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‘La delgada línea roja’ (IV) – Viaje a lo desconocido

In this world, a man, himself, is nothing. And there ain’t no world but this one. -Sgt. Welsh

Hasta ahora hemos analizado los primeros compases de esta obra maestra. Poco más de 25 minutos en los que hemos conocido el paraíso terrenal, a continuación hemos descendido abruptamente al mundo real, y por último nos hemos adentrado en los deseos y pensamientos de redención y miedo de un grupo de hombres en los momentos anteriores a un desembarco de guerra que puede costarles la vida. Hemos intentado demostrar que nada es por azar en este relato y que hasta la altura de un plano o el corte de un plano a otro tienen un sentido, al contrario que en el cine corriente, donde todo responde a una lógica lineal y preestablecida.

Tras una tensa espera llega el desembarco. La fluidez de la cámara de John Toll (para muchos cinematógrafos, uno de los trabajos más sobresalientes de los últimos tiempos tanto a nivel de cámara como a nivel de iluminación) nos hace partícipes de los instantes en que la tropa, ansiosa y alterada, toma las embarcaciones que les trasladarán a la isla. Si hasta ahora hemos intentado analizar, siempre subjetivamente, lo que Malick dispone en la pantalla, a partir de este momento la experiencia se hace mucho más subjetiva, y mucho más inextricable, por tanto entramos en el mismo terreno en que entran los soldados: un terreno nunca antes visitado por un cineasta.

Si el cine verdaderamente es un arte (y el que escribe estas líneas nunca ha estado seguro), esto se demuestra en los 10 minutos (desde el minuto 25 de metraje hasta el 35) en los que se nos narra cómo los soldados norteamericanos se adentran en la isla. 10 minutos. Y tan rotunda frase no es gratuita. Me explico.

Cualquier otro cineasta puede, más o menos, filmar el mismo material que Malick y más o menos montarlo igual. Pero nunca transmitiría las mismas sensaciones y gozaría de la misma energía. Es más, estoy convencido de que Malick no hace nada extraordinario, aparentemente. Filma lo que filmaría cualquier otro: soldados caminando, naturaleza. Pero es la disposición y, sobre todo, la relación de la que hablábamos en el primer capítulo de este análisis entre las imágenes, la voz en off, la música, el montaje y el ritmo interno de las imágenes lo que lo hace verdaderamente único. No hay complicados movimientos de cámara: la sencillez es ascética. No hay angulaciones extremas. Hay lo que hay, nada más. Malick tiene confianza plena en el cine y mucha más en el espectador

¿Por qué el viaje, se supone muy largo y agotador, de los soldados, hasta llegar a sus posiciones de combate, se antoja una experiencia sensorial, y sobre todo emocional, extrema? Es extremadamente difícil explicar por qué. El primer momento tremendamente expresivo es cuando la columna armada se cruza con un nativo de la isla, un hombre de piel muy negra, casi desnudo, pequeño, con barba gris. El hombre no presta atención a la columna a pesar de que camina en dirección opuesta a ellos, y casi se roza hombro con hombro con varios soldados. Pero no parece verles. Para él, no existen. Ellos le miran con extrañeza, pero nadie hace ni dice nada. ¿Qué iban a decir? ¡Esto es tremendamente expresivo! Una imagen así de explosiva, de indescriptible, es el objetivo de todo cineasta, de todo artista de la imagen. Con gran naturalidad, sin énfasis, Malick crea una efigie del cine.

No hay diálogos en la larga caminata. Pero sí una voz en off, y una música de gran belleza. Los dos elementos se articulan con gran precisión para formar un todo con la imagen. De pronto, la jungla, el bosque, no parece un fondo bonito, sino que es más expresivo que los soldados. La voz en off del soldado Train regresa, y sus palabras parecen hacer volar las imágenes…estamos de acuerdo con él: la vida que vivimos con la pantalla de pronto es algo sobrecogedor:

“Who are you to live in all these many forms?

Your death that captures all

You, too, are the source of all that’s gonna be born

Your glory

Mercy

Peace

Truth

You give calm a spirit

Understanding

Courage

The contented heart”

Estas frases, una prosa lírica, casi poesía, son el marco perfecto, enigmático, a un viaje aterrador de los soldados a lo verdaderamente desconocido, que para ellos es la muerte segura representada por un enemigo que por mucho que anden no encuentran. Es mucho más desesperante esperar eternamente que enfrentarse a la muerte de una maldita vez, por mucho que no estemos preparados para ella. La sucesión de imágenes filmadas con grandes angulares y con movimientos de cámara precisos y suaves y el psicológico tema de Hans Zimmer Journey to the Line hacen el resto.

La columna se detiene frente a dos soldados norteamericanos muertos. Al parecer el enemigo los ha capturado y los ha mutilado. Esto se ha hecho, sobre todo, para minar la moral de la tropa norteamericana. Y a juzgar por rostros como el del soldado Fife (un jovencísimo Adrien Brody, mucho antes de su consagración con la magistral The Pianist, curiosamente dando vida al que en principio iba a ser el protagonista del filme…) los japoneses lo consiguen. En este viaje de diez minutos (que son como diez años para los soldados) esto parece ser para ellos el final más atroz y el más previsible. Pero la caminata continúa.

Finalmente, llegan a las posiciones establecidas y descansan. La naturaleza ha resultado violada por máquinas de guerra, por camiones y estructuras, pero siguen su avance. Allí está nuestro protagonista, Witt, al que curiosamente no hemos visto realizar el largo viaje…Reaparece pero continúan brillando por su ausencia los diálogos. Su voz en off toma ahora el relevo, y nos habla de cómo cada persona busca la salvación por sí misma, cuando todos formamos parte de una gran alma. Hasta aquí, el carácter espiritual de esta película ha quedado completamente confirmado: después del largo viaje, el enfermero-soldado Witt cura a los heridos, reaparece el agua en forma de río donde limpiar las heridas, los soldados heridos no muestran su rostro, son todos el mismo soldado. Con herramientas fílmicas muy austeras y sencillas, Malick demuestra su gran sentido visual y poético.

Pero no sólo sabe hacer eso, una gran batalla se avecina…

Ver: ‘La delgada línea roja’ (V) – ¿La muerte es el final?

Referencias

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