Nos habíamos quedado el pasado martes en la finalización de cierta película dentro de la película: la clásica, o la esperable. Con la victoria, temporal, de los comanches sobre la búsqueda del quijotesco Ethan y el sanchopancesco Martin. Habíamos transcrito también las palabras, obsesivas, de Ethan, cuando promete que no se rendirá. Hay algo compulsivo, de desesperación, en los resortes que empujan a Ethan en su viaje sin fin. Por supuesto que intenta encontrar a su sobrina (o seguramente hija), pero también hay un vacío en su interior que ha de llenar con una obsesión, con un acto homérico que de sentido a su vida.

Destruido el hogar de los Edwards, Ethan y Martin, los dos centauros, regresan a la casa de los Jorgensen. Estableciendo un probabilidad temporal es más que plausible que haya transcurrido un año desde que se marcharon, pues hemos visto un invierno y de nuevo luce un sol sin rastro de nubes. Las consideraciones temporales son muy importantes en este relato, pues uno de sus temas es el paso del tiempo y el modo en que afectan no ya a los personajes, sino a la misma materia de sus imágenes.

La señora Jorgensen se cubre del sol el rostro con la mano ante la llegada de los dos jinetes, del mismo modo que lo hiciera Martha al inicio del film. Y lleva un vestido azul muy similar. Regresa el tema musical de la película, aunque más lánguido y suave. Pero el protagonismo de la secuencia pronto pasa a Laurie Jorgensen, que hasta ahora no ha tenido ni una sola frase, sino que ha parecido un fantasma al lado de Martin en el funeral. Ahora a su regreso, sonríe de pura felicidad, convertida quizá en una nueva Martha.

En realidad llevan bastante más de un año fuera, pues el señor Jorgensen dice que recibió la carta en que Ethan le explicaba la muerte de Brad hace un año. Si le llegó un año antes de estos hechos, Ethan la escribiría varios meses antes. Pueden llevar dos años viajando. Martin, aún así, recuerda bien a Laurie, que se lanza a sus brazos y le estampa un beso en la boca antes de decir hola. En cierta forma, la caracterización de la guapa Vera Miles recuerda sobremanera a la de una actriz tan fordiana como Maureen O’Hara, con ese pelo rojo y ese carácter tan fuerte. Laurie es una mujer sin complejos, que no tiene reparos en demostrar su interés por un hombre delante de todo el mundo. Y cuando ese hombre no parece mostrar el mismo interés se busca a otro rápidamente.

La relación entre Laurie y Martin da lugar a muchas situaciones humorísticas tan del agrado de Ford, si bien no se quedan en lo meramente escapista, sino que ofrecen pistas y cargas de profundidad que tendrán mucho peso dramático. Martin es medio indio, lo que equivale a decir que no es blanco. Su aceptación en la comunidad blanca le hermana con su no-hermana (pues es una especie de hijo adoptivo de los asesinados Edwards…) Debbie, precisamente una blanca dentro de la comunidad comanche. Este inquietante detalle es crucial. La cuestión sexual es un componente de gran tensión para la neurosis de Ethan, (y para todo racista…) y si bien termina aceptando a su lado a Martin, aunque se vaya a acostar con una blanca, y de alguna manera apreciándole, también terminará perdonando a Debbie, aunque se haya acostado con un comanche.

Pero las mujeres no son en Ford, ni en esta película, las simples amas de casa que las feministas quieren ver. Las mujeres son el centro de la vida de los hombres y de sus neurosis. Martha y Laurie por supuesto. Pero también la señora Jorgensen es la “jefa”. Hablando en el porche, Ethan y el señor Jorgensen obedecen al segundo cuando ella dice “bedtime” (a dormir). Muchos (muchas) no acaban de entrar en esa concepción de la mujer de Ford, aunque lo cierto es que a menudo es comprensible.

Una carta pone en marcha de nuevo a Ethan. Una pista. Alguien le ha escrito a Ethan con una posible prenda de Debbie en su poder e información. Esto, por supuesto, le bastará a Ethan para ponerse en marcha a la mañana siguiente. Pero lo interesante es la distribución de tiempos, genial, de Ford. Después de comprobar el trozo de tela incluido en la carta, Laurie vuelve con Martin, que ya está lavado y cubierto con una manta (pues no tiene más ropas que las que están lavándose). Con la secuencia del baño, la posterior con Ethan y los Jorgensen, y esta última de nuevo con Ethan ya bañado, Ford logra un contínuo secuencial y temporal que encierra una gran sabiduría y que parece sencillo y trivial, pero que es uno de los motivos que hacen a esta película absolutamente única: su tratamiento del discurrir del tiempo. ¿Y qué es, sino eso mismo, el cine?

Y lo hace con gestos y maneras de sus personajes totalmente sencillas y naturales, y con una puesta en escena que refuerza la verosimilitud, lo cotidiano, lo real más real que la vida real. Fijémonos en estos minutos en la cantidad de movimientos y gestos “casuales” de los actores, totalmente medidos, estudiados y desplegados por Ford en la plenitud de su incomparable talento. Cuando vuelve Laurie con Martin, este está mirándose (durante dos breves segundos) algo en los pies. Más vida imposible. Pero lo más chocante es la mirada de Ethan a Laurie cuando van a dormir, y el beso de esta a Martin como respuesta. Que cada cual saque sus conclusiones por ese gesto.

Pero la discusión entre Ethan y Martin antes de dormir es aún más trascendental. Ethan deja clara su intención de no cejar en la búsqueda. Y Martin le asegura que irá con él. Pero Ethan pregunta “¿por qué?”. Martin empieza a no saber qué decir. Para Ethan que un muchacho busque a una chica que no es nada suyo es absurdo. No es su hermana, ni su prima, no hay nada consanguíneo. La cuestión de la sangre (del sexo) vuelve a surgir. ¿Acaso no la busca Ethan por ser no sólo su sangre sino también producto de su sexo secreto con Martha? Él quiere estar solo en su búsqueda. Pero no va a poder dejar atrás a Martin. En ese sentido, y en muchos otros o en todos, Martin es mucho más noble que el sujeto abyecto de Ethan. No es su hermana, no gana nada sentimental encontrándola (o emocional matándola), pero la quiere y no piensa rendirse.

Otros consideran genios a sus directores predilectos por un encuadre grandioso o una especulación artística. Pero Ford se merece ese calificativo por secuencias como la que sigue a ese diálogo mencionado. Martin se levanta para desayunar y termina besándose con Laurie, que le devuelve el beso. Pero Ethan ha partido sin avisar hace una hora, y Martin está dispuesto a dejar a Laurie esperando y seguirle. Laurie no quiere que se vaya y le dice que Ethan la encontrará solo. Pero Martin no quiere acompañarle para encontrarla: “¡De eso tengo miedo, Laurie, de que la encuentre! He visto cómo se le encienden los ojos al oír “comanche”. Le he visto coger el cuchillo y…”. En pocos segundos la relación de Martin con Laurie y Ethan, y el sentido de su vida, se ha establecido. Así mismo, ya sabemos por dónde va a caminar la película a continuación.

Debbie no es más que un mcguffin, que diría Hitchcock. La excusa de Ethan. Y la excusa de Ford para hablar del racismo, la soledad, el odio y el sacrificio. Laurie, furiosa, empuja a Ethan y este cae tirando el banco con él. Pero Martin no puede quedarse atrás y sale a toda prisa a por Ethan, dejando clavada a Laurie en un poste (qué hermosa imagen). La búsqueda continúa.