Eddie Felson (barroco Paul Newman) es un pringado, un tirado, un vividor. Un 'hustler', o buscavidas. Sólo tiene un don, un don extraordinario para el billar. Es la única cosa que sabe hacer bien. Más que bien, es un genio. En los bajos fondos, en los combates de billar donde se juegan decenas de miles de dólares en una noche, puede que sea el aspirante a campeón mundial de billar.

Pero tiene que demostrarlo. Y para conseguirlo el último escollo es el que todos consideran el mejor, uno al que nadie ha vencido: 'Minnesota Fats'. Un tipo enorme, interpretado por el gran Jackie Gleason, que puede estar gordo y parecer no muy ágil, pero que alrededor de una mesa de billar despliega unos movimientos que envidiaría un bailarín de ballet.

El combate entre ambos será épico. Al principio estará en juego sólo dinero. Luego la supremacía. Y luego la fuerza de voluntad, la dignidad, la resistencia, la desesperación...Terminarán jugándoselo todo, y poco importa que el cansancio no acabe con ellos, aunque el perdedor salga vivo dejará allí su alma ('las mesas parecen losas donde enterrar a los jugadores').

El malogrado y para muchos despreciable Robert Rossen logró con The Hustler una de los más legendarios dramas del cine norteamericano, y uno de los relatos más sórdidos y conmocionadores que se conocen. Con él intentó resarcirse de la caza de brujas y de su chivatazo, contando su propia historia de un modo harto más sincero y atemporal que el Kazan de On the waterfront.

Con un blanco y negro formidable (ésta película es sencillamente impensable en colorines), con un diseño de producción y una dirección artística de gran profundidad y que todo alumno de estas disciplinas debería estudiar en sus escuelas, ésta historia de billar, redención frustrada, soledad, amor no comprendido ('ninguno de los dos reconoceríamos el amor si nos lo cruzásemos por la calle'), se le mete a uno muy dentro.

En el arranque y en la conclusión, sendos idénticos combates con Fats...Entre ambos la constatación del vacío, el abismo negro, del interior de Eddie Felson. Un vacío a llenar, o bien por su amante/confidente/borracha/patética Sarah (excelente Piper Laurie), o bien por su mánager, su capataz, su conciencia Bert Gordon (indescriptible George C. Scott). En otras palabras, y para el que quiera leer entre líneas: a un extremo la salvación, la luz, al otro la perdición, la oscuridad.

Ambos secundarios lidiarán un combate aún mayor que el de Felson y Fats, pues será por el alma de Felson. Para conmocionarnos con él, Rossen se hace mayor en el oficio de la arquitectura de la tragedia, es decir se hace maestro del cine.