En Japón, las películas de animación, o sea, ese fenómeno de masas que llaman ANIME, es mucho más importante que las películas de imagen real. Y eso que cuentan con una magnífica tradición en la historia del cine en imagen real, con grandes cineastas que han influenciado el cine mundial. Pero nada comparado con la animación, que para ellos es lo más natural en narrativa.

De todos los directores de animación, el más prestigioso y venerado es alguien que para ellos es más grande que Walt Disney, el insigne artista Hayao Miyazaki. Quizá su mejor obra, dentro de una filmografía como director en la que abundan películas maravillosas, sea La princesa Mononoke: la más violenta, dramática, desesperanzada, terrible y emocionante.

El ANIME suele centrarse en las siguientes temáticas: tragicomedia romántica de adolescentes, superhéroes poderosos que salvan el mundo, terror salvaje o dramas históricos o aventureros sobre samuráis. Ésta es una excepción, pues es una fantasía enclavada en una época medieval más mitológica que mística, y su tono es el de tragedia. Se evitan los samuráis (a pesar de que estamos inmersos en las guerras entre señores que tanto uso hicieron de ellos), en favor del retrato de un guerrero solitario (cuya apariencia recuerda más a títulos Sci-Fi de Miyazaki como Guerreros del viento) en busca de una respuesta al drama que le ha condenado a muerte a él y a su pueblo.

El tema de la película, la naturaleza y sus leyes enfrentadas al hombre y su codicia, podía haber resultado naif en manos de un creador menos generoso, menos seguro de sí mismo. Pero Miyazaki sabe contar la historia del modo más prosaico posible, sin perder magia en el camino, y nos adentra en un relato mitológico inolvidable, denso y pesimista. Muy poco hay aquí del relato idealista y jovial de Porco Rosso, o del cuento juvenil y jocoso de Mi vecino Totoro.

De ahí, quizá, la importancia de éste título: dentro de un código de género de aventuras, sin dejar a un lado su humanista imaginería, Miyazaki despliega un discurso terrible sobre la mezquindad, la inutilidad humana dentro del mundo natural. el dañino mundo moderno, la abyección de que son dueñas las armas de fuego, la falta de respeto hacia el entorno, la ilimitada capacidad de destrucción del hombre, su ignorancia, su ceguera, su corrupción espiritual.

Y lo hace sin caer en la trampa, en la apología fácil, ya dueño de una poética personal, inequívoca, de gran hombre de cine, pero también de gran filósofo, de gran conocedor del alma humana. Cuando nos muestra a los dioses del bosque, se siente fascinado, y nos fascina; pero también le concede a los hombres y mujeres que se oponen a los dioses y espíritus del bosque virgen una oportunidad de redención.

Tanto Ashitaka como Mononoke son dos caracteres asimétricos, que se reconocen en su propia desesperación, en su lucha interna, en sus miedos. Juntos asistirán al fin de los tiempos, o a la lucha definitiva entre los dioses arcanos y el hombre moderno. Al espectador, acongojado, sólo le queda sentarse incómodo, pero asentir cuando se reconoce en la locura, la emoción, la catarsis final.