Uno de los componentes de la decisiva, trascendental en muchos aspectos, generación norteamericana surgida en los años 70, el oriundo de New Jersey Brian De Palma, es también uno de los veteranos y consagrados de su oficio con más controversia a sus espaldas, pues aunque nadie duda de su maestría técnica (dueño de un talento para 'narrar con la cámara', para asombrar con una planificación visual al alcance de muy pocos) ha construido una carrera irritante de puro irregular, sembrada de fracasos estéticos muy rimbombantes y ambiciosos pero que pocas veces cuajan en un relato bien armado, coherente y cabal.

Nunca un director de tanto talento ha asombrado con una ficción del nivel de Carrie, por ejemplo, para luego caer en la desfachatez con The Bonfire of the Vanities. Un realizador siempre a la sombra, estética y temáticamente hablando, del gran Scorsese, y que podría haber dado, quizá, mucho más de sí. Sin embargo, en 1993, y habiendo sufrido varios fracasos comerciales y críticos muy importantes, el artista se redime con un trabajo superlativo, insuperable, que le coloca sin esfuerzo aparente en la vanguardia de su oficio, y que rivaliza con los grandes logros de sus colegas de generación.

Comparativamente, Carlito's Way (magnífico y sugestivo título, homónimo al de la novela que el juez puertorriqueño Edwin Torres escribiera en 1975, y que en España, con la habitual imaginación de esta tierra, retitularon Atrapado por su pasado...) significa al estilo "depalmiano" lo que Goodfellas al estilo "scorsesiano": la cumbre de una abstracción, la depuración final de un discurso estético, moral y vital. En definitiva, ambos maestros no han podido, ni quizá podrán, llegar más lejos que con sendas sagas criminales de puertorriqueños, italianos e irlandeses que crecieron en el seno de un guetto marginal, y cuya única salida, cuya forma de vida, era convertirse en un miembro de la mafia, que no es más que un sistema anti-sistema.

Se pueden rastrear similitudes, homenajes e interferencias entre ambas cinematografías, pero sobre todo en ambos filmes. Carlito's Way, por su parte, pasa por ser la más sobria y humilde de las grandes películas de De Palma, y al contrario que Goodfellas, más cínica y prosaica, discurren bajo las imágenes sórdidas y estilizadas de este intenso drama criminal un innegable hálito trágico y conmocionador.

A la manera de Carlito, que es lo que vendría a significar el título, no es otra cosa que la razón de ser de un personaje extraordinario, complejo e inolvidable (compuesto por un Pacino en registros muy superiores al del penoso papel que un año antes le consiguiera, por fin, el Oscar), y al mismo tiempo la causa de sus problemas. Él no va a cambiar, no puede. La razón de que siga vivo consiste en su carácter imperturbable, en su adhesión a unos códigos, a unas normas. El instinto viaja en dirección opuesta a su sensatez. Sabe que su forma de ver las cosas le va a llevar a un callejón sin salida, pero no puede reprimir el modo de actuar que le llevó a ser un narco tan poderoso.

¿Cuándo ha narrado De Palma algo tan emocionante? Seguramente nunca. Si William Munny es el eco de los personajes interpretados para Leone por Eastwood, Carlito Brigante es el heredero, la consecuencia madura de los personajes que Pacino interpretó para De Palma y otros: un superviviente cansado.

Pero difícil lo tiene Brigante con un abogado tan abyecto y manipulador como Kleinfeld (sublime, barroco, indescriptible Sean Penn), quien ejercerá de demonio tentador disfrazado de hermano, aún con la ayuda redentora de su antigua novia (nunca estuvo más guapa Penelope Ann Miller). Nos veremos inmersos en una espiral sin salida, ribeteada sin piedad por los zarpazos visuales y sonoros de De Palma, más efectivos que nunca.

Su gran cinematografía (obra de Stephen H. Burum) y su soberbio diseño de producción (firmado por el sin par Richard Sylbert) en una obra incontestablemente redonda e incuestionablemente maestra.