
Un “point break” es un rompiente especialmente codiciado por los surfistas, como un santuario, su hogar. En la cerrada subcultura de estos cabalgadores, los rompientes pertenecen a menudo a clanes, a grupos casi ancestrales, y para poder acceder a uno de ellos y surfear en sus anheladas olas, a menudo es imprescindible pertenecer al grupo. Como título para una película está mucho mejor que el español ‘Le llaman Bodhi’, que es todo lo que se les ocurrió para cambiar esta expresión surfista.
No sólo es interesante por eso. Con las múltiples interpretaciones que a menudo se les pueden atribuir a las expresiones inglesas, point break es un término que se adapta como un guante a la historia de esta película, que es sonoro y ambiguo. Porque Point Break, dentro de su comercialidad, de su obviedad, es un relato casi abstracto, de profunda espiritualidad dentro de su externa y contundente fisicidad. Casi un viaje de iluminación, de descubrimiento no ya de los propios límites, sino de que estos no existen.
Y lo de iluminación comienza por el mismo nombre del villano, Bodhi, interpretado con adecuado misticismo de opereta por el recientemente resucitado Patrick Swayze. Su nombre proviene de Bodhisattva, término budista que se refiere a la búsqueda de la iluminación. Él ejercerá de maestro de ceremonias en la peripecia transformadora que sufrirá Johnny Utah, interpretado con convicción por el siempre limitado de recursos Keanu Reeves. En un primer nivel será su presa criminal, en un segundo su maestro para aprender a surfear, y en un tercer nivel el compañero que le empujará más allá de los límites.
Utah es un arribista, un agente más del FBI en busca de gloria y aventuras. De joven fue excelente jugador de fútbol americano, pero una lesión fatal le retiró de aquel deporte. Es decir: sus sueños se rompieron hace mucho tiempo, y ahora se contenta con atrapar a los malos y ser un héroe. Pero esa necesidad de heroísmo lo que delata es aquel sueño roto y la imposibilidad de recuperarlo. No existe una gran profundidad psicológica en su personaje, y no se le puede pedir a un actor tan poco capacitado como Reeves. Su personaje es una abstracción total: un tipo cuya vida se truncó, que quizá creyó que ya nunca podría sentir aquel esplendor físico y sensorial (ambos primeros peldaños del nirvana budista).
Como abstracción también es el personaje de Bodhi, al mismo tiempo el propiciador de la nueva oportunidad, la nueva vida, de Utah, y su adversario, su enemigo. La lucha de Utah con Bodhi, que en un principio es un trascendental juego del gato y el ratón de tantas películas de acción, se convierte poco a poco en una trascendental (nunca mejor dicho) búsqueda del propio camino, con imprevisibles y en un principio ilógicas consecuencias, como la transformación del agente del FBI en improvisado atracador de bancos.
Pero la experiencia de Utah tiene que ser igual de conmocionadora para nosotros, espectadores, igual de paroxística. Y para eso la irregular, pero siempre poderosa e interesante Kathryn Bigelow, se sustenta en tres armas definitivas:
Tres atracos muy diferentes entre sí, y filmados como pocas veces se ha conseguido. El primero limpio, frenético y perfecto en ejecución. El segundo en off, en la huida casi truncada de los atracadores. El tercero ya con Utah, largo y angustioso, violentísimo y sangriento, trágico. Tres secuencias que son tres actos: perfección-debilitamiento-caos.
La presencia del mar, filmado con una belleza y un romanticismo nunca antes conocido. El mar se erige como auténtico protagonista de este filme.
Consumado el mar como elemento transformador y liberador, tiene lugar la bellísima y catártica doble secuencia del salto en paracaídas. El primero feliz, el segundo trágico.
Desde los cimientos más acordes con los patrones industriales del momento, Bigelow acomete el proyecto explotando al máximo las posibilidades de un guión construido con la lógica de la iluminación. Es decir, está a la altura de las circunstancias.
Bodhi posee un grupo de acólitos, de apóstoles casi, a los que ilumina con su antisocial, anárquica, cruel visión del mundo. A ese grupo entrará el Judas, el Infiltrado Utah, que se aprovechará de la protección divina de Bodhi y terminará rivalizando con él, para superarle en resultados. Sin embargo Bodhi aún podrá redimirse, de la forma más extraña al principio, pero con completa lógica después. La decisión final de Bodhi simplemente le pone el listón aún más alto a Utah, que ha de desprenderse de su placa de policía para poder responder al reto.
Pero todo el relato está sembrado de coherentes ramificaciones realmente notables. Para acceder al grupo, Utah mentirá cruelmente a la huérfana Tyler, con la que iniciará una relación condenada al fracaso. El descubrimiento de la mentira es un paso más del aprendizaje espiritual de Utah, que para enfrentarse a sus demonios y tocar el cielo deberá sacrificarlo todo. Perderá a un amigo, no podrá ejecutar a su enemigo (impagable la mirada cruzada que mantienen en el clímax de la persecución, como si los ojos del Bodhisattva le hicieran inmune a las balas), se convertirá en su enemigo…Los atracadores, con sus caretas de ex-presidentes, representan un signo de burla total al sistema que Utah pretende defender.

En las películas de Bigelow el protagonista es un no-iniciado que observa algo que anhela (el enamorado de Near Dark, que observa al vampiro; el agente del FBI que observa al surfista en su libertad en Point Break). El sueño se verá cumplido, con nefastas consecuencias, quizá reversibles si el héroe cruza el fuego: aquí se lanza nada menos que de un avión sin paracaídas, en pos del abrazo de su amigo/adversario, que le salvará/matará, y con el que se salvará/morirá. Elige la vida, pero el juego continúa. Es infinito.
Estos personajes poco elaborados dramáticamente funcionan como ideas y conceptos abstractos en una de las mejores y mejor elaboradas películas de acción que se han hecho. Paradojas del cine.


Fantástica película sin duda. Y la que comenzó a construir el mito de la Bigelow.
Excelente película, en México se llamó “Punto de Quiebra”… un clásico