

En el complejo panorama del cine español, esa identidad artística tan dubitativa como incoherente y cainita, se podrían establecer muchas jerarquías entre los directores. Los hay humildes y trabajadores, aunque impersonales (Miguel Albaladejo, p.e.), los hay de fuste y de géneros, aunque pocos (Enrique Urbizu, p.e.), también falsos artistillas progres (Julio Medem), consagrados a su bola (Pedro Almodóvar), ambiciosos astutos (Amenábar), y todo un rosario de personalidades y ópticas cinematográficas que conforman este amorfo mundo que es el cine español.
Pero hay un nombre que está al margen de todos ellos, y que aún así es tan famoso como el más popular de los jóvenes y tan independiente como los más meritorios consagrados: Jose Luis Garci. Un verdadero rara avis. Un director que hace más de dos décadas que no tiene un verdadero éxito, al que sólo pequeños sectores de la crítica y el público le interesan, con un grupo de actores habitual cuya popularidad es menos que cero en el cine nacional e internacional de hoy mismo, y cuyos temas obsesivos nunca han estado en vigencia, por mucho que él crea que sí. Y es que Garci lleva mucho tiempo viviendo en su realidad alternativa.
Una cosa es que un director tenga su propio mundo, que es el que expresa en sus creaciones, pero otra muy distinta es que viva en ese mundo, y que este le resulte tan extraño como a nosotros el suyo. Porque un artista tiene la obligación (de hecho, eso es un verdadero artista) de hablar de este mundo, de las personas que hay en él, de lo que le hacen sentir, de su punto de vista sobre él. ¿De qué va a hablar sino? Cómo lo haga, eso es asunto suyo. A lo mejor para hacerlo tiene que crear un mundo con magos y dragones, pero las pulsiones, las razones, los motivos de sus personajes se nos tienen que antojar humanos, tenemos que empatizar, que identificarnos (ese soy yo), de otra manera se antoja un esfuerzo improductivo.
Garci, sobre todo en la segunda parte de su carrera, cree que ese mundo suyo es este mundo, o como debería ser, o como era. Y cree que los seres que lo habitan se nos parecen. Es decir, es un director incapaz de conocer al ser humano, por mucho que lo crea. Y eso no es un director de cine, al que se le supone capacidad de observación.
Resulta difícil imaginar que un cineasta tan automarginado del mundo y tan poco influyente en cualquier disciplina goce de esta libertad por ser el primer español en ganar un Oscar a la mejor película en habla no inglesa (por una de sus películas más horrendas, porque sólo de horrenda se puede considerar Volver a empezar, obra magna de lo más rancio de la llamada tercera vía) y por haber construido un auténtico referente generacional con Asignatura pendiente (la más sincera y personal de sus películas). Y parece tentador imaginar que gran parte de su libertad se la han otorgado sus amistades y relaciones políticas (con la derecha más conservadora) y su habilidad a la hora de ganarse el favor de lo más reaccionario del público y de profesionales que le otorgan su crédito, lo que es meritorio y dice mucho de su capacidad de arrastre, al menos entre cierto tipo de gente.
Para Garci el cine no es un modo de expresión visual y sonoro, sino literario. Escritor tempranero y compulsivo, aficionado a la ficción científica y al teatro, desde un principio quiso elaborar una carrera que homenajeara sin empacho el cine clásico (entendido este término como lo que abarca el cine norteamericano de la segunda mitad de los años 40 y la década de los 50) que tanto le había hecho soñar de pequeño. El problema no es esto, sino lo que él entiende por cine clásico: una puesta en escena que niega la capacidad de la dirección cinematográfica para desarrollar este arte, consistente en planos generales y plano/contra-plano; una dirección de actores descaradamente teatral y obvia; un discurso bienintencioando que revela un profundo conservadurismo ideológico y cultural; y una ñoñería irrisoria que confunde melancolía con sentimentalismo, profundidad con pedantería.
