
Un mes más, el Cahiers español, con su Gran Angular (centrado, en primer lugar, en el cine que no llega a las salas y que es imperativo buscar en pantallas alternativas, y en segundo, en la idiosincrasia y los fuertes condicionamientos del espectador español), se antoja una lectura altamente recomendable para todos aquellos que quieran conocer un análisis impecable de qué es ahora mismo, y a dónde va, el cine. Sin tapujos, sin concesiones a la galería, sin complejos, los artículos de Carlos Losilla, Roberto Cueto, Ángel Quintana y Jaime Pena conforman un estudio lúcido y bien fundamentado.
El diccionario de 50 películas invisibles que nos ofrecen se antoja hasta secundario después de reflexionar sobre las conclusiones a las que llegamos con este Gran Angular: que el cine evoluciona y se metamorfosea mucho más rápido de lo que la mayoría de críticos y espectadores puede comprender o de lo que les puede gustar, que no hay un sólo tipo de cine, que la mayoría del cine más interesante jamás llega a las pantallas comerciales, la estigmatización de la crítica en España y que el espectador español no es precisamente un ejemplo, por lo general, de apertura mental.
¿Y por qué esta apreciación tan radical? Es una reflexión que me ronda en la cabeza desde hace mucho tiempo y que ahora por fin me atrevo a dejar por escrito. El espectador español ha sido y es (y probablemente será) muy maltratado, tanto en la distribución y comercialización inicial de las películas, como en su venta en dvd, visualización televisiva, revistas especializadas, y un largo etcétera.
Durante el fascismo interminable y la represión intelectual del enano (léase Francisco Franco), en España sólo teníamos dos tipos de cine: el que se permitía rodar y estrenar aquí (comedias muy influenciadas por el género italiano, y luego comedias de destape, y luego comedias bobas, y ahora comedias estúpidas) y el que provenía de Estados Unidos, siempre y cuando no propasase los límites de la decencia de aquella época: nada de besos apasionados, nada de crímenes violentos, nada de crítica a un estado…Y por supuesto doblado, en un arte (el del doblaje), que ha alcanzado cotas de perfección técnica inusitada.
33 años después de la muerte del pelmazo sangriento, ¿qué es lo que más se ve, y lo que más se filma, de manera casi indefectible, en este país? Pues películas de género norteamericanas tan inocuas como olvidables y comedias de situación españolas perfectamente intercambiables, aunque con intérpretes diferentes, las llamadas aún por algunos españoladas. No se puede sorprender nadie. ¿Qué hay muchos interesados en un cine más exigente y culto? Pues sí, claro, pero ni comparación con la cinefilia francesa, alemana o italiana.
Es toda una hazaña encontrar hoy en Madrid a espectadores no cualificados (esto es, espectadores corrientes) de más de 30 años interesarse por un cine no narrativo, ni lineal, ni concreto. Si bien muchas personas de mediana edad acuden a estas películas más por curiosidad y por elitismo que por verdadero interés cultural y conocimiento de causa, y la mayoría las rechazan furibundamente por tratarse “de películas aburridas, snobs, demasiado europeas, sin una trama normal”. Y la cosa no difiere mucho en cualquier tertulia de la Filmoteca Española (sita muy cerca de mi casa), donde a simple vista y por fuerza de la costumbre, se distingue enseguida a los que sólo se interesan por un cine convencional de los avezados analistas del cine como expresión artística ilimitada.
Pero con la muerte de Franco no se solucionaron las cosas de un plumazo. Nada de eso. Más de una década hubo de pasar para ver la primera película china estrenada (Sorgo Rojo, de Zhang Yimou), y casi dos para empezar a ver películas japonesas masivas. Los distribuidores españoles de salas minoritarias, muchos de ellos, son un ejemplo de tesón y coraje trayendo, a veces en condiciones lamentables, copias de películas corenas, turcas, afganas, peruanas, argentinas, muchas veces arruinándose con ello.
Las revistas españolas de más tirón, la mayoría, no son más que sucedáneos de revistas de moda, con una presencia eclipsadora de cine norteamericano en sus páginas. Lo mismo sucede con los blogs de cine: el 99% están centrados en el cine norteamericano, en darles cobertura con noticias y datos, y el cine europeo, asiático, africano y sudamericano es una excepción reservada a eventos puntuales. Así las cosas, se nos antoja imprescindible, si realmente nos interesa el cine, romper esa tendencia y educar bien al espectador, ese que va a ver películas dobladas y al que la sola mención de Bergman hace temblar por miedo al aburrimiento.
¿Quién dice que el cine tenga que ser una montaña rusa de sensaciones visuales, o que no pueda ser aburrido? ¿O que te lo tengan que dar todo hecho? El cine es cosa de dos, del director y del espectador, y ambos han de hacer la película. Si al espectador se lo dan todo hecho, no hay ningún interés. Tiene que ser co-creador de lo que está viendo, que aportar lo que falta no por carencia sino por omisión. Tiene que participar activamente en el visionado de una película y no ser narcotizado por su pirotecnia.
Cuando Billy Wilder decía que el peor pecado de un director es aburrir al espectador, lo decía desde una industria del entretenimiento para la que era imprescindible un éxito de público importante (y ahora mucho más). Pero mientras él construía su admirable carrera otros creadores europeos le llevaban la contraria creando obras imperecederas. Hay sitio para todos ¿o no?

Pues no podría decir que conozco al espectador español de primera referencia, pero, si por ejemplo, la generalidad (que no todos) son tan cerrados como los que hemos visto aquí al hablar sobre los doblajes de películas, pues sí… tienes razón…