

El pasado jueves habíamos dejado el análisis de esta importantísima película en el momento en que los rangers, que han salido en persecución de los comanches, resultan perseguidos por ellos, pues la superioridad táctica y numérica de los nativos es aplastante, y a la hora de la verdad los jinetes comandados por Samuel Clayton no tienen más salida que huir despavoridos o morir.
De un plano con gran profundidad de campo en que los perseguidos y los perseguidores se dirigen hacia la cámara a toda velocidad, pasamos a uno aún más general de un río, que va a ser crucial para que los blancos puedan recomponerse un poco. Y de ahí pasamos a un plano más corto con varios comanches cayendo al río por los disparos recibidos, ya que sus caballos se encolerizan. Un plano que para algunos puede parecer torpe o inconsistente, teniendo en cuenta el plano anterior, pero que resulta de una decisión de trastocar completamente las nociones preestablecidas del montaje. Pero cuando los blancos llegan al otro lado del río y dejan a sus heridos a un lado para repeler al enemigo, pasamos nuevamente de un plano muy general a otro más corto para volver al general. Todas estas decisiones de montaje no hacen sino dinamitar la lógica de la narración, y al mismo tiempo convierten a la imagen cinematográfica en algo más.
Hay quien cree que la razón de que los cineastas del nuevo Hollywood de los 70 (Scorsese, Schrader, Spielberg…) eligieran esta película como un fetiche, es un capricho o una casualidad. Para estos espectadores quizá el motivo de la leyenda de esta película sea solamente sus hermosas imágenes, su historia intensa y emocionante. Pero hay mucho más. Ya en 1956, año en que esta película vio la luz y fue ignorada, se trató de una propuesta dinamitadora. Hoy en día, y dentro de diez años seguro que aún más, comenzamos a percibir el alcance de su valor. Si los Scorsese y compañía tienen a The Searchers como referente probablemente sea, ante todo, porque la búsqueda de la película de adentrarse en un territorio cinematográfico inexplorado es algo quizá inconsciente pero absoluto, y la valentía y la mirada visionaria de Ford para llevar a cabo esta empresa con éxito es digna de admiración sin límites.
Según vayamos avanzando en la película iremos dando cuenta de la forma en que Ford se olvida por completo de la gramática para escribir, haciendo un símil literario. Baste decir, de momento, que la secuencia del combate entre blancos y comanches en el río mezcla de manera arbitraria planos hechos en localización con planos en decorados, y que los cortes pueden parecer arbitrarios y chapuceros a muchos espectadores. Sin embargo no hay nada de torpeza. Fascinante resulta, y amenazante y tan pétrea como la de Ethan, la presencia del jefe comanche Scar, que cae de su caballo en los primeros compases del ataque, así como la mayoría de sus guerreros, que no tardan en retirarse ante la defensa de los blancos.
Marty, que parece haber herido a un comanche, se horroriza mostrándose conmocionado por tanta violencia. De momento parece sólo un chiquillo superado por los acontecimientos, aunque iremos viendo cómo cambia y cómo se fortalece. A su lado Moss, el “loco/iluminado” del grupo, parece divertirse y no tomarse muy en serio nada de lo que ocurre. Y aún tiene un momento Ford para introducir, con su habitual desprecio por las normas, ese humor grueso que tanto le gustaba, cuando Clayton se queda sin balas en su revólver, y es Ethan, su “grano en el culo”, el que le proporciona una nueva arma. Finalmente llama la atención el plano general en que se retiran los comanches a su lado del río, y la cámara sufre una aparatosa rectificación que hoy día (con los combos en rodaje y con las técnicas de postproducción) no veremos. Una corrección del encuadre muy deficiente que Ford quiso dejar en el corte final, aunque probablemente habría tomas mejores.
El gélido Ethan aprovecha ahora para disparar con su rifle largo a los que se retiran, pero Clayton se lo impide desviando su cañón, lo que enfurece al anti-héroe de esta historia. Una vez más, ya he perdido la cuenta, Ethan profana una norma no escrita, respetar al enemigo que se retira; y una vez más Clayton se muestra como lo que es, un humanista convencido. Da miedo mirar el rostro de Wayne enfrentándose a Bond, pues es la viva imagen de la ira y el odio. En un momento genial, atroz, en el plano general, Wayne se vuelve como un niño pequeño malvado y dispara finalmente a los indios en su huída. Es terrible y maravilloso al mismo tiempo. Clayton, desesperado, le tira el gorro a sus pies en un acto de reprobación. El odio de Ethan hacia los comanches es ilimitado.