Según él su Oscar “despertó una retahíla de envidias”. No sé si esto es cierto. Lo que sé es que no existe plano más exhibicionista, tendencioso y vergonzante que ese final de Canción de cuna, en el que las monjas y el doctor interpretado por Alfredo Landa se miran un buen rato con ojos llenos de amor. No hay mayor mentira que asumir que el amor es una realidad universal, en este mundo que es una cloaca, pero a Garci eso le da igual. Para él el franquismo era un paseo cómico (TíoVivo c.1950) y los proletarios unos chupasangres que le hacen la vida imposible a los burgueses (El abuelo).
Pero da igual, en esta España vergonzosa y sectaria no tenemos a nadie más que a Garci para mandar películas a los Oscar. Daría para una novela la trama que explica cómo este hombre consigue que se manden sus películas, cada una que hace, a representarnos (o al menos preseleccionada) a estos premios estúpidos pero tan seguidos en todo el mundo. Pero aquí siempre hemos tenido lo que nos merecíamos (como en cualquier otra parte del mundo, claro está), y no podemos quejarnos de la escasa relevancia de nuestro cine si elegimos para representarnos una película tan arcaica y teatrera, tan poco cinética, como Luz de domingo.
Porque el cine para Garci no se desarrolla, no avanza. No es un arte autónomo, sino una mera transcripción literaria a imágenes. La profundidad de campo se ve compensada por la “nobleza” de sus objetivos de cámara, y lo fingido de sus actores por la “tradición” de la profesión teatral. Su guionista Horacio Valcárcel, a quien tuve la (des)gracia de conocer, no es un guionista, es un mero autor teatral al que le gusta el cine. La asiduidad en su filmografía del gran Alfredo Landa parece una compensación humana y sobria a tanto despilfarro teatrero, pero al final Landa se ve afectado por la ceguera psicológica de Garci. Se salva El crack, un policíaco bastante digno que ha envejecido terriblemente mal y que da una idea de lo que para Garci es cine de género: clichés y estilo televisivo…
Pero él es feliz, satisfecho, alelado de sí mismo. No me van a creer los lectores, pero en cierta ocasión en que yo trabajaba de camarero en una famosa cafetería madrileña (hay que comer…) apareció Garci al fondo todo sobrado y le gritó a un camarero lo que quería tomar (mi compañero estaba a diez metros de él y a treinta metros de mí, como él). Yo rezaba porque no se sentara frente a mí, pero lo hizo, y se me quedó mirando. Luego se enfadó, y me advirtió que ya había pedido y que estaba esperando, aunque yo no me enteré de lo que le gritó al camarero. Tuvo que repetirlo y por fin le serví, sin ningún tipo de animosidad.
Eso es el cine de Garci. Por muy alto que grite…nadie se entera de lo que quiere.
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A mi precisamente Garci me parece un maestro en lo suyo, puede gustar o no (a la mayoría de la gente NO le gusta) pero no se puede negar la maestría con q maneja los actores, elige la fotografía o lo cuidado de sus guiones
Otra cosa es q parezca cursi, pedante, q sus historias no interesen…Eso es distinto.
Nunca Bódalo -por otra parte, un actor bastante mediocre-, ni Ferrandis -ídem- fueron mejores actores q en “Volver a Empezar”.
La secuencia de los dos amigos en el despacho es, sin ninguna duda, una de las mejores rodadas en el cine español.
Garci contó en un programa de radio (A3), y a raíz de la muerte de Bodalo, cómo se rodó esa escena; parece ser q dada la dificultad de la misma Bodalo pidió un tiempo a solas en su camerino para “entrar en situación”, transcurrida una hora mas o menos, salió y dijo q ya estaba listo…. La secuencia se rodó en una toma y al final de la misma y sin ponerse de acuerdo, todo el equipo de rodaje rompió en aplausos.
Reconozco q la última época de Garci (exceptuando “el Abuelo”) no me interesa demasiado, pero hasta “Asignatura Aprobada” (“Sesion continua” y “Las verdes Praderas” flojean un poco) tiene una filmografía notable.