
Escribía Francois Truffaut, en el proverbial ‘El cine según Hitchcock’, que un Grand Film Malade, como él llamaba a una película fallida, puede ser el fruto de una exagerada sinceridad, de un planteamiento equivocado o de un desequilibrio formal. Pero aunque no sea perfecta, mientras las obras maestras a menudo no son vibrantes, casi siempre un Grand Filme Malade sí que lo es. Que, en cierta forma, esas películas muestran de un modo más directo su verdadera naturaleza.
A un tipo tan inteligente, que además sabía tanto de ésto que llaman cine, pues no se lleva la contraria así como así. Además estoy bastante de acuerdo con él. Quizá los Grand Filmes Malades de hoy sean las obras imperecederas del mañana. Quizá estén adelantadas a su tiempo o quizá no sepamos valorarlas tal cual son.
Se me ocurren tres películas fallidas (dos de ellas recientes), o Grand Filmes Malades, que últimamente rondan por mi cabeza. Sus imágenes y secuencias rebotan en mi cerebro sin parar. Quizá haya algo más ahí de lo que parece. Nunca las he considerado equivocadas, pero desde luego sí fallidas, por cuanto quieren abarcar demasiado. Son Lady in the Water, Cheyenne Autumn y Artificial Intelligence.
La primera estoy aprendiendo a apreciarla. Estoy aprendiendo a observar detrás de las esquinas de su trama, a disfrutar con la riqueza de los gestos, la serena exposición de unos acontecimientos de índole fantástica. Hay algo poderoso, y a la vez profundamente desequilibrado en ella. Hay pasión, pero también autocomplacencia, hay riesgo, pero también facilidades. Es este un filme de altísima singularidad, que no conviene despachar con rapidez, y que en un futuro puede ser completamente olvidado, o ser considerado un clásico irrepetible.

El caso del largometraje de Ford es diferente. Hay en él todos los elementos que suelen apasionarme de un film de su director. Pero él no está. Es decir: posee la garra narrativa, la pericia compositiva, la personalidad plástica, la tensión, la épica acostumbradas en los westerns del maestro. Pero no hay alma en ella. Es un Ford que filma de cuerpo ausente, sin punto de vista, sin pasión, como una fotocopia de sus mejores películas. Es sabido que fue una producción compleja y un montaje atormentado, pero sospecho que aunque el montaje final hubiera sido el deseado sus imágenes, su tempo, habría resultado el que es ahora: un gran filme olvidable.
Por último, la película que funciona por adición. No sólo adición, saturación, de ideas, también de personalidades, de necesidades, de mundos, de atmósferas. El regreso tras muchos años de Spielberg a la Sci-Fi más combativa se salda con un deja-vu por no saber dosificar las fuerzas y querer abarcar demasiado. Me fascina esta película, pero me irritan sus bajadas de tensión, sus continuos saltos narrativos sin necesidad, su acumulación hiperbólica de ideas que acaban otorgando al film un estilo incoherente.
Para que luego digan que ser crítico es fácil. Quién sabe lo que pensaré de ellas dentro de unos años.



Pues a mi IA me parece una de las joyas de Spielberg. Yo creo que no he llorado tanto con el cine como con esa película. Un saludo.
Me han parecido estupendos tus puntos de vista.
Y coincido en dos de ellos dado que la película de Ford aún no he tenido oportunidad de verla.
Sin duda alguna he tratado de poner alguna aqui para compartir con ustedes, pero como suele pasar, la memoria cinéfila, a veces, es esquiva.