¡Chaplin vive!

Tenía razón Antonio Toca, tampoco recuerdo ahora dónde se lo leí, cuando afirmaba que Wall-E era como un Chaplin del siglo XXI. El personaje central de la nueva apuesta (esta sí, arriesgadísima) de Pixar, es un entrañable androide que se gana el corazón de los espectadores sin apenas esfuerzo y en los primeros cinco minutos, después de los cuales le hemos visto en un día más de su rutina de limpiador del estercolero en que ha quedado la Tierra dentro de 100 años, como un solitario profesional al que nadie le reconoce su labor. ¿Cuánta gente no se va a ver identificada con él, y de casi cualquier edad y profesión?

Dos armas son los máximos exponentes de esta joya: su perfecto, ingeniosísimo guión, y su realización, una muestra de exhibicionismo técnico. Nada aporta a la Sci-Fi, si bien es un buen exponente de ella, no hay en ella nada especialmente original o destacable en cuanto a su argumento (los homenajes, citas, guiños, plagios y referencias son numerosos), no existe el menor divismo ni énfasis en su puesta en escena, y sin embargo este Wall-E se le queda a uno grabado en la retina, quizá porque emplea con talento y sin complejos los viejos resortes del cine de Chaplin en la caracterización del androide.

Resulta impresionante su endiablado conocimiento de los resortes emocionales del espectador, al que aprieta las tuercas (nunca mejor dicho) cuando y como quiere, empleando trampas visibles pero nobles, en un discurso indisimulado y sincero sobre la ecología, la amistad y los sentimientos (maldita plaga Disney, algún día Pixar se librará de ellos), y en una buena crítica a la pereza y suciedad del ser humano. Ahí es nada.

El núcleo más valioso de la película es su primera y muy meritoria media hora, una joya casi muda, de ritmo y planificación asombrosos de lo medidos y elaborados que están, para luego dispararse hacia una segunda parte cada vez más frenética en la que poco importan los trucos (muy trabajados, eso sí) de guión. Un guión ingenioso, nunca predecible, bien armado, al que da vida un CGI poco menos que sobrenatural.

La forma en que el montaje encadena los encuadres y construye una puesta en escena invisible pero eficacísima es digna de aplauso. Da la impresión de que ningún plano, ningún sonido sobra. Y en lo segundo es el principal artífice el insigne Ben Burtt, un genio del sonido responsable de muchas películas de Spielberg y de la saga de Star Wars, que aquí presta su gran talento y experiencia en la aportación de una banda de sonido de una riqueza, expresividad y detallismo que podría ser la más perfecta escuchada en años.

Da igual que una vez más Thomas Newman nos manipule con otro de sus palimpsestos, o que hayamos visto el mismo discurso unas cuantas veces. No puede uno por menos de arrodillarse y gozar y pedir más ante un espectáculo audio-visual tan perfecto como este. Porque sublime es la realización de esta película, un artefacto de perfección absoluta, casi pareciera creado por una máquina con corazón.