
Habíamos interrumpido este análisis, que comienza a ser extenso, sobre la obra cumbre de John Ford, con el magnífico segmento de la comanche con la que tiene que cargar Martin, y que acaba ayudándoles, quizá de manera indirecta o inconsciente, a regresar sobre la buena pista. Lo cierto es que la muerte de Look (así permite la comanche que Martin la llame, ya que no deja de repetirle “mira…”) resulta dolorosa.
El largo flash-back (¿uno de los más largos de la historia?) prosigue, y tiene lugar la famosa escena de la cacería de búfalos (tan diferente a aquella de la torpe Bailando con lobos, película sobre la que tenemos que hablar en Extracine), en la que vemos a Ethan perder ya totalmente el control de sí mismo. En principio iban a cazar un par de búfalos, pero Ethan empieza a dispararles a todos (“para que no sirvan de alimento a ningún comanche este invierno”), y cuando Martin intenta detenerle, le golpea con una violencia terrible. Terrible momento.
Pero a Martin parece no importarle ya demasiado (¿cuántas habrá recibido ya?) y se levanta porque escucha la inconfundible trompeta de la caballería de los Estados Unidos. Nuevo falso punto de vista, que recuerda al de los primeros minutos en el Valle Monumental. Ethan y Martin miran en una dirección, y pareciera que el siguiente plano corresponde a lo que ellos ven. Nada más lejos, aún tienen que salvar una pequeña colina nevada para llegar a ellos. De esta forma el clásico punto de vista se ve trastocado. De hecho, los planos de la caballería no tienen un orden narrativo: primero un grupo atraviesa un río de izquierda a derecha, luego otro de derecha a izquierda (en principio puede ser el mismo río), y en tercer lugar ¡regresamos a un grupo que va de izquierda a derecha!.
A continuación observamos al dúo protagonista bajar la colina nevada. El punto de vista se ha visto completamente alterado, con el objetivo de añadir misterio a la puesta en escena, aunque a muchos les pareció un montaje torpe y completamente equivocado, creemos que Ford sabía muy bien lo que se hacía, y elaboró una construcción más personal imposible, que ha quedado como uno de los ejemplos de anticlasicismo más fascinantes del siempre mal llamado cine clásico americano. Para terminar de rematar, el lugar al que llegan Ethan y Martin es un poblado comanche masacrado por la caballería (que ha recogido a los heridos) que resulta ser el grupo de Scar. Un galimatías temporal.
De modo que Ethan y Martin acaban de dar con un campamento indio controlado por las tropas yankees, y en estos campamentos suelen acoger a víctimas blancas de secuestros comanches. Cuando preguntan dónde tienen a las chicas, se advierte en el rostro de Ethan un cansancio infinito, por cierto, fruto de los muchos años que llevan buscando ya. Dicen que ya debe tener como 14 años, o sea que han pasado más de cinco desde que la secuestraron. Las niñas rescatadas no resultan ser Debbie, ninguna de las dos. Pero lo importante es la terrible mirada de odio, de desprecio infinito (véase la foto de más arriba) que dedica un atormentado y masacrado (emocionalmente) Ethan. Para que luego digan que Wayne era un actor mediocre.
Y aquí terminan las pesquisas de Ethan y Martin antes de dirigirse a Nuevo México, y termina la narración, que ha durado casi media hora, de Laurie leyendo la carta de Martin. El señor Jorgensen se guarda la carta, aunque no le pertenece, en un gesto cómico típicamente fordiano. Laurie está furiosa: Martin es muy poco cariñoso en la carta y ella está harta de esperarle. De modo que decide hacerle caso al galante (aunque poco atractivo) Charlie McCorrey, que ha escuchado con atención toda la narración y que sabe que tiene una oportunidad. Todo con tal de no quedarse solterona, que es el mayor temor de este personaje. Las puertas para que Martin se reintegre como hombre blanco de pleno derecho, casándose con una blanca, parecen esfumarse.
En Nuevo México, Ethan y Martin se reencuentran en una cantina con ese personaje trascendental que es Moss Harper y al que habíamos perdido de vista hace ya mucho. Moss les pone sobre otra buena pista: ha conocido a alguien que ha visto a la chica. Está en esa misma cantina: Emilio Gabriel Fernández y Figueroa, un mexicano adinerado, traficante de armas y vendedor de caballos, que comercia habitualmente con los indios. Uno de ellos es un tal Cicatriz, palabra española para Scar. Antes de partir para verle, Ethan coge el tequila, que no le ha gustado nada, y lo lanza a la cocina, provocando un pequeño incendio, lo que es una expresión de su lado casi mefistofélico y de ese odio que hemos visto crecer durante la película.
La música se vuelve realmente tenebrosa, y el ambiente elegido por Ford para el encuentro que hemos esperado tanto tiempo no puede ser más abstracto e inquietante, aunque se desarrolle bajo el duro sol de Nuevo México. A los comanches de Scar Ford les confiere un aire de magnificencia y poder realmente imponentes, como unos guerreros casi invencibles, auténtica némesis final de la vida de ese errabundo abyecto que es Ethan. Apropiadamente, y siguiendo con la atmósfera enrarecida, Ethan describe a este pueblo como “de hechiceros”, corroborado además por el comerciante mexicano.
El encuentro con Scar no puede ser más tenso. Tenemos un duelo de miradas a tres, con Martin siempre teniendo que luchar para ser “invitado a la fiesta”. Ya en la cantina Ethan no le permite beber tequila, tratándole como un crío. Pronto demostrará que ha crecido y que es un hombre que Ethan no va a tener más remedio que respetar. Poco queda del crío medio indio que se dejaba mangonear por Ethan. En la tienda Scar, que sabe perfectamente quienes son, se dedica a provocarles, y a punto está de conseguir lo que busca cuando le pide a la misma Debbie (una guapa Natalie Wood en el comienzo de su carrera), que les enseñe su colección de cabelleras, que seguramente son de la familia Edwards, asesinada tantos años atrás.
Ethan mantiene la cabeza fría y pide una segunda reunión en otro momento. Tienen que planear cómo sacarla de allí. Pero las circunstancias van a ser inesperadas para todos.
