
Y cuando el cine es un poema, una escultura de la memoria, un muestra de vida que no existe en las mismas dimensiones en el mundo real, un instrumento para el conocimiento de en qué mundo vivimos, una conmoción que extrae lo mejor de nosotros mismos y nos coloca en un espejo moral ineludible. Y un pedazo de verdad, de amor por el cine, de humanismo desaforado. La mejor, la más bella película del francés Bertrand Tavernier, nacido hace 67 años en Lyon, es un homenaje a la pedagogía y a la infancia.
Muchos, incluso personas interesadas por el cine social, se enfrentan a esta película con una distancia impuesta por los prejuicios hacia un cine tan sincero que no exhibe sutilidad, sino que es directo como un puñetazo en el estómago, y tan generoso que hace del audiovisual una razón para mantener una chispa de esperanza. Porque cada vez estoy más convencido de que el único arte que merece la pena es aquél que lleva esperanza y fe (y no me refiero a la católica…ejem) al corazón del hombre. Artistas, intelectuales, valientes de la talla de Bertrand Tavernier logran esto por la pura convicción en sus ideas.
Tavernier es un hombre que si bien cuenta con numerosos seguidores y no pocos admiradores de su trabajo, también tiene numerosos enemigos, entre los que se cuentan los políticos de media Europa, los principales periódicos parisinos (no Le Figaro, quizá el mejor…y el más progresista, ¿casualidad?), y todos los que no soportan que en una pantalla la postura social y política sea algo más que una frase (o varios diálogos) en boca de un personaje, sino que impregna cada decisión en la puesta en escena, cada movimiento de cámara y cada corte de montaje.
Por eso algunos, en una simplificación digna de mejor causa (que no aplican a otras películas que sí lo merecen), identifican al luchador protagonista de esta historia (interpretado por el gran, enérgico actor, Philippe Torreton) con el propio director, convirtiéndole en un alter-ego del director, en una prolongación de su yo interior. Ignoran que Tavernier es lo suficientemente artista como para electrizar con su vibrante mirada a todos los personajes (y aquí los hay a docenas) que viven, literalmente viven, en la pantalla.
Pero hablemos del material conque está hecho esta película. Para Tavernier no existe mayor héroe quizá en la Auvernia actual, sobre todo en aquella deprimida por el paro, la pobreza, la ineficacia de los recursos sociales, la ineptitud de las instituciones, de la soledad de los desamparados, que un director de un parvulario. Porque la base del futuro son los niños, y nadie puede robarles su infancia. En base a este impulso vital, el director Lefebvre se guiará en su trabajo, en su vida. A algunos puede parecerles una forma inadecuada de armar una película. En mi opinión están profundamente equivocados. Un periodista, en la rueda de prensa del festival de Berlín donde fue presentada al mundo, le dijo a Tavernier que pensaba que no se puede hacer una película basándose en la compasión. Tavernier le contesto que pensaba que era un gilipollas.
Pero Tavernier no lo basa todo en la compasión, ni en la creencia de que la infancia es un tesoro que hay que proteger, pues nunca desplegó tal sabiduría en el desempeño de su oficio de director de cine, en el flujo de espacios y tiempos (que eso hace un director de cine), en la dirección de actores. Con una cámara prodigiosa que transmite una inmediatez inusitada (que recuerda a la textura y la cercanía de un documental, pero que es mucho más, en su exploración de la miseria cotidiana), con una mirada que trasciende el drama social para erigirse en poesía social, nos vemos inmersos en el día a día, nunca imaginamos que tan difícil, de unos maestros de parvulario comandados por el incansable Lefebvre.
La forma en que la cámara se introduce en las clases, moviéndose entre decenas de niños, y sin perder jamás el punto de vista ni desorientar al espectador, es un prodigio que quizá los seguidores de un cine más mecánico y espectacular deberían empezar a comprender y apreciar como una forma de representación insuperable, pues su base, sus cimientos, son las personas, la gente real, y nada puede superar la poesía de una mirada que sabe extraer de la realidad tanta esperanza. En ocasiones los actores se dirigen a la cámara y hablan de sus experiencias (pues algunos son profesores auténticos y no actores profesionales), y esto en lugar de romper el continuo secuencial, su poder hipnótico, lo enriquece con la invitación a lo que no es ficción.
Filmes como este convierten al cine más convencional y comercial en una coda innecesaria y burguesa, un divertimento para personas sin más pretensión que hacer llevaderos los fines de semana, cobardes proposiciones de género que ni muestran la verdad del mundo ni ayudan al hombre a sacar lo mejor de sí mismo, sino quizá a sentirse mejor tan solo por dos horas, para después devolverles a una realidad de la que son esclavos. Pero precisamente la función del arte es la de liberar al hombre de esas ataduras, de devolverle su dignidad más allá de razones materiales o triviales. Y eso lo logran muy pocas películas, poquísimas. Ça commence aujourd’hui es una de ellas.






A mi me puso los pelos de punta con tan solo 15 años…toda la verdad y crudeza de la Europa de hoy en dia, mostrando tanto con tan poco, y con unos actores tremendos en su naturalidad y realismo. Obra maestra, sí. Y encima “humana”, y encima aparentemente humilde… cosas que en los tiempos que corren, y los films que se hacen, cuesta de encontrar.
Gracias por recordarmela!
Lástima que a Argentina no va a llegar muy pronto… Admiro a Tavernier y me dejaste con ganas de ver o ver esta película….
saludos
Es extraño que el autor de esta nota considere que el ultraderechista diario francés Le Figaro es el mejor y más progresista. Al contrario. Por otra parte, diarios progresistas como Le Monde, Libération y Le Nouvel Observateur, entre otros, han sido siempre muy elogiosos de la obra de Tavernier, que es hombre de izquierda.