Muchos directores, llegados a una edad, comienzan a cambiar su estilo, o a profundizar en zonas recónditas de su creatividad que antes apenas habían explorado. Como resultado de ello pueden perderse en películas que devalúen su filmografía (los que más) o pueden arriesgarse con éxito y enriquecer su legado con películas que demuestran su versatilidad. Allen no pertenece a ninguno de esos dos grupos. Porque hay un tercero: el de los cineastas que sencillamente se agotan, se repiten hasta la extenuación y no provocan más que tedio después de tantos años y tantas películas. Ese es su caso.

Vicky Cristina Barcelona viene precedida de su célebre rodaje en Barcelona. Pero sobre todo célebre por dos cosas: la popularidad de sus actores, y la afición por un director en España que nunca había rodado en una ciudad nuestra. Se esperaba una alocada, divertida e ingeniosa comedia sexual. Y no obtenemos nada de eso. Por contra, la mayoría de sus chistes son lugares comunes mil veces oídos antes en películas de su director, la siempre eficaz dirección de actores no divierte demasiado (la falta de chispa entre la Johansson y Bardem es escandalosa), y sexo y pasión hay más bien poco (sustituidos por un romanticismo idealista que no le pega nada a Allen).

Las aventuras de dos señoritas estadounidenses que pasan un par de meses de verano en Barcelona podría haber dado lugar, si su director hubiese querido, porque talento no le falta, a una estupenda historia de romances y celos. Pero la desgana y la apatía se apoderan de la pantalla casi desde el primer minuto. Allen filma como si estuviera de vacaciones, y termina provocando el tedio, sobre todo por un exceso de autocomplacencia que le lleva a presumir que puede hacer lo mismo de siempre, pero con menos garra, y seguir provocando la hilaridad y la admiración.

Rebecca Hall compone un personaje con amplio sentido de culpa, bien trazado pero que acaba sabiendo a poco; Bardem se limita a estar de juerga y aparentar; Johansson intenta hacernos creer una búsqueda emocional siempre frustrante que jamás llega a hacerse creíble. Así las cosas, a Penélope Cruz no le cuesta mucho erigirse en reina de la función con un personaje muy fácil de interpretar, pero que goza de los mejores momentos de la película.

Dicen, aquellos a los que la película no ha interesado, que Allen se limita a filmar postalistas de Oviedo, Barcelona, Avilés y Sevilla. De hecho tampoco hay eso. Para él, las cuatro ciudades son exactamente la misma. En todas se oye la misma música, en todas la luz es la misma (en un trabajo plano y circunstancial del gran Javier Aguirresarobe) y el ambiente es idéntico. Para lo que ha hecho podría haberse quedado en cualquiera de ellas y aparentar que eran localizaciones diferentes.

En definitiva, una cosa es que un director plantee una historia trivial y gozosa. Otra muy distinta es que sea un tedio banal y autocomplaciente. Entran ganas de volver a ver alguna de sus grandes comedias, a las que ya tanto echamos de menos, después de las decepciones de Hollywood Ending, Anything Else y Scoop. Haciendo memoria la última realmente buena, mucho más de lo que algunos quisieron (o supieron) ver, es esa gozada de The Curse of the Jade Scorpion. Y de esa hace ya 7 años. En esta ocasión el título fue horrible, el tráiler fue malo, el cartel soso y la película aburridísima.