

Dicen que el personaje creado por Bram Stoker en 1897 es el que más veces se ha llevado a la pantalla, incluyendo aquellos títulos que aunque no aludían al nombre del famoso conde era evidente que bebían de su mito. Probablemente el que dio un Dracula más brutal, aterrador e imponente fuera el gran director, hoy olvidado por muchos, Terence Fisher, que dirigió una trilogía vampírica irrepetible.
Primero con Horror of Dracula, saltó definitivamente al estrellato. Luego con The Brides of Dracula recibió malas críticas. Y finalmente, en el inicio de la decadencia de la Hammer, también recibió malas críticas por Dracula, Prince of Darkness. Creo firmemente que se trata de tres obras maestras superlativas, que demuestran el incontestable talento visual y narrativo de Fisher, y que, ya superado el tiempo en que fueron mal tratadas (las dos últimas) podemos recuperar ahora con toda su fuerza para considerarlas una cumbre del cine de terror y fantástico.
Por supuesto que éste Dracula, como el primero que hizo Fisher, se basa más en la obra de teatro que se montó a principios de siglo (y que fue un gran éxito, tanto que estableció la iconografía del monstruo) que en la novela de Stoker. Y por supuesto que no contamos con el gran actor Peter Cushing, pero es lo mismo. Éste gran título posee suficientes alicientes por sí mismo para hacer olvidar a Van Helsing.
El guión es absolutamente brillante y, sin prisas, de manera prolija y serena, te va desgranando una historia que asemeja a un nudo que se va cerrando lentamente sobre los protagonistas, hasta que les ahoga. Esa tensión creciente está lograda de manera magistral, y goza de un crescendo inolvidable hasta el momento cumbre de la resurrección del vampiro, que es por derecho propio una de las secuencias más espeluznantes y al mismo tiempo hermosas que ha dado el género.
Hasta entonces seguiremos a los cuatro protagonistas en su viaje por Transilvania, confiados como buenos ingleses, altivos y arrogantes, que se darán de bruces con una pesadilla orquestada por el lacayo de Drácula y por poderes oscuros más allá de su entendimiento. Todo parece una broma pesada, o un sueño del que se querría despertar. Pero en lugar de despertarse, el cuarteto de víctimas tendrá como respuesta a un ser altísimo, con los ojos inyectados en sangre, mudo y bestial.
Porque nunca hemos visto a un Drácula más bestial, asalvajado que éste. Ni siquiera otro interpretado por Christopher Lee. Dicen que el actor no estaba conforme con sus líneas de diálogo, y que por eso no dice una sola palabra. No sé si creerlo. Sea como fuere, nos brinda una interpretación notable, basada en una mirada afiladísima y en unos gestos enérgicos. Realmente parece que lleva sin probar sangre mucho tiempo, pues está fuera de sí en muchos momentos. Sin embargo el actor que lo encarna posee la suficiente destreza en su oficio para no devaluar su creación a una simple bestia sedienta de sangre. También es el conde astuto e imprevisible de siempre.
Fisher narra con una precisión, a falta de otra palabra mejor, majestuosa. A sus 62 años estaba en plena posesión de sus armas como director, y ayudado por el excelente operador Michael Reed (un asalariado de la Hammer), logra una vez más una atmósfera mil veces imitada, por su riqueza expresiva, su vibrante colorido, y sus desasosegantes claroscuros. Quizá hoy no impresione demasiado a algunos espectadores poco pacientes, pero su fingida teatralidad, su siniestra profundidad de campo, su goticismo enamorado, son el ambiente perfecto, y ésto bien lo sabía él, para que sus criaturas experimenten un horror contenido pero no por ello menos eficaz.
El abrupto, seco como un disparo, final, es desconcertante, y quizá a algunos les deje fríos. Sin embargo a otros nos deja una sensación harto incómoda. Ésta extraña y brutal conclusión produce el milagroso efecto de sentir compasión por una bestia indómita y feroz. Se nos hiela la sangre en las venas con esa última imagen en verde, construida sin concesiones a la galería. Poco importa la falsedad de esa noche tan prontamente instalada: ya nos hemos dejado engullir por éste torbellino de elegancia.

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Comparto tu entusiasmo por esta película que no desmerece a su predecesora. Los tiempos están muy conseguidos y el final es sobrecogedor.
No me gusta tanto Las novias de Drácula, su ambiente malsano está logrado pero el protagonista nos recuerda toda la película al gran Christopher Lee.