Cuando al abrir la página web de El País vi parcialmente un fotograma (no podía ser sólo una fotografía) de un hombre con un taco de billar y en blanco y negro, una chispa se encendió en mi cerebro hace escasos 10 minutos: ha muerto. Deseando que no fuera cierto lo inevitable (hace pocas semanas anunciaron que había regresado a su casa tras la batalla perdida contra el cáncer para morir rodeado de los suyos), subí la ventana del explorador para observar mejor aquella noticia, con los ojos entrecerrados. Pero no ha habido manera. La muerte nos sonríe a todos, inclusive a los actorazos legendarios de generosos ojos azules y sonrisa irresistible.

Fallece Paul Newman, convertido al fin en una sombra de sí mismo, de ese actor elegante y viril a un mismo tiempo que por 60 años fue capaz de enamorar la pantalla como casi ningún otro, o como ningún otro. 83 años de una vida que es algo más que leyenda del cine, es una de las personalidades más importantes del siglo XX, un artista que hizo de su forma de expresión una forma de vida y un modo de entenderla. Paul Newman era un actor con un don ingénito y completamente natural, y un hombre complejo, inteligente y enigmático. Más que un icono, era el más grande.

Comenzó Paul Newman su carrera prometiendo mucho en películas de poco fuste a las que él dotaba de una energía y una generosidad desconocida en el cine de su época. Sirvió en la marina, fue jugador de fútbol, y antes del cine debutó en el teatro con la obra de William Inge Picnic, que resultó un grandioso éxito en Broadway. Pero en el cine no fue tan inmediato su prestigio, pues ni El cáliz de plata (de un casi siempre mediocre Victor Saville) ni Somebody Up There Likes Me (un Robert Rossen muy menor de 1956) hicieron por él mucho más que sus trabajos televisivos.

Pero este alumno del Actor's Studio tuvo un año extraordinario en 1958, realmente el momento de la verdad. Estrenó La gata sobre el tejado de zinc, El largo y cálido verano y El zurdo. En ellas se consagraba un actor de genio, en papeles muy exigentes de texto y físico, fuertemente melodramáticos y moralmente ambiguos. Había nacido una estrella. Además, conoce a la que será la mujer de su vida, Joanne Woodward.

A partir de entonces su carrera va a ser imparable, y los medianos éxitos no van a afectar para nada a su imagen creciente de ídolo estadounidense. En las siguientes dos décadas conocerá grandes éxitos de público (Harper, Butch Cassidy and the Sundance Kid, The Sting y otras de gran calidad y pegada popular), pero hay cinco películas en las que demuestra que era un actor extraordinario, dotado de una mirada y una verdad que eran un lujo para cualquier película.

Son The Hustler (de Rossen), Hombre (de Ritt), Cool Hand Luke (Rosenberg), Veredicto final (Lumet) y El color del dinero (Scorsese). En el western melancólico y brutal Hombre Newman hace de la contención y el hieratismo un ejemplo de expresividad, dándole la vuelta al mito del indio y el vaquero, en uno de los grandes dramas existencialistas del género. En la película de Rosenberg era mucho más que un hombre que se comía cuarenta huevos de una sentada: era el símbolo de la libertad corporeizado. Nadie como él para esa hazaña de hacer creíble al perdedor/ganador, para hacer creíble un guión tan tramposo y otorgarle tanta verdad.

Veredicto final fue otro cantar. Fue el comienzo de su plenitud como rostro de leyenda. Su abogado Frank Galvin mostraba una piedad, una compasión y un sentir el paso del tiempo que horadaba la pantalla más allá de las innegables bondades de un filme excelente. Canoso y con las primeras arrugas, Newman se enfrentaba a una nueva fase de su carrera con gran dignidad y valentía, reteniendo el magnetismo de siempre, pero sumándole el sosiego del que no tiene nada que demostrar y vive la secuencia como la vida misma, más aún.

Poco después se cerró el ciclo que comenzara 25 años antes con la magistral The Hustler. Su Eddie Felson es su personaje más emblemático porque engloba, define y ejemplariza todas sus mayores bondades como actor: su magnetismo a la cámara, su dominio de la fisicidad, su elegancia e inteligencia daban lo mejor de sí para un papel que evolucionaba a lo lardo de dos décadas y media. ¿Qué queda en El color del dinero de la insolencia y el hedonismo del Felson de El buscavidas, de su búsqueda de libertad? En uno de los más apasionantes trabajos de interpretación que se recuerdan, Newman daba cuerpo a un ejercicio estético insuperable, de la mano de dos directores superdotados como Robert Rossen y Martin Scorsese.

Los 90 y sus últimos años ya no fueron como antaño, pues el cine cambia demasiado deprisa y sus leyes se vuelven crueles para muchos. Aún así triunfó en su primera vejez con Nobody's fool, pero su último grandioso papel fue el de Road to Perdition, en el que dio una lección de genio interpretativo.

Como director destacó aunque nunca se consolidó como creador en esa disciplina. La intensa pero algo ingenua Rachel, Rachel precedió a su mejor película, Los efectos de los rayos Ganma sobre las margaritas, con uno de los mejores trabajos de su mujer. Pero nada puede eclipsar su labor como intérprete.

Nada ni nadie. Hasta siempre y gracias, maestro.