Cuantas más veces penetra uno en el misterio de El Espejo, esculpida en 1974 por el poeta Andrei Tarkosvki, más sencillo resulta adentrarse en los serpenteantes e inesperados meandros de un relato denso y agotador; pero más difícil resulta mirarse en el espejo que es la película, pues la inquietud y la violenta melancolía conque están construidas sus imágenes no decrece a cada nuevo visionado, sino que se acrecienta y se apodera de la mente y la memoria del espectador.

No hay en ella el más leve atisbo de facilidad para con el espectador, pues Tarkovski le tenía en tan alta estima que no temía aburrirle, ni desesperarle, ni pedirle el máximo esfuerzo a la hora de colaborar con el director en la creación de la película. Baste la asombrosa secuencia (para muchos, una de las más impresionantes que se han hecho) que ponemos al alcance del lector al inicio de estas líneas, para dar una idea del alcance de este enigma que es El espejo.

¿Cómo construir una película sin tema, sin mensaje, sin trama? ¿Cómo darle vida sin un protagonista, o mejor dicho, sin un protagonista visible, corporeizado? ¿Cómo comenzar por el final y terminar por el principio? ¿Cómo desdeñar el clímax, el ritmo externo, la lógica causal? En su cuarta realización, Tarkovski se propuso hacer realidad esos imponderables, presentes en el cine narrativo y convencional, dispuesto a dinamitar leyes que para él enmudecen y achatan la capacidad del cine para retratar la vida en dimensiones que no existen en la realidad.

El espejo es una película que resiste cualquier intento de definición al uso, de crítica fácil con ideas estereotipadas sobre el cine y sobre el arte, de esas que tanto abundan en la prensa escrita y en las páginas de internet. No tiene miedo de ser tal cual es, aún a riesgo de provocar un rechazo absoluto, como ha sucedido a menudo con ella. Pero, ¿qué es El Espejo? Resulta todo un desafío escribir sobre ella. El Espejo es un sueño, un recuerdo, un eco, un ansia de belleza absoluta, de rozar con los dedos la eternidad.

Construida en torno a una serie de episodios visualmente independientes, pero unidos por los lazos que los personajes establecen entre ellos, no disponemos en la película más que de una abstracta estructura que amenaza en un primer acercamiento a cualquier cliché narrativo, pero que a poco que el espectador preste la debida atención se revela una nítida colección de recuerdos, paisajes, diálogos tumultuosos, sueños envolventes…Y no hay nada más. Así, Tarkovski es el verdadero protagonista de la película: sus deseos, sus obsesiones, su sentido de culpa…todo ello es el alma de la película.

Y es que la película se antoja como algo completamente real, como un intento desesperado de comunicación universal de las emociones y los sentimientos que a todos nos unen. Nada más y nada menos. En ocasiones, la poesía de Arseni Tarkovski, padre del director, otorga un cariz existencial, casi metafísico, a las hipnóticas imágenes carentes de énfasis, de manierismo y de divismo.

Y si el alma de la película es el agitado y atormentado mundo interior del director, su corazón es la bella y magnífica intérprete Margarita Terekhova, que aquí vuela hacia niveles insuperables de representación y expresión física, dotando al personaje de la madre/mujer del protagonista de una belleza y una verdad literalmente indescriptibles. Su papel es dificilísimo, y ella lo hace fácil, aparentemente. El plano a cámara lenta, irrepetible, en el que el niño abre la puerta y ella se encuentra arrodillada preparando algo para comer es la imagen absoluta de la Mujer, de la Madre, auténtico motivo sentimental (la culpa que sentía Tarkovski por no haber querido demasiado a los suyos…)de esta obra de arte: es una declaración de amor.

Hoy día, un cine de esta altura y riesgo estéticos, está casi desaparecido, y la labor de buscarlo y otorgarle su mérito es casi obligada para cualquier persona que conozca y ame el cine.