Una joven estudiante norteamericana indaga para su tesis sobre un suceso que la tiene obsesionada: dos hombres coinciden por internet. Ambos tienen necesidades complementarias. Uno necesita comer, y el otro necesita que lo coman. Un caníbal y una víctima voluntaria.
Tamizando con la lente de la ficción un poco lo hechos, estamos ante el caso real del caníbal de Rohtenburg, como finalmente se llama la película en España, un suceso de la Alemania reciente que conmoncionó a Europa entera y que no hace otra cosa que subrayar el submundo de deseos que yace por debajo de la fina capa de normalidad que cruzamos por las calles todos los días.
Así de primeras, estos dos personajes quedan tan sumamente alejados de nuestro entendimiento, de nuestra forma de ver la vida, que acudir a la simple explicación de que están locos, para después proceder a un montaje sincopado de escenas donde abundasen sangre y efectos sonoros de corte con cuchillos del 25, de caras desencajadas por vicio y risas de villano de cómic, hubiera sido la elección por defecto.
En cambio Grimm Love es una película lenta, de desarrollo de ambientes y personajes, donde todo lleva de forma inevitable a su terrible final. En esta película no se abusa del chantaje emocional a base de música o frases de manual de género. La cinta de Martin Weisz, quien después se dio un ligero traspiés con la Fox y El retorno de los malditos (juas), habla de soledades extremas, sobre la misión en la vida, nuestro lugar en el mundo e instintos tan sumamente arraigados en el alma que, potenciados por el tiempo y el silencio, terminan haciéndose terroríficamente finales. Habla sobre el monstruo que subyace en cada uno de nosotros, y sobre alguno que otro que logra escapar.
La película resulta brutal y demoledora, asfixiante en su factura y desagradable por su sinceridad. Por ello, hay que ir con el estómago blindado y sabiendo a qué atenerse. Esto no es La Matanza de Texas, ni El Silencio de los Corderos. En todo caso, esto sería más El Hundimiento.
El reparto, consciente de la delicadeza del material, luce en su cuidado. Especialmente destacable es el papel de Thomas Hubert, el voluntario a ser devorado, a ser parte de algo o de alguien tan profundamente, de forma tan intrínseca, que sólo a través de los dientes de otra persona podrá quedar en paz.
Hay que advertir que es una película no especialmente rápida, opresiva y, según a quién se le pregunte, excesivamente morbosa, aunque en mi humilde opinión no es el objetivo de todo el asunto. Es cierto que su estreno en Alemania se canceló por petición expresa, y vía judicial, del auténtico caníbal de Rohtenburg, Armin Meiwes (quien, como el resto de personajes, tiene cambiado el nombre en el film). Según el juez instructor tenían más peso sus derechos individuales que la libertad artística, y por tanto no era justo ser objeto de una película de terror, aunque finalmente esta cinta no sea de terror, ni gore, ni muchísimo menos fantástica.
Tendrán que verla y horrorizarse, para bien o para mal, que las opiniones no suelen encontrar un término medio con esta cinta. Supongo que una historia tan visceral no puede producir otra cosa que reacciones viscerales.
PUNTUACIÓN: 7.5 / 10
LO MEJOR: la falta de histrionismos de la historia. El enfoque humano del monstruo.
LO PEOR: la historia que supuestamente conduce la película, la de la estudiante norteamericana investigando para su tesis, queda gravemente perjudicada en comparación con la brutal relación del caníbal y su voluntario. Vamos, que al final la otra queda en mera anécdota.
EL MOMENTO: La cena, por supuesto, es el plato fuerte en la comida de éste día.

