De vez en cuando el olfato funciona. Son ya muchas películas y muchos años, y si uno se lo propone es difícil que le cuelen gato por liebre. Cuando se estrenó The pursuit of happyness, aquí titulada En busca de la felicidad, me temí la tostada, y no acudí al cine, como hicieron otros, en pos de una realista historia (basada, además, en hechos verídicos) sobre la superación personal de un perdedor que lucha por salir adelante; sabía que sería la película que acabo de ver en televisión, punto por punto. Habrá lectores que no me crean, pero es tal como esperaba.

La cuestión del título es de sobra conocida, con esa y griega de la palabra final que es una errata dejada a propósito, y que en España ningún avispado traductor de títulos de esos que tanto abundan por estos lares, supo trasladar al título español (no sé, En busca de la felizidad, o En busca de la felicidaz…). Pero es interesante, porque esa búsqueda de la felicidad a la que alude tiene tan errónea esa y griega como su propio significado.

Me choca sobremanera cuando el personal me comenta que la ha visto y que les ha hecho pensar. ¿Pensar? ¿En qué? Este filme narra las desventuras de un hombre de gran inteligencia y mala suerte, que en los años 80 las pasó putas para convertirse en corredor de bolsa; estudiando, trabajando vendiendo aparatos a hospitales, cuidando de su pequeño hijo en solitario…Se supone que nos cuentan una historia de lo mal que va el mundo y lo solas y abandonadas que andan muchas personas.

Pero en realidad, si nos fijamos bien, no nos cuentan nada de eso. Gabrielle Muccino, un realizador que consiguió cierta fama en Europa antes de ser fichado para realizar esta película de encargo, firma un trabajo impersonal, en el que debió de moverse con más enjundia de lo que suelen demostrar los americanos para contar dramas sociales, pero que deriva hacia el melodrama más inverosímil y mentiroso imaginable.

Lo que viene a contarnos esta mediocre película, es decir, su moraleja, que viene a ser lo mismo, es que la felicidad depende de cuantos millones ganes. Así, tal cual. Nuevamente un melodrama disfrazado de drama social, construido a mayor gloria de Will Smith, que aprovecha una historia real y conocida en EEUU para movernos a la lágrima fácil (no esa que nos libera y nos redime, sino la que mientras se nos escapa sabemos que es de mentira) y para ganar Oscars, y dinero en taquilla.

Smith se deja literalmente la piel. Es un actor de raza, que tiene dotes y trazas de intérprete poderoso, que cuando no se deja seducir por papeles fáciles de grandes cifras, intenta labrarse una carrera digna. Y aquí es casi lo mejor y lo más destacado. Y si se me apura lo que salva a éste filme de la quema. Su presencia de ánimo es admirable, pero estéril. Llegamos a creer que es el personaje, pero no llegamos a compadecernos por él, que era de lo que se trataba.

Básicamente, la película se sustenta en la relación del personaje protagonista con su hijo (el verdadero hijo de Smith, por cierto), y en los problemas por los que pasa esa relación cuando el padre intenta conseguir un excelente empleo de corredor, para lo que tiene que sacrificarse y que le llevará a perderlo casi todo. Pero nuevamente hay muy poco de lo que sacar: la relación con el hijo pasa de puntillas por los momentos más amargos. Es un niño angelical, adorable, que facilita mucho la vida al padre Smith. Y su relación carece de aristas y de profundidad real.

Hay un momento, cuando la pareja guarda cola para acceder a dormir a un refugio para indigentes, en que se intuye la película que había podido ser y que no ha sido ni por asomo. Es así: en un plano general, que recoge el momento desde lejos, con la cola de indigentes moviéndose lentamente, un deportivo descapotable pasa a toda velocidad delante del plano, en primer término, con un grupo de jóvenes divirtiéndose subidos a él.

Es un contraste brutal observar cómo viven unos, y cómo viven otros. Desde luego no es casual, y el que lo piense es un ingenuo. Pero el plano es tan breve, tan insustancial, como el resto que le rodea, y una gran idea de puesta en escena queda diluida por una historia mal concebida, en la que la lucha titánica del personaje de Will Smith se queda en agua de borrajas, ante el consolador final, y el texto que cierra la película, en el que explican cómo se volvió multimillonario al cabo de unos años. Ese es el mensaje final: ¿Quieres ser feliz? hazte multimillonario.

Su caso, aunque admirable, es uno entre cien millones. Que nos lo quieran colar como el gran sueño americano, una vez más, es una falacia de grandes proporciones, una tomadura de pelo que puede hacer pensar a muchos (y yo lo respeto), pero que hay quienes sabemos discernir como un feo e inútil melodrama.