En 1919, con un Hollywood a pleno rendimiento, cuatro de sus más importantes figuras fundaron un estudio de cine para asegurar su independencia creativa (y sus ingresos). D.W. Griffith, el director que alumbró los estándares del lenguaje cinematográfico (aunque eso sería una discusión que daría para otro post); Douglas Fairbanks y Mary Pickford, la pareja de actores (también pareja en la vida real) más cotizada en la industria y más querida por el público y Charles Chaplin, uno de los más grandes genios que ha dado el cine en su historia, se reunían para crear Artistas Unidos. La prensa no tardó en dar a luz la famosa frase que titula el post: Cuando los locos se hacen los dueños del manicomio.

Tras décadas de éxitos (The General, Modern Times, Duel in the sun, la saga James Bond, Hello, Dolly!, Rocky o The Deep Hunter son algunos pocos ejemplos) el estudio sobrevivió a sus fundadores, hasta 1980, cuando una sola película llevó al estudio al borde de la quiebra.

En los 70 el director era el rey, fue el precio que pagó Hollywood por salir de la decadencia en la que estaba sumido en la anterior década. Así las cosas, rodajes cada vez más caros y complejos obtenían luz verde sin concesiones con la esperanza de que el nombre y el talento del director fueran suficientes como para recuperar lo invertido.

En 1980 Michael Cimino disparó las alarmas de la industria con el fiasco en taquilla de su película La puerta del cielo (Heaven’s Gate), un carísimo proyecto que se le había ido de las manos a su director y que llevó al abismo a la United Artist. La absorción por parte de Metro Goldwyn Mayer aseguró su subsistencia y la distribución de su abultado catálogo. Desde aquel momento es cuando podemos ver el entonces inédito logo MGM/UA al comienzo de las nuevas producciones (la historia actual de UA en manos de Tom Cruise daría también para otro post). Ni que decir tiene, Chimino estuvo vetado en los despachos de la industria durante años y su carrera sólo volvió a ser visible en momentos puntuales.

Aquel terremoto cortó las alas a los directores y hoy no es raro considerarlos el último asunto a resolver a la hora de rodar una película. Por su parte, La puerta del cielo se ha convertido desde entonces en una molesta muletilla para hablar de proyectos megalómanos que huelen a fracaso antes de estrenarse. La puerta de Kevin se llamó al Waterworld de Kevin Kostner a mediados de los 90.

Actualmente, en un momento en el que los estudios pertenecen a grandes multinacionales y no a la gente del cine, las asociaciones de importantes nombres de la industria para crear nuevos estudios ha recordado al nacimiento de United Artist en alguna que otra ocasión, como Dreamworks, surgida del acuerdo firmado por Spielberg, Geffen y Katzenberg, donde, aunque con muchos matices, los locos se hacicieron de nuevo los dueños del manicomio.