Leí ayer en la prensa española que a una cadena privada de televisión la habían denunciado por emitir, en dos ocasiones además, porno en horario infantil. Me llamó la atención sobre todo que una de esas veces se refiriera a la serie de animación Family Guy.

Aquí siguen sin enterarse los padres de que series de dibujitos como los Simpons o la citada Family Guy son cosa de adultos. Seguro que todos conocemos a niños que levantan poco más de un palmo del suelo que ven habitualmente dichas series. En el caso de los Simpons pueden pasar más desapercibidas las alusiones al sexo, las drogas o el alcoholismo pero en Family Guy suelen ser mucho más explícitas. Me imagino la sorpresa de los padres al pasar junto al salón donde se encuentra la tele-niñera y escuchar de repente comentarios del tipo me pones cachonda, sigue. Y es que aunque parezca mentira, aun hoy existen mentes que piensan que la animación es cosa de niños.

En el caso del largo de animación para adultos con vocación comercial siempre ha existido una especie de limbo. Demasiado fuerte e incomprensible para los niños y falto de interés para los adultos por ser una de dibujos.

A finales de los 70 y principios de los 80 se encontraron en esta tesitura El señor de los anillos y Heavy Metal, ambas me traumatizaron de pequeño.

La película de Ralph Baski sobre la obra de J.R.R. Tolkien me asustó de verdad (estuve pillado con la muerte de Boromir durante un tiempo). Era tremendamente oscura y violenta y por supuesto no me enteré de mucho. En el caso de Heavy Metal, la cosa fue más dura, la versión animada de la revista de comics francesa Metal Hurtlant incluía escenas de puro terror y de sexo explícito. Nunca se me olvidará la cara que se nos quedó a mi hermano y a mí cuando aparecieron en pantalla un par de tetas, de dibujos sí, ¡pero un par de tetas!. La película de Baski me fascinó durante años y Heavy Metal consiguió que tiempo después (cuando tuve edad suficiente) me interesara por el cómic de autor, el mal llamado por aquí cómic para adultos.

Estas experiencias hicieron que no me sorprendiera demasiado cuando en 1988 me acerqué a ver Akira en un cine que la proyectaba en sesión infantil. Una maliciosa sonrisa apareció en mi cara cuando al cuarto de hora de proyección empezaron a salir corriendo de la sala padres arrastrando a sus hijos. Ahí van futuros fans del manga, me dije.