Las estrellas de cine son la razón por la que muchos espectadores pueden optar por ver una película y no otra. Son el gancho que han utilizado los estudios para promocionar sus productos casi desde que el cine es cine.

El Hollywood mudo presentaba a sus estrellas como mitos inalcanzables que parecían estar más allá del bien y del mal. Toda una cohorte de dioses del celuloide que hipnotizaban al público con sus miradas y gestos. Resulta curioso ver a la Garbo recién llegada de Suecia a EE.UU. como protegida del director Mauritz Stiller. Aquella era una imagen cándida e inocente que dista mucho de la estrella moldeada que conoceríamos como la divina, con una Garbo ya asentada como personaje sofisticado, distante e intocable en la industria americana.

En la época del llamado sistema de los estudios, cuando este controlaba todo el proceso que rodeaba a una película, desde su gestación hasta su distribución, las estrellas formaban parte indivisible de una plantilla y se encontraban sometidas a la férrea dirección de quien les daba de comer. Este sistema empezó a perder fuerza en la década de los 50 por varios motivos. Las familias se habían mudado a zonas residenciales a las afueras de las ciudades, lejos de los cines, y el boom de natalidad tras la gran guerra centró las intenciones de los potenciales espectadores en el cuidado de los hijos. Por otra parte la llegada de la televisión ató aún más a las familias a ese ambiente casero y empezaron a faltar espectadores en las salas. Para rematar la faena entraron en escena los sindicatos, que libraron a los trabajadores del férreo yugo de los estudios. Es en ese momento cuando apareció la figura del representante, que disparó los sueldos de los recién liberados actores y actrices. Esa tendencia se mantuvo hasta los 90, donde gran parte del presupuesto iba destinado a pagar al famoso de turno (recuerden los rankings de entonces de los mejor pagados). Actualmente la crisis que vive el cine ha relajado un poco esta tendencia, aunque no parece que las estrellas hayan relajado su caro tren de vida.

Pues todo este circo tiene un principio. Cuando el cine se va consolidando como industria a principios del siglo XX encontramos ya a productoras como Pathé totalmente asentadas. En ese primer momento en el que todo es posible comienza a resultar familiar para los espectadores el rostro del francés Max Linder, que haría carrera en la mencionada productora y distribuidora. Sus películas arrastran al público a las salas por el simple hecho de aparecer él en pantalla. En la naciente industria empiezan a ser conscientes de que un nombre puede hacer subir los dividendos en taquilla por lo que en las siguientes producciones cada nuevo título viene antecedido por el reclamo del nombre de Max Linder: Max est distrait, Max et son chien Dick, Max professeur de tango,… Había nacido el concepto de estrella cinematográfica.

Una de las claves de este éxito recae en que Linder creó un personaje que se convirtió en familiar para los espectadores. Ataviado con sombrero de copa y bien trajeado, ir a ver una película suya era como volver a encontrarse con un viejo amigo. Poco después Chaplin, declarado admirador de Linder, imaginó su propio personaje con el que entrar a formar parte de la historia del cine. Nació así Charlot, entrañable vagabundo y eterno perdedor ataviado con bombín y con unos pantalones enormes (cortesía del vestuario de Fatty Arburckle) que hace emocionarse una y otra vez a un asombrado público. La fórmula vuelve a ser un éxito. ¿Recuerdan ustedes el nombre de aquellos primeros cortos?: Charlot falso dentista, Charlot y Fatty van de juerga, Charlot boxeador,… Como se suele decir, el resto es historia, en este caso la descrita ahí arriba.