Qué diferente es esto de la patraña que hace poco hemos comentado. La tercera realización en largometraje de Víctor Erice es un ejemplo de humildad, sinceridad, y principalmente de sabiduría y despojamiento estilístico.

Me atrevo a afirmar que nunca en la historia del cine hemos asistido a un acercamiento tan verdadero y emocionante del acto de la creación artística como en El sol del membrillo, película inundada de paz pero que sin embargo portadora de una mirada tensa y abrupta hacia cuestiones mayores: la dificultad del artista en crear, en capturar un momento determinado, en ser fiel a la propia inspiración; el paso inexorable, doloroso pero fascinante, del tiempo; la complejidad de la luz como ente transformador de la realidad que nos rodea…y unas cuantas cuestiones más.

Erice, apartado de la dirección de largos desde este título, hace aquí su aportación a un relato documental. Y el resultado no puede ser más emocionante.