Claramente, la película sufre un cambio importante una vez se descubre el flanco desprotegido de la colina que defienden los japoneses. Si hasta ahora todo era un infierno para los norteamericanos, las tornas van a cambiar. Malick se molesta en filmar un plano impresionante: un barrido marcha atrás de seguimiento de la subida del pequeño grupo de soldados, con el sol emergiendo detrás de las nubes. Una vez más su cámara demuestra un gran talento, con unos movimientos de steady perfectos, a ratos veloces, en ocasiones serenos, en claro contraste con lo que están represetando.

Es el soldado Bell (un muy convincente Ben Chaplin) el encargado de echar un ojo en la cresta de la colina, jugándose así la vida. Y es significativo que en el pequeño grupo de soldados esté también Witt (Jim Caviezel), que ahora no es sino un personaje menos que secundario. El hecho de que Bell flirtee con la muerte es una ocasión que aprovecha Malick para hacer regresar las imágenes de él con su mujer. Una vez más, un flash-back o una escena íntima se convierten en algo más: en la representación más nítida posible del interior del personaje

Su mujer esperándole, acariciándole, es una auténtica ensoñación, en la acepción literal de la palabra. Para Bell ese es el paraíso tanto como para Witt fue la isla a la que fue a parar cuando desertó (en esta secuencia es notable el parecido de ambos actores). En sus recuerdos, ella le espera en el agua, y le dice (nueva voz en off) “ven”. De nuevo la imagen del agua y del mar asociadas a la muerte, o al regreso al hogar, o a ambas cosas al mismo tiempo. Bell no muere, y puede guiar a sus compañeros hacia la victoria, ofreciéndose voluntario para atacar ese flanco débil ante el júbilo del teniente coronel Tall, que pide disculpas por no haber podido traer agua (sobran comentarios).

Es tremendamente dramática la situación del capitán Staros, que ve cómo un protegido de Tall, el capitán Gaff (un sobrio y brillante John Cusack, como casi siempre) se va a llevar la gloria. Gaff parece sentir compasión por Staros, pero al capitán griego se le ve en paz. Sin embargo su lucha con Tall no parece tener visos de terminar. El teniente coronel le pregunta cuántos hombres está dispuesto a sacrificar. En este diálogo queda patente una crítica desolada hacia la ceguera de la maquinaria militar, y sus tiránicos procedimientos.

Pero apenas hay tiempo para pensar en eso, porque Witt y Welsh (Sean Penn) regresan a una secuencia compartida, casi una hora después de la última. Y en su diálogo repiten temas y casi palabras del interrogatorio en la celda del barco antes del combate. Lo que suele verse en cine, cuando se trata de describir una relación entre dos personas, no es precisamente que ambas personas intercambien palabras cada hora de metraje, y menos que repitan temas. Aquí se revela la absoluta función poética de todos los personajes (Staros/Tall, Welsh/Witt…) más que una auténtica función utilitarista en favor de una trama. Es la corpoerización de los anhelos y deseos más íntimos de Malick lo que lleva a esculpir estos personajes y sus relaciones abstractas.

Es interesante que tras las palabras de Welsh (“esta guerra va a matarte” que significan algo muy distinto de que terminen pegándole un tiro) Witt participe en la emboscada que acaba inclinando la balanza a favor de los norteamericanos, y que incluso dispare algunos tiros (aunque no acertamos a ver si mata a algún enemigo). No parecía que el joven iluminado del inicio del relato fuera a volver a disparar un arma. En ese sentido es un personaje del que es más importante lo que no se ve, que lo que se ve a simple vista (su divismo existencial, su misticismo interior, su paz, su sosiego, su búsqueda exterior), y que es capaz de ofrecer algo más que una sola cara, más bien como un poliédrico guerrero bondadoso.

Pero todos tienen su propia búsqueda (la mayoría infructuosa), pues Gaff pronto descubre el carácter despiadado de Tall (que ni en la victoria quiere llevar agua a las tropas para no perder el tiempo), convirtiéndose en el nuevo Staros. Es poco menos que increíble cómo Malick consigue otorgar unidad a esta irregular (a propósito) ascenso, con diálogos tan anticlimáticos, con unidades-conflicto tan cerradas en sí mismas, con un acercamiento tan repetitivo al interior de los soldados. Pero así es esta película, y tan pronto el soldado Witt escucha la voz de un soldado japonés muerto como presenciamos el ataque final al campamento japonés (un prodigio de planificación y fotografía).

Y la razón de que Malick haya conseguido dar unidad a este relato es porque las convicciones morales y filosóficas que de él emanan confieren la fuerza expresiva que hace que el conjunto respire y tenga sentido final. En una de las secuencias bélicas más emocionantes y perfectas que se han hecho, la cámara corre libremente siendo testigo del caos y del dolor y el horror que la estupidez de la guerra nos obliga a provocarnos unos a otros. En cierto momento, la cámara deja de ser mera narradora para transformarse en ojo subjetivo: un soldado japonés nos mira directamente, atemorizado, y sube los brazos mientras el operador se abalanza sobre él.

La música de Zimmer, más que dar ritmo, que no lo da, ni de ejercer como simple acompañamiento melancólico, se yergue como portadora del sentido global de la terrible y magistral secuencia, terminando por convertirla en una de las más memorables de todos los tiempos (comenzando por esa apertura entre la niebla, evocadora de la soledad espiritual de los soldados, y terminando por ese cierre desolador con el vencedor arracándole los dientes al vencido. De pronto, se reconoce uno mismo en su total mezquindad, en nuestra total crueldad unos con otros. Malick puede narrar con imágenes bellísimas, y puede ser capaz de observar el mundo con una mirada altamente poética, pero no va a andarse con paños calientes respecto al ser humano: esta película es un ejemplo perfecto de nuestro fracaso como raza, y así queda expuesto en este enfrentamiento feroz y desalmado.

Un regusto ácido nos revuelve el estómago asistiendo a las últimas imágenes del combate (los vencedores como rapiñas, los vencidos masacrados, algunos arracándole los dientes al derrotado), más aún con la voz en off del soldado Traine, que regresa en toda su crudeza:

Esta gran maldad

¿De dónde viene?

¿Cómo se infiltró en el mundo?

¿De qué semilla, de qué raíz creció?

¿Quién es el autor?

¿Quién nos está matando?

Robándonos vida y luz

Burlándose de nosotros con visiones de lo que podríamos haber conocido

¿Se beneficia la Tierra de nuestra ruina?

¿Acaso ayuda a que crezca la hierba o a que brille el sol?

¿Se encuentra esta negrura en tí también?

¿Has atravesado una noche semejante?

Ver: ‘La delgada línea roja’ (VII) - No hay un final