de ganar dinero, pero también perdieron. De ahí quizá que Ethan se viera obligado a convertirse en criminal. Todo esto está en la película, pero hay que saber verlo.
Aaron no es tan tonto como parece y le pregunta a Ethan porqué se quedó antes de la guerra cuando muchos se marchaban a buscar fortuna, quizá sospechando que la razón fue Martha. Ethan vuelve a hacerse el loco y les da un buen montón de oro (recién acuñado…) con tal de que le dejen tranquilo, que Aaron coge sin pestañear y guarda como un usurero, mientras Ethan, siempre muy caballeroso con Martha, le acerca la lámpara a esta. Sin embargo, y como es natural, Martha se va a la cama con su marido y Ethan se queda fuera en el porche a la manera que lo hiciera Martin antes. De esta forma los hermana Ford como a dos ‘outsiders’.
Hasta aquí los primeros 8 minutos y 43 segundos de la película, plagados, como hemos visto, de ideas y detalles inquientantes, sutiles y geniales. Mañana, domingo, terminaremos el análisis, para no hacer interminable este post en su lectura…
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Extraordinario análisis. Los primeros 5 minutos de Centauros del desierto son lo más bello que yo recuerde haber visto en una película. Épica del fracaso.