En la década de los 60 la industria de Hollywood toca fondo. El divorcio entre el público y la supuesta fábrica de sueños es total. Mientras las calles arden al grito de la contracultura (lucha anti segregacionista, manifestaciones contra la guerra de Vietnam, reivindicación de los derechos de gays y lesbianas,…) Hoollywood estrena superproducciones como Cleopatra. Atrás queda la época dorada y nada vaticina un cambio a corto plazo. Pero ocurre el milagro.
Bonnie and Clyde se estrena en 1967 de forma ruidosa e irreverente. Es una película violenta y joven que refleja la rebeldía presente. Hoollywood arquea escéptico una ceja desde su mohoso y envejecido trono. Un par de años después aparece como un terremoto salido de no se sabe donde Easy Rider, rodada sin guión por una pandilla de hippies con apenas un puñado de dolares en el bolsillo. Denis Hopper y Peter Fonda conectan de lleno con los jóvenes, que vuelven en tropel al cine. Hoollywood casi se cae de espaldas porque no entiende que narices está pasando. Tal vez sea el momento de mover ficha.
Paramount cambia la estrategia dominante en los estudios y centra sus esfuerzos en menos títulos al año pero de más calidad y ofrece la dirección del Padrino, su buque insignia a principios de los 70, a un joven director, Francis Fod Coppola. El éxito de crítica y público respaldan la apuesta. Ese es el camino a seguir se dice Hoollywood.
En un arriesgado movimiento la industria abre sus puertas para que entren en tropel los amiguetes de Coppola, una pandilla de jóvenes directores, muchos de ellos amamantados en la escuela de la vida que es rodar con Roger Corman (producciones de películas de serie B, cine de género, rodajes rápidos, bajo presupuesto, frescura, ritmo, ¡un, dos, tres acción!), que ponen patas arriba los antiguos conceptos. Los nombres: Lucas, Spielberg, Scorsese, Bogdanovich, De Palma… Hollywood sonríe mientras renueva tranquilo la tapicería de su trono. Vuelven los años de bonanza.
