Finalmente he acudido a una de las tres salas de cine que aún sobreviven en la calle Gran Vía de Madrid (aún recuerdo cuando podías asistir allí a más de 25 diferentes…) a ver la película que continúa las andanzas de las cuatro amigas neoyorquinas de clase alta, que en la serie creada por Darren Star Sex and the City revolucionaron cierto concepto de entender la crónica sexual cotidiana de la mujer contemporánea.

Ante el estreno de la película, muchas voces se han alzado criticándola con dureza. La gran mayoría, me temo, de estos críticos, la han valorado, la han enjuiciado, como si de una película más se tratase. A mi entender están profundamente equivocados al emplear, a la hora de intentar ofrecer un juicio, conceptos que se alejan del verdadero interés de ésta cinta y de sus pretensiones. Sex and City, the Movie es exactamente igual que Sex and the City, la serie: una comedia, con tintes melodramáticos, chispeante y jubilosa, desenfadadamente trivial y alocadamente tierna, que no pretende ser un sobrio relato de la rutina sexual (como la extraordinaria serie Dime que me quieres, también de HBO) sino una estilizada búsqueda del amor platónico a expensas de un estilo de vida acomodado.

Mucha gente odia la serie, o le resulta una bobada. A ninguno de esos les va a interesar lo más mínimo la película. A mi entender, la serie era una magnífica y trivial comedia costumbrista, llena de buenos momentos y con gran arrojo a la hora de romper con ciertos tabúes no meramente sexuales, sino también en torno a los clichés y servidumbres de la mujer moderna. Y eso es exactamente la película. Existen personas llenas de prejuicios, y ciertamente prejuiciosas, que son incapaces de observar lo difícil que era hacer una serie como Sex and the city, con su atmósfera, su análisis de la sociedad urbanita e hipócrita y su mezcla de cinismo y ternura.

Como difícil es hacer una película que continúe el espíritu, el mensaje y la atmósfera de aquella serie que le pese a quien le pese (incluso a mí mismo en ciertas ocasiones) es una serie mítica de la historia de la televisión. No quizá la mejor, pero una serie ‘llave’ por muchas razones. La película es al mismo tiempo homenaje, coronación, epílogo, celebración de aquella serie. Y cumple con holgada competencia.

Este melodrama con grandes dosis de comedia es un viaje liviano pero generoso, repetitivo pero litúrgico, con magníficos diálogos y algunos malos chistes, que atraviesa sin contemplaciones y sin complejos todos los clichés y lugares comunes, para reventarlos, del relato sentimental y sexual de nuestro tiempo. No hay en él la mínima personalidad como entidad cinematográfica. Es un episodio más, pero mucho más largo (de hecho, su duración es a todas luces excesiva, pero se comprende), y con un ciclo dramático mucho más abierto y desarrollado. Y lo mejor es que continúa, sin desfallecer ni temblarle el pulso, lo que era la serie. Con sus códigos, sus leyes y sus limitaciones, viene a ser una liturgia como los es Los Soprano (si aquella era una liturgia masculina, ésta lo es femenina), demostrando una gran coherencia y vitalidad.

Porque lo bueno es que no engaña a nadie, salvo al que no se entere de qué va todo, que se sienta engañado por su propia ignorancia del asunto. Y, como siempre, deja caer una suave, pero no por ello menos certera, crítica a ese estilo de vida a todo tren, mientras, y eso es lo difícil del asunto, siente una gran compasión por estas criaturas atrapadas en sus obsesiones, sus hipocresías y sus miedos, que, curiosamente, son las que tienen la gente moderna.