I can take anything you dish out. I am twice the man you are (Puedo soportar cualquier tarea que me encomiende. Soy el doble de hombre que usted)
- Soldado Witt

Concluido un primer bloque introductorio en el paraíso terrenal, pasamos sin ninguna fisura al siguiente, en el que el soldado Witt dejará de ser el protagonista para ceder presencia en pantalla a dos docenas de personajes, de soldados, que aguardan el momento de entrar en combate, a bordo de un buque de guerra. El plano que sirve de puente entre ambos bloques es esa extraña imagen del buque tomada a bastante distancia, cuyo casco aparece negro como la noche, y de duración excesiva.
El primer soldado importante que vamos a conocer es el sargento Welsh, interpretado por Sean Penn. Interroga a Witt (Caviezel) acerca de su deserción, pero parece confraternizar con él, a pesar de que Witt está a la defensiva y se burla de sus métodos. Welsh, desde su primera aparición, se nos presenta como un personaje ambivalente y complejo, pragmático pero compasivo. Algo así como un Witt que haya perdido la fe. En lugar de montarle un consejo de guerra le da una nueva oportunidad a Witt, aunque encomendándole tareas penosas. El diálogo entre ambos termina con una declaración de cada uno de ellos: Welsh no cree que haya otro mundo, Witt asegura haber visto otro.
En su celda, acompañado de su amigo desertor, Witt enciende cerillas y observando su llama es capaz de retrotraerse a momentos fugaces de su infancia, donde reinaba la paz. Parece despedirse de esa paz, al menos de momento, y decidir reintegrarse con sus compañeros para vivir el combate. Es curioso que él sujeta una cerilla encendida, y que en la siguiente secuencia el teniente coronel Tall fuma un cigarrillo.
Por eso, el corte al siguiente plano, aunque parezca el típico corte, desde luego no lo es. Malick es lo suficientemente artista como para emplear hasta algunas pequeñas convenciones narrativas para ofrecer un rango emocional a su historia. De la celda de Witt y su decisión de reintegrarse, una decisión tomada desde lo más hondo (mirando al fuego, antítesis del agua), corte a una imagen de la proa del barco cortando el mar en dos con su avance. El mar, el agua, tiene una importancia capital, una categoría emocional en este relato. De momento el mar, el agua, es decir, la paz, lo espiritual, se ve cortado, invadido por los soldados y la guerra. También podría venir a decir que el estado anímico, espiritual de Witt se va a ver truncado. Y también, dado que Witt desaparece durante todo el bloque, que pasamos página y subimos un peldaño más en la trama.
Todo esto ni es casual ni lo sostenemos con alfileres. Malick abre y cierra la secuencia, dedicada por entero al teniente coronel Tall (un fenomenal Nick Nolte) con sendos planos del barco rompiendo las aguas. Pero son dos planos muy diferentes y sutiles. El primero a ras de mar, con el barco en contrapicado, el segundo desde el punto de alguien que observase lo mismo desde la cubierta del barco, en picado. El primer plano viene inmediatamente después de la decisión de Witt en la celda, el segundo cierra la melancólica secuencia (sobre la que hablaremos a continuación) dedicada al teniente coronel Tall. Habrá quien diga, ingenuamente, que esto es casual, cuando en el arte, sobre todo cuando hablamos de verdaderos aristas, no hay nada por azar. El que de verdad conozca el cine y sepa mirar estará de acuerdo en que ambos planos son poderosas abstracciones visuales que enmarcan el estado anímico, interior, de cada uno de los dos personajes, que son además los dos más antagónicos que conoceremos. Por eso el mismo hecho (el barco avanzando), lo vemos con dos muy diferentes puntos de vista.

La aparición de Nick Nolte hace volar literalmente a la película: por un lado se erige como la tercera voz en off (después de la del soldado desconocido y la de Witt) estableciendo un tono coral, y por otro sumerge la película en un tono sombrío y existencialista que ya no abandonará a esta historia. Antes incluso que hablar ya piensa, atormentado: “me he roto el culo trabajando”.
Es un ser abyecto y ambicioso que ha pedido ir a la guerra (dada su madurez) para ganar los galones que nunca tuvo la oportunidad de conseguir. Su testadurez y falta de escrúpulos a la hora de conseguir lo que él considera la gloria (qué diferente a la Gloria de Witt) son el verdadero motor de la tragedia y el dolor que se avecinan. Algo admite ante sí mismo, si bien sus pensamientos adolecen de una clara dispersión: “le he lamido el culo a los generales…me he arrodillado, por ellos, por mi familia…mi hogar”. Es claramente un ser que se ha traicionado a sí mismo y cuya salvación es absolutamente imposible.
Nolte está excepcional bailándole el agua a un convincente John Travolta (general Quintard), riéndole sus gracias mientras en la mirada se advierte una clarísima desesperación y un desprecio a sí mismo y a lo que le rodea. La secuencia se ve remarcada por la iluminación, basada en un sol ya declinante, que ilumina de lado a los actores con una suave y triste luz amarilla, amenazante. Al menos el teniente coronel, que ya avisa que está dispuesto a cualquier cosa para tomar la isla, es capaz de confesarse a sí mismo, con una susurrante, sincera e inquietante voz en off: “cuánto hubiera dado por amor”. Será uno de los personajes que no encontrará su redención en esta historia. Si cabe, perderá aún más humanidad.
Después de esta larga secuencia en cubierta, llega el interesantísimo momento de los soldados esperando el momento en las entrañas del buque, desesperándose muchos de ellos. La inquietud y la tensión que Malick aporta a esta secuencia de espera es sencillamente indescriptible, como una nota sostenida al límite. Conocemos por fin al soldado Train, cuya voz en off regresará, aunque su rostro poco protagonismo va a tener, demostrando la singularidad de la representación de Malick. De su boca no oiremos más que miedo y lugares comunes respecto a la muerte y a Dios…pero curiosamente su voz en off se revela tremendamente profunda y existencialista, despertando, como veremos, gran sensibilidad en el espectador. ¿Quiere decir Malick con esto, y con el personaje de Nolte, que para nosotros mismos a menudo somos más profundos e inquisitivos? Probablemente sí.
Del grupo de soldados que nos van introduciendo, los más sosegados son el capitán Staros (un gran Elias Koteas) y el sargento Welsh. En la primera imagen que vemos del capitán ya está observando con compasión a sus soldados, lo que va a marcar toda su presencia en la película. Una cuarta voz en off, la de Ben Chaplin (soldado Bell) se oirá antes del desembarco, hablándole a su bella mujer (una guapa Miranda Otto, por entonces desconocida) en una nueva imagen mental: la del soldado Bell en su hogar al lado de ella. Con sus palabras flotando, comienza el desembarco.
Hasta aquí la introducción (paraíso terrenal/espera angustiosa) antes del viaje a lo desconocido. Como vemos, Malick ha desplegado sus cartas con maestría, estableciendo un tono melancólico y existencialista, presentando con gran sensibilidad a los personajes, narrando con una originalidad y una personalidad fuera de duda. Ahora, un director corriente podría dar un gatillazo. Pero el relato va a seguir subiendo, y el siguiente bloque alcanza lo inimaginable…










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