Hace pocos días hablábamos aquí de Apocalypto, la cuarta y hasta la fecha última película dirigida por el hábil Mel Gibson, y afirmábamos que aquella era la película más sobria y sólida de su director. Podemos pasar ahora a la anterior suya, que vio la luz nueve años después de que Gibson recogiera el Oscar (de manera harto injusta) por su épica escocesa.

Aún recuerdo el revuelo que se organizó en todo el mundo globalizado (África, y algunas otras grandes zonas del mundo no cuentan) con el estreno de esta película. No sólo por el anuncio de una violencia descarnada y chocante (que respondía al deseo de su director de hacer justicia, cinematográficamente hablando, a la figura del hijo de su Dios), sino porque grupos importantes de judíos se manifestaban iracundos, ya qe al parecer el filme les hacía responsables a ellos del encarcelamiento y posterior ajusticiamiento del Hijo del Hombre. Ambas cosas formaron parte, en verdad, de una astuta y brillante campaña de marketing que dio lugar a una gran expectación y éxito masivo de público, que se tradujo en más de 600 millones de dólares recaudados en todo el mundo, para una producción cuyo coste se hallaba muy por debajo de la media en U.S.

Escribió Oscar Wilde en su imprescindible De Profundis:

…no hay nada que, a causa de su conmovedora sencillez, unida a la sublimidad del efecto trágico de que nace, no hay nada que pueda igualarse, ni siquiera aproximarse, al último acto de la historia de la Pasión de Cristo. Aquella simple cena, con sus discípulos, uno de los cuales ya le ha vendido por unos cuantos dineros; aquella angustia del alma en el tranquilo jardín iluminado por la luna y en el cual el falso amigo habrá de acercarse a Él para traicionarle con un beso; aquel amigo que todavía creía en Él…y que lo niega en cuanto el gallo canta el despuntar del día; aquella su soledad absoluta, aquella sumisión suya con que Él todo lo acepta…Ni en Esquilo ni en Dante, ni en Shakespeare…

Es muy cierto eso que dejó escrito Wilde desde su celda. Y nada de eso, absolutamente nada, está en la película que Mel Gibson nos hizo creer sería la definitiva acerca de la Pasión del Cristo. La cena son unos pocos planos torpes y en un teleobjetivo que nada deja ver, la espera en el jardín se asemeja a un videoclip de brillante factura pero que nada aporta, la triple negación de Pedro nos da igual. The Passion of the Christ niega el poder del cine para acercarse a un relato de la envergadura y la complejidad de este. Pero afirma la capacidad del marketing para hacerle creer a la gente que lo que va a ver representará una experiencia única, y para que persista en ellos esa certeza después de asistir a semejante náusea.

Nadie que espere ver aquí una aproximación a la que creo es la personalidad más trascendental de la humanidad de los últimos 2008 años saldrá satisfecho, porque Gibson, tras su irregular pero con algunos momentos meritorios Braveheart, se limita aquí a tejer un contínuo desmadejado, con una rutilante cinematografía de Caleb Deschanel y una sugerente aunque deshilachada partitura de John Debney, demostrando no entender nada del hombre que él cree tener el privilegio de poder retratar, ni de su muerte, ni de su sufrimiento. Católico Romano fervoroso, dijo que el Espíritu Santo le hablaba mientras preparaba la película. Algunos estamos en condiciones de afirmar que era el fanatismo y la astuta búsqueda de millones lo que le inspiraba de verdad.

Por supuesto, los buitres enfermos de hipocresía y de poder de la iglesia del Vaticano no tardaron en alabar sin medida la película de Gibson, afirmando nada menos que con ella se conocería la fé. Lo escandaloso no es tanto el tratamiento de la violencia en el filme como la forma de manipular a los espectadores. Sobre todo cuando los religiosos con dos dedos de frente deberían haber observado la forma abyecta y deprimente conque son tratados como idiotas, en un relato incapaz de sugerir (con lo fácil que era) ni de dejar emocionarse (más fácil aún) con un personaje tan carismático. Porque Jim Caviezel no compone ni da vida, se limita a ser un pegadizo monigote (particularmente icónico, de eso no hay duda), una estampita más de esta colección de estampitas.

Ni siquiera hay en ella el pretendido realismo histórico, ni la perfección en reconstruir tan importantes hechos: pues está documentado hasta la extenuación que Cristo no pendió clavado de las palmas de sus manos, algo impensable en un hombre de su tamaño, sino de sus muñecas; está documentado que no portó su propia cruz hasta el monte del Calvario, que quedará eso sí mucho más cinematográfico y representativo, sino tan solo el travesaño al que será clavado. Y bastantes cosas más. Ahora bien, no se ahorra ni un esfuerzo en mostrar toda la sangre y la carne maltratada posible, en un crescendo insufrible de salvajismo sin equivalencias.

Ahora bien ¿responde a algo ese sufrimiento? Hasta algunos católicos saben a qué puede o a qué debe responder. ¿Existe en él, en su expresión, una respuesta, un significado ulterior?. La respuesta es no. No hay aquí el menor atisbo de un viaje espiritual, que es obligado; de un viaje personal, si se quiere. Se erige así este engendro en un vehículo de la sangre por la sangre, el fanatismo por el fanatismo, todo aderezado con la mayor carencia de ritmo visual que hemos presenciado en mucho tiempo.

Algunos, muchos de ellos muy leídos o respetados cuando escriben sobre cine, consideraron temerariamente e incluso vergonzosamente, a este filme como de pura estirpe de la época muda, con una fuerza visual comparable a Murneau o Griffith. Sobre gustos no hay nada escrito, si bien de criterio solamente gozan muy pocos. La moral en el arte lo es todo, si bien hay artistas abyectos que no tienen moral. Como no la tiene un director capaz de convertir en espectáculo palomitero y terrorífico el final apasionante de una vida que cambió el mundo, por la ceguera que inocula el fanatismo y la ambición desmedidas.