
…Yo tenía una granja en África…

El recientemente fallecido Sydney Pollack estaba seguro de haber alcanzado un gran lugar en la historia del cine. Realizador y productor de gran número de títulos, algunos más personales, otros más comerciales, pero siempre muy profesionales, firmó en 1985 una adaptación del original de Isak Dinesen que es hoy una de las películas más famosas y recordadas de las últimas décadas.
En comparación a la sensibilidad y la maestría desplegada en la pantalla de Memorias de áfrica, otros logros estéticos suyos pasan desapercibidos al espectador más soñador, más romántico. El itinerario emocional de la pálida danesa en África (que viene a ser como el fin del mundo en aquella época), su búsqueda de una libertad personal, es el relato más hermoso e inspirado de su carrera.
Profundísima nostalgia
Karen sueña, o recuerda, o se muere de pasión. Todo a la vez quizá. El comienzo no puede ser más lírico y arrebatado, más al límite. La anciana rememora compulsivamente, seguramente sin poder evitarlo, sus vivencias en la ancestral y elegíaca Kenya. Pollack narra sus recuerdos despojándose de la tensión de su personaje protagonista, los recuerdos son imágenes y sonido, y su inasible belleza apacigua el espíritu de Karen, que quedó en las llanuras de aquel país.
Tras un breve prólogo, arranca la película, la majestuosa y siempre venerada composición de John Barry arranca en toda su plenitud, con el tren, que inicia el trayecto hacia lo desconocido y los títulos de crédito: una apasionante aventura está a punto de comenzar.
Pero no una aventura nada más sensorial, o emocional. Un viaje de aprendizaje, de crecimiento espiritual, que ahonda en la fascinante personalidad de una mujer que se irá despojando, una por una, de las máscaras de su aristocrática procedencia, de la sociedad capitalista y mentirosa que nos hace esclavos, y se hará libre aprendiendo a sacar no sólo lo mejor, también lo peor de ella misma, aceptándose como persona con limitaciones, pero también demostrándose a sí misma su fortaleza y su nobleza.
La relación que la unirá con el misterioso y siempre inalcanzable Denys será compleja, nunca asentada en normas o ideas preconcebidas, ni en prejuicios o miedos; siempre sensible a la naturaleza, a la atmósfera de cada momento, como corresponde a un encuentro mítico en la vida, que transforma hasta las partes del ser que uno ni siquiera sospechaba que poseía.
¿Existió, puede existir, una aventura como ésta? Por supuesto que no. Nuestra memoria la hace mejor de lo que es, como a la propia película, que perdura en el interior de uno, creciendo y haciéndose aún más bella, al igual que le ocurre a la protagonista con sus recuerdos.
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