ella es asi de feliz sin ayudas vaginales externas

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Si los franceses tuvieron a Amélie, los británicos, no menos que nadie, debían tener tarde o temprano su contrapartida patria. Pero si los gabachos, discúlpenme el coloquialismo, vieron la vida a través del enrevesado formal de la óptica de Jeunet, culmen de la tradición de búsqueda constante de nuevas vías narrativas en su filmografía patria, los ingleses se rinden a su visión más mundana y aséptica, práctica y desmitificadora de las cosas.

Poppy es una profesora de primaria del norte de Londres, que vive con su mejor amiga Zoe, mantiene una fuerte relación con su hermana pequeña Suzy, y que, en general y en concreto, se caracteriza por un optimismo tan inusitado, tan ferviente, intenso e incondicional que, o bien te contagia, o bien te saca completamente de tus casillas. Poppy es feliz por, pese y gracias a todo.

la alegria de la huerta, pero no una, sino murcia entera

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Acercarse a una película como Happy: un cuento sobre la felicidad (¡sobretítulo! ¡sobretítulo! ¡Qué sería de nosotros sin un sobretítulo para saber de qué va la película!), cuyo título original Happy-Go-Lucky viene a significar buen rollo o buena onda, es acercarse a una película de director, en este caso de Mike Leigh, y su particular forma de ver y contar las cosas. Leigh siempre es medido, mínimo en sus historias, casi casual a la hora de acercarse a ellas, entrando en un punto, en principio genérico, para una vez desarrollada la trama, acabar en otro punto igual de genérico. Es así como lo que en verdad nos quiere contar queda soterrado por esta liviandad, como aparece camuflado entre el cúmulo de cotidianidades que se solapan.

Sus películas, de fuerte potencial humano, destacan por ésta cuidada sensibilidad. Ver una cinta de Leigh es acercarse, sea en comedia, sea en drama o comedrama, a un pedazo de vida, de uno o varios personajes, configurados con un realismo aplastante, cercanos, a su día a día, a sus miserias y felicidades, pero nunca desde el subrayado excesivo. Es por ello que, por lo menos yo, no suelo recomendarlas a la ligera, puesto que a muchas personas éste tipo de narrativa les choca o aburre, la de pequeños momentos aparentemente intrascendentes que se concatenan hasta configurar un mural más grande, que hay que ver en perspectiva. Y Happy no es una excepción.

La película arranca en un punto cualquiera y acaba en otro, teniendo como grueso argumental, que se introduce con distraimiento aunque su finalización no lo sea tanto, las clases de conducir que la protagonista decide tomar. Es su relación con el absolutamente inaguantable, sumo maleducado y soberano estúpido de su profesor, alguien a quién dan ganas de darle un puñetazo en la cara, lo que pone a prueba el imperturbable optimismo de Poppy, quien se nos muestra, además, en su contrapartida Amèlieana, como un mujer nada tímida, sexualmente activa y emocionalmente disponible. Ah, y psicológicamente estable, que es importante. Tenemos tramas paralelas que configuran el particular universo personal de la protagonista, lleno de personajes de los barrios obreros de Londres, todos peculiarísimos y en general necesitados de lo que a Poppy le sobra, pero son historias que nutren y no beben de la principal.

ta-chaaan, ¡y así se hace un dildo casero!

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Todo esto se debe a una finísima confección del guión, acertada y sucinta caracterización de los personajes, que no hablan de cómo son, sino lo demuestran, mientras sus diálogos, ágiles y abundantes, chisposos y medidos, son los que sostienen la atención y la acción.

Qué decir de los actores, con la reina de la función, una Sally Hawkins que se llevó mejor actriz en Berlín '08 por este papel, muy merecidamente, y aunque en principio yo le veía más cara de perra que de otra cosa, es la que sostiene una sonrisa eterna en los labios de Poppy, cuando a otra se le caería. Ella hace creíble a ese alguien que es imposible y no debería serlo, el antídoto al estrés y la depresión, la figura a contracorriente de los males endémicos de la vida moderna en las urbes grandes. En el otro extremo tenemos a Eddie Marsan, eterno secundario o incluso terciario, como el anormal de su profesor de coche. Dan ganas de hacerle algo malo y duradero, creedme.

Una cinta bajo mínimos sobre la felicidad más que una comedia sobre la misma, escondida en las rendijas de lo poco reseñable de una vida común, muy digna hija de su padre, Mike Leigh, que nos habla desde lo diario de algo que nos falta muchos días sobre la mesa: una sonrisa.

PUNTUACIÓN: 7.5 / 10

LO MEJOR: Sally Hawkins. La función es suya.

LO PEOR: No compartir el optimismo de Poppy y la visión de Leigh. La película será un sufrimiento para ti.

EL MOMENTO: Yo me quedo con las clases de flamenco.