El actor de cine es un bicho raro. Un ser único en su especie. Es el artista de la expresión física, lo que supone una variedad de tipologías altísima. En su mente todo debe ser posible.

Después de 113 años de cine, la vida del actor de cine en el mundo está más distorsionada que nunca. Para el 90% de la gente el actor es una persona que vive en Disneylandia, con una vida acomodada, rodeado de bellezas, y ganando grandes sumas de dinero. Y de todos los oficios cinematográficos, es el más conocido, y en el que el aficionado medio puede dar más ejemplos de profesionales. Muchos intentan ser actores de cine y muy pocos lo consiguen. Y de estos muy pocos logran ser auténticos grandes actores. ¿Qué será necesario poseer para ser buen actor de cine? Seguro que cada uno podemos dar nuestro punto de vista al respecto.

Existe una diversidad de escuelas o corrientes teóricas en torno a la interpretación de cine (o televisión) y teatro. Muy pocas de ellas se aplican solamente al audiovisual. Y este es un punto trascendental, pues no creo que un actor de teatro pueda transformarse en actor de cine sin sufrir una severa distorsión en sus disciplinas emocionales y en sus herramientas profesionales.

Pero vayamos por partes. La labor de un actor, exactamente, ...¿cuál es? Esencialmente la transformación. Y esto es posible con un gran trabajo previo y con un gran dominio de las propias virtudes como intérprete. Un actor es un ser polimorfo, al que se le exige dar vida (tal cual) a un personaje, por muy alejado que este se encuentre, al menos en lo aparente, del actor como persona. Pero aquí acaban las similitudes entre el actor de teatro y el de cine. Porque mientras el actor de teatro se encuentra siempre a un plano lejano del espectador (como muy cerca en plano general, y como muy lejos, en gran plano general), un actor de audiovisual ha de soportar una dura prueba al que el actor que sólo participa en teatro nunca se ve sometido: el primer plano. Y muy pocos actores sostienen el gesto y la verdad ante un primer plano. Lo malo es que una cámara es una especie de "buscadora de la mentira". No puedes engañarla. Todo tiene que ser de verdad.

Y ahí llegamos al meollo: un actor de cine no debe interpretar. En absoluto. Debe vivir la escena intensamente, por muy relajada que esta sea. En ese sentido se encuentran algunas teorías, que intentan demostrar que el intérprete debe sufrir lo que sufre el personaje...al precio que sea. Yo no sé lo que opinará el lector, pero no estoy de acuerdo. Y no lo estoy porque en mi trabajo con actores he detectado las que yo considero las dos mayores virtudes de un intérprete: la inteligencia y la imaginación. Dos virtudes que escasean en el gremio de forma sorprendente quizá para un espectador medio, pero así es. Un actor con imaginación no necesita que le encierres en el cuarto de la basura media hora (como a mí me sugirió un profesor mío en cierta ocasión) para sentir asco. Esto, en todo caso, se utilizaría como último recurso y siempre con un actor malo o mediocre, quizá para salvar una secuencia.

Pero con un actor imaginativo todo es posible, realmente. Si esa estúpida teoría del cuarto de basura fuera cierta...¿cómo prepararíamos a un actor para una secuencia en la que le golpean? ¿Pisándole un pie? Y si la imaginación es importantísima, mucho más lo es la inteligencia, sobre todo para un actor de audiovisual, que se ve sometido a todo tipo de restricciones técnicas (desde la iluminación, al marcaje, pasando por el orden invertido de secuencias...) y que ha de solventarlas sin perder un ápice de sinceridad. Un actor de teatro tiene otra dinámica, otros problemas (no menos importantes) que solventar. Antes hablábamos de la transformación. Desde luego que un actor de teatro ha de transformarse, pero el actor de cine soporta la prueba de esa transformación con una cámara pegada al rostro: mayor riesgo por tanto.

Es digna de admiración la labor de transformación total de numerosos actores estadounidenses. Al contrario que la mayoría de los actores españoles, que siempre son ellos mismos y que físicamente cambian poco en cada película (y que aunque cambien mucho, parece que no es necesario). El actor de cine tiene ante sí el deber de una creación de cero, como el de teatro. ¿Qué herramientas maneja el actor, principalmente? Su voz y sus ojos. ¿Y secundariamente? Su cuerpo. Muchos actores españoles, la grandísima mayoría, tienen un control de su cuerpo (sus manos, sus gestos, su andar, su forma de sentarse y levantarse, su forma de beber y de fumar y de comer, los tics "casuales") vago, indeterminado o pobre. El gran don de los actores anglosajones, a parte de su dicción (y de cómo la modulan) es su fisicidad, y es lo que ha hecho célebres a muchos actores.

Pero mientras el actor de teatro es el verdadero creador de la representación, el actor de cine no es más (ni menos) que un elemento más de un todo dentro de la mente del director. Ningún actor tiene la película en su cabeza tal como debería quedar (muchas veces ni siquiera el director la tiene...). Basta conque tenga en su cabeza el personaje que quiere interpretar, y que lo tenga bien claro. El resto no es cosa suya. Bastante tiene él con pasar de la secuencia 43 a la 3 y no perderse. En el teatro el artista más importante es el actor, en el cine el director. Pero el actor de audiovisual tiene que ser lo bastante inteligente como para, sin perder la humildad, dejar su impronta con esos tics de los que hemos hablado, esa personalidad, esa mirada.

Hay muchos tipos de actores, aunque todos los buenos dominan la voz, el cuerpo y el gesto en la búsqueda de una representación verdadera. Algunos actores empiezan bien y acaban mal. Esto es: en la toma 1 ó 2 están perfectos, pero a medida que se van sucediendo las tomas comienzan a hacerlo peor, a perder energía. Otros tardan en calentarse, tardan en empezar: hasta la toma 8 ó 9 no comienzan a estar bien. Pero todos ellos, hasta el mejor actor del mundo, necesitan y quieren a un director que les dirija. Y seguramente de todas las labores y disciplinas que debe dominar el director, la más compleja y resbaladiza es la dirección de actores.

Lo mejor es que el actor esté libre de prejuicios y de ideas preconcebidas, y que se entregue totalmente, casi se suicide, en manos del director. No puede hacerse de otra manera. La relación entre ambos artistas puede ser tormentosa, o puede ser gélida, o cordial, o muy amistosa. Hay directores que les ignoran (Ridley Scott) como parte de trucos zafios para provocar una reacción tramposa. Otros directores los cuidan (como debe ser, porque el arte va de las personas, no de la silla), pero con mano de hierro, porque no hay nada más peligroso en un rodaje que un actor inseguro y/o con ego desmedido. El actor ha de conocer su importancia, pero la justa. Es muy importante, pero no puede volcarse todo en él, porque puede perder la perspectiva. Ernst Lubitsch era célebre, no sólo por arrancar magníficas interpretaciones a sus actores, sino también por llevarse maravillosamente bien con ellos en el rodaje.

Otros, como Cameron, arrancan también magníficas interpretaciones, pero a menudo les llevan tan al límite que provocan el odio de estos hacia él. Puede que el más grande director de actores haya sido el sueco Ingmar Bergman, maestro de actores de teatro y de cine. Pero muy pocos grandes directores han conocido a fondo esta disciplina, en parte también porque encontrar un actor bueno, inteligente, imaginativo, sin prejuicios y con el que entenderse debe ser tremendamente difícil.