En 2001 un tipo llamado Michael Bay decidió que ya estaba bien de dedicarse a dirigir blockbusters sin prestigio (una ristra de idioteces formada por Bad Boys, The Rock, Armaggedon) y se propuso realizar uno que no sólo diera muchos dólares, sino que le ratificara como gran cineasta. El resultado fue su idiotez más grandiosa.

Pero no sólo porque Pearl Harbor sea el colmo de lo que no es cine y nunca lo será, sino por que sus 200 millones de dólares de presupuesto son una burrada de billetes destinados a reblandecer sin el menor gusto el cerebro del espectador. Hace pocos días tuve la desgracia de toparme con ella en un canal por cable. Me dije: “oye, igual no era tan mala”. Y me arrepentí de los 15 minutos de basura que me tragué. No es que sea mala. Es que directamente es un agujero hediondo (estética, narrativa, moralmente) en lo más profundo de la cloaca del arte de los últimos siglos.

El 7 de diciembre de 1941, con el mundo entero criticando a EEUU por no participar en la II Guerra Mundial, los japoneses decidieron atacar la flota estadounidense, con el objetivo de destruir lo máximo posible sus buques y así ocupar las colonias del sudeste de Asia. El resultado fueron casi 2.500 militares norteamericanos muertos y una gran herida histórica para el orgulloso país que cree dominar el mundo.

De modo que Bay y Bruckheimer lo vieron fácil. Una gran tragedia bélica que hacía muchos años (desde la maravillosa Tora! Tora! Tora!) no había tenido una película emblemática. Y si el insigne James Cameron había ganado 11 Oscars y 1.800 millones de dólares en todo el mundo con su extraordinaria Titanic, pues él, Michael Bay, podía hacerlo todavía mejor con una epopeya melodramática que incluiría una historia de amor, como en aquélla, y la superaría en espectacularidad.

Pero la realidad es muy otra: James Cameron es uno de los mayores cineastas de la historia, y Michael Bay uno de los directores menos talentosos de la historia. Y eso se ve reflejado en la pantalla desde el primer plano. Da vergüenza ajena pensar que los responsables de esta patraña pensaran que a lo mejor arrasaban en los premios Oscar (en los que ganó en montaje de sonido), y es que ni siquiera fue el éxito de público que esperaban.

Estoy revisando su ficha…¡3 horas y 3 minutos es su duración! A mí me parecieron cuatro horas largas de aburrimiento soberano. Pues si una película no posee el menor rango estético, al menos no debería aburrir. Ni siquiera las risas maliciosas que despiertan sus secuencias de amor le hacen pasar a uno un rato ameno. Y aún hay personas que la defienden, aunque nunca me han dado argumentos para defenderla, salvo un “qué sonido más maravilloso”.

Bay regresa aquí a sus planos ralentizados a modo de anuncio publicitario, y añade a eso un tono pastel más dulzón imposible y más patriotero imposible. Pero más que patriotero, fascista. Pobres soldados norteamericanos. Sin duda, lo que hicieron los japoneses fue una salvajada, impropia de seres racionales. Pero los americanos respondieron con otro bombardeo, con el exterminio de pueblos enteros de Japón y, finalmente, con la bomba nuclear, que es uno de los actos más crueles de toda la historia de la humanidad. Pero…¡pobres soldados norteamericanos!

Lo cierto es que sí se temía un ataque por la costa oeste norteamericana por parte de los nipones, y si no hicieron nada al respecto fue porque por aquel entonces creían que los japoneses eran incapaces de hacerles daño (y tanto daño no le hicieron a su flota, finalmente…). Ahora bien, en la película que malos son los japos y qué entrañables y dolientes y guapos son los yankis. Durante más de una hora asistimos al desastre con imágenes en cámara lenta y con un regodeo salvaje en los muertos y el dolor. Pobre ejército norteamericano…

El guión de Randall Wallace, responsable del guión de la digna Braveheart y de la espantosa The Man in the Iron Mask lo habría escrito cualquier adolescente semianalfabeto, Ben Affleck nunca estuvo peor en toda su vida, Beckinsale ni siquiera sale guapa, y el trío amoroso entre ellos dos y Hartnett da para un anuncio de Coca-Cola (marca que se anuncia una y otra vez en la película).

Sorprende que este rancio y estúpido desquite de tan terrible drama sea defendido por gente de otros países (no mucha, por suerte), que al parecer está de acuerdo en la apología de la superioridad yanqui que significa esta película.