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Oscar mejor actor 1993: una vergüenza

Ya he escrito anteriormente, a modo de recordatorio de estupideces supremas, lo que pienso de algunos Oscar, que es el premio cinematográfico más insulso y absurdo que existe hoy día, pero que año tras año sigue arrastrando el interés de millones de personas, vaya usted a saber por qué. La gente debe de estar satisfecha con eso de que se rían de ellos. Porque hay casos de vergüenza ajena, de chiste.

Es el caso del año 1993, en el que Tom Hanks se alzaba con el Oscar al mejor actor por el drama Philadelphia, en torno a un abogado enfermo de sida y su lucha por vencer en un juicio por despido indebido. Era el momento de este gran intérprete, después de los años 80, en los que había trabajado en comedias de menor entidad. Ahora estaba dispuesto a demostrar lo buen actor que era. Y lo consiguió. Está ciertamente muy bien en Philadelphia, pero aquel año había un actor que jugaba en otra esfera, en otra galaxia, en la del genio artístico. Baste un ejemplo, y que cada uno saque sus conclusiones:

Sería un memo si no admitiese el gran esfuerzo dramático de Hanks, pero a poco que el lector tenga criterio, no tendrá más remedio que admitir que no se puede comparar (y comparar es lo que hicieron en los Oscar, para concederle superioridad al norteamericano) esta entrega total de la cámara por parte de Jonathan Demme (en uno de sus peores trabajos, justo después de hacer maravillas en la insuperable El silencio de los corderos) a su actor para su lucimiento personal sin cortapisas… con la energía, la verdad y la emoción que Day-Lewis entrega en In The Name Of The Father.

La primera es una secuencia coral, con docenas de actores magníficos, y uno de los pocos que no habla es precisamente Day-Lewis. Algunos breves planos en solitario es todo lo que tiene, mientras sus compañeros de reparto sostienen este gran momento. En la de Hanks, sin embargo, todo está supeditado a él. Su personaje, que está a las puertas de la muerte, le proporciona el momento más gozoso, esos que dan Oscars: enfermo (físico o mental), de una marginalidad (en esta ocasión, los homosexuales), que se desahoga con una bella ópera de Maria Callas.

Mucho más contenido que ese despliegue gestual se muestra Day-Lewis, en un momento no menos trágico que esa muerte anunciada: después de muchos años de condena injusta, en la que murió su padre, por fin se va a saber la verdad, y por fin va a recuperar su libertad. Pero Day-Lewis no está en el cine para ganar Oscar, aunque tiene ya los mismos que Hanks, dos. Está para hacer trabajos sublimes. Y sublime es observar su rostro. Sencillamente, no hay palabras para describirlo. No está interpretando, es de verdad.

He puesto deliberadamente dos secuencias de índole muy distinta, de dos películas que todos hemos (o deberíamos haber) visto. Y lo hemos hecho quizá algo tendenciosamente, pero es intencionado, pues en ellas se advierten las estrategias tanto de los directores, como del actor principal. Ese año, sólo Anthony Hopkins estaba al mismo nivel artístico que Day-Lewis con su interpretación en la bellísima The Remains of the Day. Pero en estos premios se valora más el valor institucional del actor. Con el premio a Hanks se premia una forma de vida, de entender el cine y el negocio. Sí, esta estupendo, pero la evidencia salta a la vista.

Bueno, más que salta, te escupe en la cara: es como un alumno aplicado que lucha contra un gigante. No sé qué pensarán los lectores, pero no creo que se pueda argumentar mucho en contra de esta reflexión, aunque por supuesto siempre son bienvenidos los que le llevan a uno la contraria con criterio.

Comentarios

  1. Quijano

    Comparto contigo esta anotación al cien por cien. La actuación Day-Lewis es de tal fuerza durante toda la película, de tal magnitud y además tan veraz, que es difícil contemplar esa escena dentro de la visión total de toda la película sin que te recorra un escalofrío por el cuerpo. Tan solo ves su rostro… y parece que sientes lo que siente él, parece que respiras ese alivio, esa ira, cualquiera se puede ver reflejado porque no sobreactúa, no se sobrepasa, simplemente es una actuación honrada y valiente.

    Ni que decir tiene que la actuación de Tom Hanks es realmente buena, pero la de Day-Lewis es una obra de arte en si misma.

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  2. Recuerdo cuando fui a ver En el nombre del padre al cine. Me siento, se apagan las luces ¡y empieza con esta escena!, yo que me olí que aquello no iba bien así que salí de la sala y volví con un empleado, cuando entramos estaban saliendo los créditos.

    Estoy totalmente de acuerdo con la reflexión de Adrián. A mí Philadelphia me pareció una falsedad, una farsa. No trataba de la problemática gay y el cacareado despido improcedente, era realmente una película de juicios. La hipocresía salió a la luz cuando todo el mundo se enteró de que habían censurado una escena en la que Banderas y Hanks se daban un recatado beso. De vergüenza vaya.

    La interpretación de Lewis es sublime, bullendo de forma casi insoportable por sus venas en ese fragmento.

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  3. Antes hacía coraje con los oscares mal otorgados pero al darme cuenta la poca credibilidad que tienen, los malos ratos han pasado y ahora sólo me rió por las tremendas omisiones que tiene todos los años..

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  4. rene ruiz

    Como cad año habra omisiones, superposiciones y demás errores “involuntarios” pero lo que es un hecho es que cada vez menos personas sintonizan la entrega de premios, reflexionando, siempre las grandes ganadoras son aquellas que te hacen llorar o reflexionar o de alguna manera inquietarte pero que pasa con aquellas que te hacen reir y gozar ( no me refiero a las de pastelazo o gag escatológico) como las mas deliciosas comedias donde si aparece una canción zaz! el torquemada cinemátográfico la condena a la hoguera, que el cine no es de ir a gozar? ( claro habrá quien goce sufriendo), la verdad habría que tomarse el premio y la ceremonia y la parafernalia adyacente como una buena dosis de comedia involuntaria esa si de agradecerse desde los dicursos “improvisados” hasta las intervenciones de los traductores ( en México son insufribles de lopedantes que son) o los grandes perdedores de toda la vida, los espectadores que se conforman cada vez con menos y miran hacia otras partes con interés

    un saludo Adrian

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  5. Sí es verdad que los OSCARS son para tomárselos en broma…

    Saludos

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