Se cumplen 25 años de la muerte del que para muchos es el más importante director español de la historia, si bien de los treinta y dos largometrajes que dirigió sólo cinco son netamente españoles, y la gran mayoría, una veintena, de nacionalidad mexicana, que fue su segunda patria, y en cuya cinematografía dejó una profunda huella (tan profunda como la que la cinematografía mexicana dejó en él).

Es Buñuel el prototipo de artista resbaladizo, huidizo, esquivo. Casi imposible de etiquetar o de enmarcar en una corriente estética. Vivió ocho décadas y pico del siglo XX, desde su mismo comienzo, y se marchó cuando España comenzaba a caminar hacia un futuro algo más prometedor que el que tuvimos hasta 1975. No cumplía, desde luego, el perfil de un intelectual, ni reunía las condiciones de un poeta atormentado. Sus ideas políticas eran todo menos previsibles, y su mirada escapaba al cliché aún cuando era tan famoso como los más grandes y respetados cineastas de su generación. En suma: era, y sigue siendo, un misterio.

Porque, ¿acaso no es un misterio Ford, Mizoguchi, Tarkovski? Ahí radica parte del encanto, en no saber, en no imaginar qué clase de pulsiones emocionales y psicológicas empujan a un artista a contar la historia de un grupo de burgueses decadentes encerrados, ni Dios sabe por qué, en una casa, de la que no pueden salir aunque se mueran de sed y enloquezcan de tedio. ¿De dónde nace el amor por las arañas de este singular director? Los analistas más clásicos se retrotraen a su infancia, en la que al parecer jugaba con ellas fascinado. Pero, para ser realmente incisivos habría que preguntarse ¿de dónde nace la fascinación de un niño por determinado animal?

Animales, mujeres, depravados, falsos santos, torpes moralistas, frágiles vírgenes, lascivos demonios, ricachones abyectos. Un bestiario que emanaba de su fértil y salvaje imaginación. Las arañas no eran más que el maestro de ceremonias, pues el héroe puede ser el cadáver de un buey mutilado. Buñuel, maestro de lo onírico, de lo oculto, es el Hitchcock del pueblo polvoriento con más indigentes que potentados y el de la burguesía adormecida e hipócrita.

Nació en Calanda, Teruel, donde por 26 horas consecutivas, sin descanso, suenan sus tambores en Semana Santa. Cuentan que su sonido es tan emocionante que el compás de sus tambores dicta los latidos del corazón más escéptico y gélido. Puede que sea la definición más poética del cine de Buñuel: el que te conmociona, el que te sacude aunque no quieras, el que dicta la mirada del adormecido, del aburguesado, instándole a descubrir qué hay más allá de lo meramente real.

En su prodigiosa vida experimentó de todo: la escuela irrepetible, el exilio, el éxito de culto, la miseria, el trabajo profesional, el respeto. Y a todos: a Chaplin, a Eisenstein, a Lorca, a Dalí. No hubo tiempo para el aburrimiento, para la desidia: sólo para el cine. ¿Qué más da si es español, francés o mexicano? ¿Qué más da si sus películas no son películas, sino provocaciones? A Buñuel no me lo toca nadie.