En la primera década del siglo XX Edison, el famoso inventor norteamericano, es un poderoso empresario con sus ojos puestos en el naciente cine. Se ha hecho con numerosas patentes que tienen asfixiadas a las pequeñas compañías y distribuidoras cinematográficas. El apoyo del gobierno y del fabricante de celuloide George Eastman así como como la obligación de los pagos por la utilización de dichas patentes, que muchas veces se realizan literalmente a punta de pistola, hacen que comience una migración desde la capital del cine que es Nueva York a la costa oeste americana.

Así, pequeños estudios como Universal empiezan a asentarse en California. Se sienten seguros al estar cerca de la frontera de México porque es fácil escapar si aparecen los pistoleros de Edison, además el celuloide de la época necesita de mucha luz para impresionarse y el clima del lugar permite rodar durante más horas al día y durante más días al año. De esta manera y bajo un cartel publicitario que hay en la zona que reza HOLLYWOODLAND comienza a gestarse la que será conocida como la meca del cine.

Entre los estrenos de los últimos años hemos podido ver Hollywoodland, que relata un negro episodio ocurrido a finales de los 50, la muerte en extrañas circunstancias de George Reeves, popular por su interpretación serializada de las aventuras de Superman. Pero si hay una película que refleja la época que hemos retratado y el atosigamiento que ejercía Edison esa es The Prestige (El truco final en España), de nuestro admirado caballero oscuro Christopher Nolan y que además oculta bajo su contexto histórico una curiosa historia que revela el nacimiento de la silla eléctrica, pero ya hablaremos de ello en otra de las crónicas de Babilonia.