You’re greek, aren’t you, captain? Do you ever read Homer? We read Homer at the Point. In Greek.

-Teniente Coronel Tall

Hasta ahora hemos hablado de los conceptos filosóficos y existencialistas, místicos casi, desarrollados con tanta brillantez y exquisitez en la primera media hora de esta película. Llega la hora de la verdad. La gran batalla para tomar la colina que lleva al aeródromo. Lo habíamos dejado con el soldado Witt ayudando (limpiando…) a los heridos, con esa imagen del agua como sanadora de lo físico/espiritual. A partir de este momento el agua tendrá mucha menos presencia pero mucha más importancia.

No es posible flanquear la colina, por lo que han de tomarla de frente. Es lo que ordena el teniente coronel Tall. El capitán Staros parece disconforme, pero lo único que dice es que necesitan agua, pues algunos de los soldados están desmayándose a causa de su carencia. Por supuesto el coronel no piensa molestarse en llevar agua. Que cada uno saque las conclusiones de esta metáfora. Pero de nuevo toca la espera, otra espera angustiosa, tras los preparativos del capitán Staros (fenomenal esa cámara ¿subjetiva? que a ras de suelo, gracias a un empleo fenomenal de la grúa Akela, parece al mismo tiempo una advertencia de que no deben subir, como el subconsciente de los soldados, sabiendo que ese puede ser su último paseo), varios planos majestuosos que dan cuenta del acercamiento del anochecer. Finalmente, en una secuencia sólo iluminada por una hoguera, el capitán Staros reza.

Lo interesante de su rezo son dos cosas: primero que no parece rezar por sí mismo, sino por sus hombres (y aquí comienza un conflicto que deberá enfrentarle con sus superiores), segundo porque tal y como han montado los planos, parece algo mucho más poderoso. Veamos. El plano anterior es Staros de pie, anocheciendo, observando el panorama. De ahí hay un encadenado a él mismo rezando en la oscuridad. Bien pareciera que lo que estamos viendo no es otra cosa que una representación de su estado interior, ahí de pie. Esta forma de montar da pie a estas sensaciones tan intensamente psicológicas, anímicas, que introducen al espectador en un territorio de alto voltaje emocional. Puede que parezca exagerado, pero lo que venimos a afirmar es que mientras otros directores no disciernen entre usar un corte o un encadenado, un artista como Malick lo emplea siempre con un sentido, con una intención.

Un bombardeo masivo, pero inofensivo, lanzado para animar a los soldados estadounidenses, es la apertura del combate. Desde un principio, Malick demuestra su maestría en la acotación del campo de batalla. El eje es de izquierda a derecha, esto es, los soldados americanos se mueven y miran siempre de izquierda a derecha de cuadro. Una maravillosa grúa sigue a menudo a los soldados, en estos primeros compases, rozando con la lente la baja vegetación (y la vegetación y la naturaleza continuamente parecen rodear, abrazar a los actores), ofreciendo una sensación de inmediatez asombrosa.

El ataque es una masacre, los soldados avanzan a un matadero de bombas y tiros, como si los japoneses tirasen en una feria. El capitán Staros se da cuenta de que el plan del coronel es sacrificar a cuantos soldados haga falta con tal de tomar la colina, en una empresa suicida. Tall es un militar de carrera que quiere la gloria a cualquier precio. Un soldado roza una hoja y esta se cierra, un huevo eclosiona en un hueco y el pájaro recién nacido se arrastra por el barro. Independientemente de la destrucción, la naturaleza sigue ahí, con unas normas que para los soldados parecen vetadas.

Una nueva voz en off hace aparición, la de un soldado sin apenas protagonismo que dispara y mata a un japonés. Aunque no deja de emitir palabras de contento, su voz en off le desmiente: se siente tremendamente culpable por ello, pero nadie puede culparle dice, aunque es peor que una violación.

En todo momento la cámara de John Toll hace gala de un dinamismo francamente increíble, operando muy cerca de los actores y moviéndose a gran velocidad, pero sin barridos en vacío, en torno a los soldados que corren y mueren. La sensación de vivir algo verdadero no nos abandona nunca. El sargento Keck (Woody Harrelson) se vuela su propio culo echando mano de la granada y quedándose sólo con la hebilla. Witt, que ha pedido permiso para reincorporarse al combate (en una decisión extraña…) es el que habla con él en los últimos momentos de vida del sargento. Sonríe de compasión cuando muere, mientras otros tienen miedo del mismo cadáver del que fue su sargento…

Pero la masacre continúa. Socorriendo a un soldado moribundo, el sargento Welsh (Sean Penn) se juega la vida, realizando un acto heróico, pero cuando Staros quiere recomendarle para la estrella de plata, el sargento le amenaza con renunciar y dejarle al mando de ese desastre. Y el capitán Staros decide enfrentarse, en una secuencia terrible, al coronel Tall. No sacrificará más hombres. El coronel se pone furioso, pues quiere que Staros utilice a todos los hombres disponibles como refuerzo. Aquí comienza uno de los motivos más importantes de la película: sencillamente la lucha del que tiene corazón contra los que no lo tienen.

Nolte es una fuerza de la naturaleza presionando a Staros por radio, con el rostro enrojecido, las venas prominentes y la voz que parece un rugido. Staros, Elias Koteas, mantiene el tipo como puede, pero no cede. Intenta hacer cambiar de opinión a su superior, pero es imposible. Finalmente tiene que negarse a acatar la orden del coronel, pues no quiere que todos sus hombres mueran. Lo que Malick viene a contar no es sólo que antes que morir por una orden absurda algunos hombres se rebelan (gesto tremendamente antimilitarista), sino que hay personas, algunas pocas, como el capitán Staros, que se preocupan por otros. Staros es el héroe de esta historia, y no precisamente por tomar una posición enemiga.

Hasta aquí la primera parte de la batalla. Terrence Malick se sitúa al lado de los más grandes narradores bélicos (después de una personalísima primera media hora), narrando la ascensión a la terrible colina de Guadalcanal, dejando palpable que puede ser místico y al mismo tiempo muy físico, 40 minutos de brutal cine bélico: la muerte ha tomado posesión de la película, haciéndonos sentirla muy cerca. La segunda parte de la batalla continuará la línea, pero lo que narre será muy diferente.

Ver: ‘La delgada línea roja’ (VI) - Atravesar el fuego