Esta saga ha seguido la siguiente progresión: The Terminator es una de las más terribles y emocionantes películas de la historia del cine.

Terminator 2 fue una nueva obra maestra, que lograba el milagro de mantenerse con su predecesora, de ampliar su mitología, de ir más allá, con una maestría narrativa incontestable.

Y llegó la tercera parte. Como Cameron había vendido los derechos hacía muchos años y no le interesaba volver a meterse en aquello, contrataron al muy profesional Jonathan Mostow, que había demostrado buen oficio en Breakdown y gran oficio en U-571. Sin embargo, los resultados no pudieron ser peores. De hecho, fueron pésimos.

Ahora amenazan con una cuarta, centrada en aquel futuro apocalíptico del que nos llevan hablando en la saga desde el principio. Y quizá la tercera parte ya debería haber dirigido sus esfuerzos en una aventura alejada de un nuevo viaje temporal, y de una nueva lucha entre dos organismos cibernéticos antagónicos. Quizá también debería haber ampliado el espectro del ‘universo terminator’, en lugar de quedarse en una pobre imitación de lo que no se puede imitar: la fuerza narrativa, el ingenio y el empuje estético de unos de los mejores directores de la historia.

Más que una secuela, más que una prolongación estética, Terminator 3 se percibe, a poco que tenga uno ojos en la cara y no se contente con un espectáculo palomitero indigno, como una parodia o una broma de mal gusto en lo concerniente a la saga a la que pertenece (en consonancia con continuaciones como Superman II), y como una película de extrema torpeza técnica y estupidez en la ejecución en lo concerniente a la acción y la sci-fi.

No sería justo compararla con Terminator 2, porque sería como comparar a Ridley Scott con Alfred Hitchcock. Pero es que se antoja una secuela ridícula e innecesaria desde ese mismo comienzo en el que intentan hacer reír con la llegada al presente de un penoso Arnold Schwarzenegger (completamente acabado, que aquí intentó cerrar su carrera con un gran éxito y no lo consiguió) y lo único que consiguen es provocar vergüenza ajena.

Y más aún cuando intentan emular la persecución, de una perfección técnica y una inspiración realmente sublimes, de Terminator 2, en una interminable secuencia con un vehículo provisto de grúa, que no es más que una acumulación de ruido, lugares comunes, tedio, un montaje equivocado y un ritmo artificial y falso. Moraleja: no basta con 150 millones de $ para crear una fastuosa secuencia de acción, es imprescindible gozar de un gran talento narrativo, en toda su acepción.

En opinión de quien esto escribe, la trama en el presente estaba completamente agotada con el segundo filme, si bien quedaban territorios inexplorados en cuanto a ese mundo futuro y apocalíptico que podían dar mucho de sí, siempre que se tuviera una buena historia y por supuesto se contara con un director de fuste, que no sólo se empleara a fondo en comprobar cuántas cosas se pueden destrozar con presupuestos millonarios.

Nick Stahl no le llega ni a la suela de los zapatos al maravilloso Edward Furlong (por cierto, ¡qué risible la secuencia del futuro con Stahl portando la bandera de EEUU!), la ‘terminator’, aunque atractiva, no provoca el mínimo miedo, y en medio del desastre poco puede hacer Claire Danes. Todo termina, como no podía ser de otra manera, en un final digno de una de las horribles secuelas de Planet of the Apes, en una devaluada y cutre concepción de la sci-fi más chusca.

En definitiva: un insulto al espectador, y un crimen para el amante del cine.