El objetivo de Ethan es hacer las cosas a su manera, y solo, sin nadie que le juzgue o le de órdenes. Y finalmente lo consigue, pues parece claro que son demasiado pocos para atacar o demasiado numerosos para pasar desapercibidos. Sin embargo dos jóvenes le acompañarán por mucho que proteste: el novio de Lucy, Brad, y su particular “grano en el culo” Martin. Acepta, pero él da las órdenes. De este modo los buscadores se ven reducidos a tres. El relato comienza a agotarse en su formulación clásica, pues el destino del mismo se torna borroso y no tan fácil como aparentase en un principio.
Los tres juntos siguen a Scar, y nuevamente Ethan demuestra su sabiduría sobre los comanches cuando Brad dice: “si son humanos tendrán que parar”. Los diálogos son magníficos, acerados y cortantes, cuando Ethan explica la superioridad moral de los comanches, cuando luego aconseja beber menos agua en el desierto, y cuando ordena montar nuevamente los caballos, todo en menos de treinta segundos. El momento en que descubren que cuatro comanches se han separado del resto, a juzgar por el rastro, es terrible: Ethan ya sabe que una de las niñas ha muerto asesinada, si bien espera, en su interior, que no sea Debbie. Esto lo sabemos después de ver la película varias veces y saber que Ethan sospecha que Debbie es su hija. El trío se separa, y cuando Ethan se vuelve a reunir con sus dos acompañantes (después de enterrar a Lucy, aunque eso lo sabremos mucho después) hay un secreto a todas luces que Ethan no puede desvelar (qué gran fisicidad de Wayne cuando desmonta el caballo): parece atontado, entierra su cuchillo en la arena enigmáticamente (¿para borrar rastros de sangre?…) y ha perdido su capote aunque no le importa. Algo terrible ha pasado en ese cañón.
Pronto parece claro que la empresa es, de momento, imposible para estos tres jinetes. Más aún cuando por fin se acercan al campamento comanche y Brad cree haber visto en él a Lucy, que es el momento en que Ethan le explica lo que pasó en el cañón. Su falta de sensibilidad explicándole a Brad que no es a Lucy a quien ha visto, su ira, es algo indescriptible para este analista. Gran momento de Harry Carey Jr., por cierto, quien pasa de la pena a la desesperación con habilidad para lanzarse en un ataque suicida (con Martin intentando contener a Brad, pero Ethan le agarra como a un colegial) que presenciaremos en off, con el sonido de los disparos de su muerte como única narración.
El relato se ha agotado, no hay esperanza de momento de que la búsqueda de Ethan y Martin (y de Ford) de más frutos, pues los planos generales que narran con seguridad meses de persecución, también dan cuenta del fracaso de Ethan por dar caza a los comanches. Ethan pronuncia unas poéticas frases que parecen describir el tono de la película: “Que regresemos no significa nada. No a largo plazo. Si está viva está a salvo. Durante un tiempo la cuidarán y la criarán como si fuera uno de ellos, hasta que esté en edad de…”. A la pregunta de Martin: “¿Cree que tenemos posibilidades de encontrarla?”, Ethan responde: “Un indio persigue una presa hasta que cree que ya la ha perseguido bastante. Y luego se da por vencido. Se comporta igual cuando huye. No comprende que hay bichos que nunca se cansan y siguen adelante. Al final los encontraremos, te lo prometo. Los encontraremos, tan cierto como que la Tierra da vueltas”. El dúo regresa a casa.
El discurso de Ethan es crucial por varias razones. Primero anticipa la psicosis sexual (Debbie viviendo con un indio…) que terminará por romper su frágil estabilidad mental. Segundo habla sobre esa voluntad inquebrantable de ciertos “bichos”, de una especie de locura que te obliga a seguir adelante cuando todo está perdido. Tercero relaciona esa idea de un mundo giratorio e impredecible con la forma de vida aleatoria y nómada de los indios, a los que ya estableció como auténticos dueños de la Tierra con una puesta en escena (el indio enterrado, los indios sugiendo de la tierra) que afirmaba esa idea.
Hasta aquí el típico relato (insondable, misterioso pero arquetípico) de una búsqueda lineal, clásica digamos. Pero el relato se agota y comienza uno nuevo. Comienza lo que llamaríamos una deconstrucción insuperable de la imagen cinematográfica, que iremos analizando con las sucesivas entradas que se publicarán martes y jueves, que libera al cine norteamericano de sus corsés para mandar al cuerno las convenciones y buscar nuevas vías del cine. Seguiremos su huella el jueves.
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