Suele suceder. Lo verdaderamente bueno, o notable, en una filmografía, pasa más o menos desapercibido en su momento. Después del éxito de público con su aventura escocesa - la emocionante aunque irritante de lo irregular que es, Braveheart -, que además le consiguió el Oscar al mejor director, y de su descripción de la pasión del Cristo, con un hiperrealismo y un cuidado que se veían devaluados por la mediocridad del conjunto, en La pasión del Cristo, Gibson firma ni más ni menos que su mejor trabajo como realizador, y no causa el mismo impacto que las anteriores.

Gibson, más allá de su ideología reaccionaria, es un actor de poderoso talento. Y como director sabe lo que hace. Al menos demuestra coherencia. Su Apocalypto es una impresionante aventura filmada con una pasión y una convicción inusitadas, que goza de una ambientación de antología y que destila una verdad y un detallismo sorprendentes.

De la trilogía histórica dirigida por Gibson, una ambientada en la Escocia del finales del siglo XIII, la otra a principios del siglo I, ésta en el siglo XVI, ninguna de ellas es un ejemplo de rigor histórico. Anacronismos, errores en el vestuario, falsedades históricas, manipulaciones ideológicas. Hay de todo, y documentado en Internet. Sin embargo nadie le puede negar su generosidad y arrojo en Braveheart, y su dominio de la aventura y la acción en éste Apocalypto. De modo que poco importan los errores circunstanciales.

Porque uno se descubre primero intrigado, luego cautivado, por una aventura sencilla, descarnada y directa como un puñetazo en el estómago. La peripecia, la travesía física y emocional de Garra de Jaguar es un descubrimiento (verdadero significado de apocalypto y apocalipsis) acerca de las estrategias manipuladoras de toda religión, del dominio que sobre el hombre ejerce la muerte, aún en aquella época en que la despedida era: ‘buen viaje’.

Y es que sorprende el respeto, entre la casquería, que demuestra Gibson por la cultura Maya (mezclada en algunos detalles con la azteca, lo que es carnaza para los puristas), por los resortes de un culto brutal y opresor, pero no carente de fascinación y grandiosidad. Todo eso lo sabe extraer Gibson, con algunos inoportunos devaneos con el postmodernismo más insustancial, en secuencias como la de la profecía de la niña. Pero edifica un conjunto estimulante y, lo que es mejor, impredecible.

En lo único que por suerte se parece éste Apocalypto a su peor película, The Passion of the Christ, es en que está dialogada en un idioma muerto. El guión está mucho mejor elaborado, con una puesta en escena vigorosa que desmiente o rectifica la irritante falta de crescendo en aquélla, y que es capaz de dotar a ese guión sencillo e intenso de una solidez incontestable.

Así, coincidencias tramposas como la del eclipse o como la que tiene lugar al final de la larguísima persecución, resultan creíbles por estar compensadas con otras que en lugar de ayudar al protagonista le ponen trabas en su camino: la aparición del furioso jaguar, el agua del pozo donde están atrapados mujer e hija… Y por otra parte se agradece la falta de pretensiones autorales (que aún así son visibles, como en el espeluznante sueño del protagonista, que recuerda sobremanera al del joven Wallace en Braveheart), y la osadía que representa tan drástico relato contado en clave tan sencilla pero describiendo una cultura tan fascinante.

Por primera vez el ímpetu profundamente masculino y generoso de Gibson encuentra un cauce por el que expresarse con total sinceridad. Aquí su pasmoso salvajismo en la violencia tiene un sentido, su propuesta histórica, aunque relajada en cuestiones de rigor, alcanza cotas de gran inspiración visual. La menos académica y vista de su trilogía histórica es con casi total seguridad su esfuerzo como director más sólido, digno y apasionante.